CAPITULO 118

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LAUREN

El silencio de la habitación tiene una textura distinta los domingos. No es el silencio tenso de una alarma a punto de estallar, sino uno denso, protector. Abro los ojos apenas un milímetro y lo primero que registro es el peso cálido de Camila sobre mí. Su pierna derecha está anclada sobre mis muslos, reclamando territorio incluso en sueños, y su rostro descansa en el hueco de mi cuello.

Siento el ritmo de su respiración: una ráfaga tibia de aire que golpea mi piel rítmicamente. Cerca de cumplir dos años de casadas, he aprendido a leer sus diferentes formas de dormir. Esta es la de "paz absoluta". Le acaricio la espalda, subiendo por la columna vertebral con la lentitud de quien tiene todo el tiempo del mundo. Siento la suavidad de su piel y ese pequeño escalofrío que recorre su cuerpo cuando empieza a despertar.

CAMILA: Buenos días... (murmura ella. Su voz, esa octava más grave y ronca por el sueño, es mi sonido favorito en el mundo)

LAUREN: Buenos días, hermosa (susurro, girándome lo justo para besar su frente. Ella no abre los ojos; simplemente se pega más a mí, buscando mi calor como si fuera un imán. En este espacio, entre las sábanas revueltas, el olor a lavanda y piel, el resto de nuestras vidas, las llamadas, las presiones, los contratos, simplemente deja de existir)

🕰️

Bajar las escaleras descalzas es nuestro ritual de libertad. Camila lleva una de mis camisetas de bandas viejas que le queda un poco larga, dejando al descubierto sus muslos, solo lo justo para cubrir sus bragas. Me quedo un segundo apoyada en el marco de la puerta, simplemente observándola. Hay algo profundamente íntimo en ver a la mujer que amas batir una mezcla de hot cakes con el cabello hecho un desastre y los pies marcando un ritmo invisible en el suelo de madera.

CAMILA: Hoy no se habla de trabajo, Lo (advierte, señalándome con la cuchara de madera sin dejar de sonreír) -Ni de Francia, ni de reuniones. Ni mis casos, Ni nada. Hoy el mundo se acaba en la puerta de nuestra casa.

LAUREN: Trato hecho (respondo, acercándome por detrás para rodear su cintura con mis brazos. Apoyo mi barbilla en su hombro, observando cómo las fresas trituradas tiñen la mezcla de un rosa pálido)

El café empieza a invadirnos, llenando la cocina de ese aroma que promete un nuevo comienzo. Reah aparece trotando, con las uñas haciendo clic-clic contra el suelo, seguida por Eclipse, que se mueve con esa parsimonia digna de quien sabe que hoy habrá sobras deliciosas. Es una escena doméstica perfecta; una que hace años me parecía un sueño lejano y que hoy es mi ancla.

🕰️

Después del desayuno en la terraza, el sofá se convierte en nuestro santuario. No buscamos una película para verla realmente, sino para que sirva de ruido blanco. Camila se acomoda entre mis piernas, apoyando su espalda contra mi pecho. Yo entrelazo mis dedos sobre su vientre y ella, de forma automática, empieza a juguetear con mi anillo de bodas, dándole vueltas como hace siempre que está relajada.

CAMILA: No me muevo de aquí (susurra, dejando caer su cabeza hacia atrás para mirarme. Sus ojos tienen ese brillo suave, sin la chispa de estrés que a veces intenta colarse en su mirada)

LAUREN: No pienso soltarte (aseguro, bajando la cabeza para besar la punta de su nariz)

Le acaricio el cabello, desenredando los ligeros nudos con paciencia. En este silencio compartido, me doy cuenta de que estos son los momentos que construyen un matrimonio. No son las alfombras rojas, sino esta forma en la que nuestros cuerpos encajan sin esfuerzo, el peso de los canes durmiendo al lado del sofá y la sensación de que, si el reloj se detuviera ahora mismo, no me faltaría nada.

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