CAPITULO 102

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CAMILA

En la habitación, sentada sobre la cama con las piernas cruzadas, la laptop apoyada sobre un cojín. Llevo una camiseta grande de Lauren, la azul que le robé hace meses, y tengo el cabello recogido en un moño bajo que ya empieza a deshacerse. Afuera se escucha el sonido leve del viento entre las hojas. Ha hecho un poco de frío últimamente para ser Miami, nada extremo, pero suficiente como para que la ventana entreabierta deje entrar aire fresco que me eriza los brazos.

Abro la videollamada. Ahí está. Lauren.

CAMILA: Hola, amor (digo, sintiendo que el pecho se me acomoda solo de verla. Su cara aparece iluminada por una lámpara tenue, el cabello suelto y revuelto, como si acabara de peinarlo con las manos. Está en su habitación, la reconozco. París la rodea por las ventanas. Hay algo tan familiar y tan lejano a la vez en esa imagen)

LAUREN: Hola, mi Camzz (dice, y su voz me ablanda el día entero)

Empezamos a hablar de lo cotidiano. Me cuenta que estuvo todo el día en campo, supervisando la estructura del decimo nivel del edificio. Yo le hablo de la junta con el equipo jurídico, de cómo uno de los asistentes nuevos se olvidó de adjuntar los archivos en un correo y casi provoca el caos.

Reímos.

Es suave esta parte. Cómoda. La echo de menos, y cuando nos reímos al mismo tiempo, es como si me acercara un poquito más.

LAUREN: ¿Y tú cómo estás? (Cuestiona. Y lo dice en tono bajo, como quien teme que la respuesta duela)

CAMILA: Bien (respondo, aunque no del todo. Estoy cansada. Cansada de que la respuesta siempre sea esa. Cansada de tenerla lejos. Pero no se lo digo. Solo hago una pausa breve y cambio el tema)

Hablamos unos minutos más. Ella se acomoda en la silla y por un segundo me parece que está más delgada. ¿Está comiendo bien?, Y entonces me sale. Lo digo sin pensarlo demasiado.

CAMILA: ¿Ya compraste el boleto? (Cuestiono)

El silencio que le sigue no dura ni tres segundos, pero en mi cabeza es eterno. Lauren baja la mirada. No necesito nada más. Suspiro. Ahí está. Ese hueco familiar en el estómago.

CAMILA: Sin que me respondas... ya tengo la respuesta (digo. Lo escucho salir de mi boca y me doy cuenta de que me dolió más de lo que esperaba)

LAUREN: Camila, estoy haciendo...

CAMILA: Lo imposible (la interrumpo, sin levantar la voz, pero con esa punzada que tiene la ironía cuando no sabes si estás bromeando o conteniendo las lágrimas) -Sí, Lauren. Te creo (Me paso la mano por la frente. Me duele un poco la cabeza, pero creo que es por la tensión. No quiero discutir, pero tampoco quiero fingir que no duele)

Ella me mira. Tiene los ojos tristes, como si se sintiera pequeña dentro de ellos.

LAUREN: No es que no quiera... Es que...

CAMILA: No me expliques (digo, tranquila. Aunque por dentro estoy agotada de explicaciones) -Ya aprendí a vivir con ellas.

Me quedo ahí, viéndola, esperando que diga algo más. Pero no lo hace. Y yo tampoco. A veces es peor hablar cuando ya no hay nada que arreglar con palabras.

LAUREN: Te amo (dice al fin, bajito)

CAMILA: También te amo (respondo, y lo siento en el pecho... pero no se siente suficiente)

Hay un silencio. No el incómodo. Es más triste que eso. Es el silencio de quien no sabe cuándo volverá a estar cerca.

Ella mueve la mano, como una pequeña despedida. Yo asiento. Cierro la laptop. La pantalla se apaga.

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