LAUREN
Me estaciono frente a la casa de los padres de Camila con una calma distinta. No es nerviosismo. Es algo más parecido a respeto. Apago el motor y me quedo un segundo con las manos sobre el volante, respirando. Esta casa siempre ha tenido ese peso silencioso de los lugares donde se habla con la verdad.
Camila ya se está desabrochando el cinturón. La miro de reojo. Está tranquila. En casa.
Bajamos. El portón se abre antes siquiera de que toquemos. La señora Sinuhe aparece primero, sonriente, con ese abrazo inmediato que siempre da sin rencor del pasado.
SINUHE: ¡Lauren! (dice) -Qué gusto tenerte aquí otra vez.
Me abraza con calidez real. No protocolaria. Camila entra después, y Alejandro se acerca para besarle la frente con ese gesto de padre que no se pierde con los años.
🕰️
La cena transcurre fácil. Platos servidos con cuidado, risas suaves, conversaciones que se entrelazan entre anécdotas y comentarios del día. Me siento cómoda. Agradecida. La señora Sinuhe me observa varias veces como si me estuviera leyendo algo que no digo.
En un momento, mientras Camila y yo hablamos de trivialidades, Sinuhe se inclina hacia ella.
SINUHE: Te quiero mostrar unas prendas que compré (dice) -Me quedaron chicas. Te las mides y te las llevas.
Camila sonríe, asiente. Yo entiendo el gesto. Es una forma de cuidar. De compartir.
Alejandro carraspea con suavidad y me mira.
ALEJANDRO: Lauren, ¿Me acompañas un momento al despacho?
Asiento sin pensarlo. Me levanto y lo sigo por el pasillo. El despacho es pequeño, sobrio. Libros bien acomodados, una lámpara encendida. Cierra la puerta con cuidado.
Se toma su tiempo antes de hablar.
ALEJANDRO: ¿Cuándo te vas? (Cuestiona, directo)
No me sorprende.
LAUREN: No me voy (respondo) -Ya no viajaré más.
Alejandro me observa en silencio. Luego se apoya en el escritorio, cruza los brazos.
ALEJANDRO: Mira... (dice) -Reconozco el enorme esfuerzo que has hecho por el bienestar de ambas. No soy ciego. Ni ingrato. Pero no te voy a mentir: me preocupa saber que mi hija pasa semanas, meses, durmiendo sola en una casa que le queda enorme.
Asiento, despacio.
ALEJANDRO: Cuando te la entregué en el altar (continúa) -Fue para que estuvieran juntas. No en diferentes ciudades.
No hay reclamo en su voz. Hay preocupación genuina.
ALEJANDRO: Entiendo tu posición (dice) -Sé cuánto la amas. Y también sé cuánto te ama ella. Pero ahora que están casadas, tienen que cuidarse. Estar juntas. Velar una por la otra.
Respiro hondo.
LAUREN: Yo amo a Camila (digo, sin titubeos) -Si me fui, fue por una oportunidad que pensé que aseguraría un mejor futuro para las dos. Nunca fue por dejarla.
El señor Alejandro asiente. Su expresión se suaviza un poco.
ALEJANDRO: Solo quiero dejar algo claro (dice, ya con tono firme pero tranquilo) -Tú tienes a mi hija. Y si algo le sucede porque la has dejado de nuevo... me vas a rendir cuentas.
No me siento amenazada. En absoluto. Lo que siento es responsabilidad. La acepto.
LAUREN: Lo entiendo (respondo) -Y no va a pasar.
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NUESTROS PERFECTOS DEFECTOS
Historia CortaDicen que en la vida tenemos 3 amores, cada uno es diferente y dejará algún mensaje, El 1° que llega en la adolescencia, el que te enseña a querer, te llena de ilusiones y parece un guión de película. El 2° te enseña el dolor y te aferras a él aún q...
