CAPITULO 116

448 35 0
                                        

CAMILA

Me despierto con el peso delicioso del cuerpo de Lauren sobre mí. Dormimos enredadas, piel con piel, sin una sola prenda que interfiriera entre nosotras, como si el mundo no existiera más allá de esta cama. Mi brazo estaba atrapado bajo su cuello, ya entumecido, pero no me importa. No me movería ni aunque pudiera. La tengo aquí. En casa. En nuestra cama. Respirando al mismo ritmo. Eso vale más que cualquier comodidad.

Abro los ojos despacio y la observo dormir. Lauren duerme tan profundamente, con esa expresión de paz que sólo le conozco yo. La mujer que negocia con hombres imposibles, que camina entre estructuras de acero y decisiones millonarias, y que enfrentó al mundo entero por mí... ahora está aquí. De vuelta. Vulnerable, tibia, humana.

Con su respiración cálida rozando mi clavícula. Su brazo firme alrededor de mi cintura. Sus piernas enredadas en las mías sin pedir permiso. Su olor, Dios... su olor en las sábanas, en mi cuerpo, en toda la habitación.

Le doy un beso en la frente, suave, lento, casi reverente. Y murmuro sin pensar, con una convicción que no necesita argumentos:

CAMILA: Hoy no voy a trabajar.

No necesitaba una razón lógica. Solo esta: Lauren estaba aquí.

Tampoco necesito justificarlo. No ante nadie. Soy directora de un bufete, manejo agendas imposibles, juicios complejos, llamadas urgentes. El mundo legal puede esperar veinticuatro horas. Lauren no.

Me deslizo fuera de la cama con cuidado, como si pudiera despertarla solo con la intención. Camino desnuda por la habitación, mi reflejo breve en el espejo: pequeña, delgada, pero erguida. Fuerte. Siempre lo he sido. A mi paso levanto y me enfundo la playera de Lauren que hacía en el suelo. Bajo a la cocina y preparo café. El sonido de la cafetera rompe el silencio de la casa que, por primera vez en meses, se siente completa.

Regreso con la taza humeante. El aroma llena la habitación antes que yo. La dejo en la mesita de noche y es entonces cuando Lauren se mueve, parpadea, emerge del sueño con esa lentitud adorable que no tiene cuando está despierta del todo.

LAUREN: ¿Qué hora es...? (cuestiona, con la voz ronca, profunda, peligrosamente hermosa)

CAMILA: Las diez (Frunce el ceño apenas, como si su cerebro aún no terminara de encajar las piezas)

LAUREN: ¿Ya fuiste al bufete? (Niego con una sonrisa tranquila y me siento a su lado, la sábana cayendo descuidada en su cintura)

CAMILA: Llamé. Cancelé todo. Hoy eres mi única reunión (Su rostro se ilumina de una forma que me desarma. Como si acabara de regalarle el mundo. Como si no estuviera acostumbrada a ser la prioridad absoluta de alguien que también es fuerte por sí misma)

LAUREN: ¿En serio? (dice, incrédula, con esa mezcla de ternura y sorpresa que siempre logra)

CAMILA: Muy en serio (respondo y me inclino hacia ella y la beso despacio, tomándome mi tiempo, como si cada segundo fuera una declaración. No es un beso urgente. Es un beso seguro. De esos que dicen te elegí sin pronunciarlo)

Siento su mano subir por mi espalda, recorrerme con calma, como si también ella estuviera confirmando que esto no es un sueño. Me separo apenas y la miro a los ojos. Ojos verdes que ahora no miran planos ni relojes, solo a mí.

CAMILA: El mundo puede esperar (añado, con voz firme) -Yo no.

Y lo digo sin perderme a mí misma. Sin renunciar a lo que soy. Soy abogada, directora, estratega. Piscis, sí, sensible cuando amo, pero nunca débil. Mido menos de uno sesenta, pero mi presencia no se reduce a centímetros. Soy joven, inteligente, imponente cuando hace falta... y profundamente enamorada.

NUESTROS PERFECTOS DEFECTOS Donde viven las historias. Descúbrelo ahora