CAPITULO 105

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LAUREN

Ya hay cierta electricidad en el aire. Afuera, los vecinos decoraron los patios con luces que parpadean con euforia, y en el cielo comienzan a elevarse los primeros destellos de fuegos artificiales. El eco de risas lejanas, el murmullo de una bocina encendida en alguna casa, y el olor a parrillada flotando en el aire crean una atmósfera viva, festiva.
Adentro, nuestro hogar respira algo distinto: calma, tibieza, intimidad.

Camila está sentada a la mesa, frente a mí. Lleva una blusa blanca de lino que deja ver su cuello largo y el brillo sencillo de los pendientes que le regalé hace un par de meses atrás. Su cabello recogido con descuido, algunos mechones sueltos rozándole las mejillas. Y yo estoy en jeans negros y una camisa azul oscuro. Nada demasiado elegante. Solo cómodo. Íntimo. Como este final. La observo y pienso que, si el tiempo pudiera detenerse, este instante sería uno bueno.

Sus padres habían viajado y mi madre seguía de viaje, Taylor estaba en Miami, pero su plan había sido recibir el año nuevo en una fiesta con sus amistades, incluso nos invitó, pero la verdad no era lo que deseábamos hacer. Ella lo entendió sin problema.

Nuestra cena no es espectacular, pero tiene todo lo que importa: lasaña recién salida del horno, ensalada fresca, vino blanco. Nada de formalidades, solo nosotras, compartiendo ese silencio cómodo que solo existe entre dos personas que se conocen con el alma.

CAMILA: ¿Tu momento favorito del año? (Cuestiona, girando el tenedor en el plato)

Pienso unos segundos. Quisiera decirle que fue aquel día en la playa, o cuando bailamos suave mientras preparábamos el almuerzo por allá en mayo. Pero en realidad, todos esos momentos son solo distintas formas de lo mismo: ella.
Antes de que pueda responder, Camila sonríe y dice:

CAMILA: El mío fue cuando volviste.

Mi garganta se aprieta. No digo nada. Solo extiendo la mano sobre la mesa y tomo la suya. Su pulgar acaricia el dorso de mis dedos, suave, como si lo hiciera para recordarme que estoy aquí, que todo sigue bien.

El reloj del teléfono marca las once y media cuando subimos a la terraza. Traemos una manta, dos copas de vino y el pequeño altavoz con nuestra lista de reproducción. Las luces de la ciudad parecen respirar junto con nosotras: cada explosión de color en el cielo hace brillar los reflejos del vino y el contorno de su rostro.

Eclipse y Reah se echan cerca de nosotras, veo que las pastillas antiestres que Camila les dio si hicieron efecto, no están alterados por la pirotecnia y eso es bueno.

Nos sentamos juntas, envueltas en la manta. Su cuerpo encaja con el mío con una facilidad que solo da el tiempo.
No hablamos. No hace falta. Solo se escucha el viento leve que mueve las palmeras, las detonaciones lejanas, el murmullo del océano a lo lejos.

Camila apoya su cabeza en mi hombro. Yo la miro. Sus ojos se iluminan con cada destello del cielo.

LAUREN: Gracias por seguir aquí (susurro, acercando los labios a su frente. Ella sonríe, sin abrir los ojos)

CAMILA: Gracias por volver.

Y entonces el reloj marca medianoche. Las explosiones se multiplican, el cielo se tiñe de rojos, dorados, violetas. Todo parece detenerse por un segundo, como si el mundo entero respirara a nuestro ritmo.
La abrazo fuerte, y siento su corazón latir contra el mío, acompasado, firme.

Pienso en los años anteriores, en las veces que la distancia pesó, en los días que parecían eternos sin su risa llenando la casa. Pero ahora todo se siente distinto: este fin de año no es un cierre, es una promesa.

La beso despacio, con el sabor del vino y de la nostalgia dulce de todo lo vivido.
El cielo sigue encendido, y nosotras seguimos ahí, abrazadas, dejando que el año se apague sin prisa.

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