CAPITULO 112

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MIÉRCOLES| FRANCIA

LAUREN

La mañana comienza con ese aire cálido que anuncia que la primavera está en la puerta. Me acomodo el cuello de la camisa y entro al edificio de la agencia, saludando con un leve gesto a los colegas que cruzan los pasillos. Llevo mi portátil en una mano, una carpeta gruesa con planos en la otra y esa expresión concentrada que adopta cuando todo debe salir impecable.

El proyecto ya está en el fin de su etapa final. Ya no se trata de redibujar estructuras, sino de ajustar los últimos detalles: materiales, luminarias, acabados, informes técnicos. En una sala amplia llena de planos extendidos y maquetas, ya solo se revisa cada punto junto al equipo de diseño.

🕰️

LAUREN: Asegúrense de que el tono de piedra coincida con el del render final. No quiero diferencias de matiz en la entrega (digo con voz firme, pausada pero precisa, marcando los puntos con un lápiz plateado)

Una asistente anota todo mientras el resto asiente. Levanto la vista y, a lo lejos, distingo a Elaine caminando dentro de la sala de juntas, pero esta vez hacia la dirección opuesta de donde suele sentarse. Su andar es firme, los tacones resuenan suave en el piso pulido, pero su mirada me evita.
Y por primera vez, no siento su curiosidad puesta en mí, ni su manera de buscar estar cerca de mí. Solo una calma madura. "Está bien así", digo mentalmente mientras vuelvo la mirada al plano. "Cada quien con su ruta. Yo solo quiero terminar y volver a casa."

🕰️

A mediodía, reviso presupuestos finales con el proveedor de jardinería, hago llamadas a los contratistas y firma reportes de cierre. Todo avanza. La firma está satisfecha, el proyecto casi listo.

Cuando el reloj marca las seis de la tarde, Me permito un respiro. Me asomo por la ventana de mi oficina, observando cómo la luz del atardecer acaricia los tejados de la ciudad. París brilla en tonos dorados, y suspiro con una sonrisa leve. Un mes más. Solo un mes. Y volveré a los brazos de Camila.

CAMILA

Ya estoy otra vez aquí.

Pero hoy como abogada.

Piso once, vista a la ciudad catastrófica, el sol entrando por las persianas semiautomáticas, mi escritorio pulcro, dos expedientes abiertos y mi café negro recién traído por mi asistente.

Sonrío.

Estoy en mi lugar.

Y también estoy bien. Plenamente bien.

Afuera, mis colaboradores cruzan pasillos y se saludan entre ellos con esa energía de inicio de semana.

Yo, mientras tanto, firmo un documento importante con un trazo limpio, mientras suena un discreto ping en mi celular: "¿Dormiste bien? Te amo."

Lauren.

Respondo sin pensarlo:

"Sí. También te amo. Trabaja tranquila."

🕰️

El sonido de los tacones en el pasillo me saca de la pantalla. Son casi las cinco y media, y mi oficina huele a café recalentado y a papeles recién firmados. Justo cuando pienso que por fin tendré unos minutos de paz, escucho una voz conocida al otro lado de la puerta:

-A ver, señora directora del universo, ¿Se puede pasar o tienes aquí una audiencia secreta como abogada internacional? (Cuestiona)

Levanto la vista y ahí está Thamara, apoyada en el marco, con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que le llega hasta los ojos. Su entrada siempre parece una ráfaga de aire fresco... o una tormenta, dependiendo del día.

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