CAPITULO 119

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LAUREN

El despertar no es suave esta vez. No hay luz tibia ni caricias lentas. El sonido que me saca del sueño es violento, un ruido gutural y seco que retumba contra las paredes de azulejo del baño principal. Me incorporo de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas y los restos del sueño desvaneciéndose ante la urgencia.

El lado de la cama de Camila está vacío y las sábanas están revueltas, frías.

Oigo otra arqueada, más fuerte, seguida de un quejido de puro agotamiento. Me pongo en pie en un segundo, mis pies descalzos golpeando el suelo frío mientras cruzo la habitación en penumbra. La luz del baño está encendida y la claridad me lastima los ojos, pero no me detengo.

Ahí está ella.

Camila está de rodillas frente al inodoro, con la cabeza casi hundida en el cuenco de porcelana. Sus hombros, aún cubiertos por el satén de su pijama, tiemblan con cada espasmo de su estómago. Su cabello, ese que ayer era una cascada de seda perfecta, ahora es un caos que cae sobre su rostro, pegándose a su frente por el sudor frío.

Me arrodillo a su lado sin pensarlo. Siento el olor agrio del alcohol y el malestar, pero no me aparto. Con una mano busco su frente para apartarle los mechones húmedos y con la otra recojo toda su melena en un puño firme, despejándole el rostro para que pueda respirar.

LAUREN: Ya está, Camz... suéltalo todo (susurro, pasando mi mano libre por su espalda en círculos lentos, tratando de calmar los temblores de su cuerpo)

Ella suelta un gemido lastimero, apoya la frente en el borde del inodoro y cierra los ojos con fuerza. Su piel está pálida, casi traslúcida bajo la luz fluorescente.

CAMILA: Ya no... ya no voy a volver a tomar (logra decir con la voz rota, áspera) -Te lo juro, Laur. Nunca más.

Intenta empujarme débilmente con el codo, sin fuerzas reales, sin siquiera abrir los ojos.

CAMILA: Vete de aquí... (murmura con una mueca de asco hacia sí misma) -Vete, en serio. Huele horrible. No quiero que me veas así.

No la suelto. Me acerco más, sentándome en los talones junto a ella, manteniendo su cabello bien sujeto para que no se ensucie.

LAUREN: No me voy a ningún lado, Camila (respondo con firmeza, pero con una suavidad absoluta) -Me importa una mierda el olor. Soy tu esposa, ¿Recuerdas? En las buenas y en las náuseas.

Ella suelta una risa que termina en un hipo doloroso y otra arcada la sacude. Me quedo ahí, firme, sosteniendo su peso y su cabello, siendo su ancla mientras el cuerpo le factura la cuenta de la noche anterior. En este momento no hay glamour, no hay tacones ni estrobos; solo estamos nosotras dos en el suelo de un baño, enfrentando juntas la parte menos brillante, pero más real, de nuestra vida.

La arcada pasa.

No viene otra de inmediato, y ese pequeño espacio de calma me permite respirar también yo.

Sigo sosteniéndole el cabello con una mano mientras con la otra froto su espalda, de manera lenta, firme, desde los omóplatos hasta la base de la columna. Su cuerpo todavía tiembla, pero ya no con la violencia de hace unos segundos; ahora es un temblor más cansado que urgente.

Camila se queda quieta, con la frente apoyada en el borde frío del inodoro, respirando por la boca.

Yo aprovecho.

Me estiro hacia el lavabo y abro la llave despacio. El agua corre con ese sonido doméstico que siempre me tranquiliza. Mojo mis dedos y los llevo a su rostro con cuidado, limpiándole las comisuras de los labios, las mejillas húmedas, el sudor frío de la frente.

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