Undécima pluma.

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Ángel, dime qué es lo que quieres y te lo daré.

“¿Cuánto?”

El pelirrojo volteó aún más, casi quebrándose el cuello de seguro; lucía algo esperanzado con aquella simple frase y esbozó una pequeña sonrisa que no pasó desapercibida para los ojos de Bradlee. Era hermoso con esa sonrisa, joder. Era realmente hermoso.

Le estaba sonriendo a él, que era lo mejor.

“Dos de los grandes si quieres al niño rojito” El pequeño giró hacia el de piel obscura y se horrorizó al instante.  “Pero él tenía a alguien esta noche, ¿sabes? Iba a ser finalmente su primer trabajo en un nuevo campo así que el dinero aumenta y no creo que te lo puedas permitir porque es puro y eso.”

Bradlee se vio algo confundido con las palabras de aquel chico pero él solo quería tomarlo bajo sus brazos y protegerlo, alejarlo de todo el peligro y ponerlo en una vitrina para que nadie lo maltrate. Quería regresarlo al cielo y alejarlo del infierno de las calles, pensó que tal vez podría hacer algo por él y por su libertad, no sabía si tenía deudas por las drogas o si era un vendedor pero realmente quería hacer algo por él, algo que le permitiera esbozar esa sonrisa de dientes chuequitos y chiquitos.

“¿Cuánto?” repitió en un intento de tomarlo y protegerlo de todo. El pelirrojo jaló del brazo al hombre negro, mirándolo con súplica. Quería irse, deseaba irse, si pudiera tener un deseo sería el de irse y no volver a tener nada que ver con los Vulcano de nuevo.

“Siete mil” dijo, el de piel obscura, porque sabía que nadie tenía ese dinero a la mano y nadie estaba a dispuesto a gastarlo por un niño cualquiera de la calle que no tenía relación con él. Además no era un adonis, no había una explicación por la que un sujeto con zapatos de cinco mil dólares arriesgara eso por un chico, tal vez lo veía como una obra de caridad clandestina.

“¿Y si quiero tenerlo para siempre?” El pelirrojo trató de escaparse al escuchar esas palabras pero falló cuando el de piel obscura atrapó su cuello bajo su brazo, ejerciendo presión cuando el chiquillo empezó a revolverse. Pronto, sus lágrimas resbalaron por sus mejillas ante la incógnita de un destino en manos de a quien no conocía.

“¿Estás tratando de comprar su libertad?” preguntó, estupefacto. Bradlee asintió, viendo como el pelirrojo se retorcía, apretando sus manitas en torno al brazo que amenazaba con romper su cuello. Bradlee quería que todo se terminara. “Entonces hablamos de veinte mil.”

Su móvil empezó a sonar, de seguro era Ann pero en ese momento le valía una mierda si se caía en un acantilado, de hecho si no tuviera una posición que mantener, él mismo la habría empujado. Su mente repetía la figurita del ángel asustado, como un bucle.

Se sentía indeciso.

El hombre negro miró al menor, atascado entre sus brazos. Él tenía mucha mierda cargando, había pasado por muchas cosas; lo sabía porque lo conocía perfectamente, él lo había socorrido con lo necesario para sobrevivir de la única manera que él conocía. Pero ahora era otro asunto, el menor se había metido en problemas por un chico que había desaparecido del mapa completamente, no era lo mismo. Y quería ayudarlo, al menos un poco, y el hombre frente a él era otra cosa.

Era una cosa completamente diferente.

Zapatos relucientes hechos a la medida, podría jurar que se los había puesto en dos ocasiones máximo; su traje hecho a la medida, aquel coche con las ruedas casi limpias. Era otro asunto, tan diferente al hombre que iba a pagar por su amigo.

“Está bien.”

Chad abrió la boca al igual que el pelirrojo, es decir, ¿quién se atrevía a sacar veinte de los grandes de la nada? Nadie en lo absoluto y por más papi chulo que se vea alguien, no significaba que tenían veinte de los grandes a la mano.

Hola, ángel.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora