Duodécima pluma.

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Ángel, ¿por qué luces tan confundido?

El pelirrojo abrió su boquita en una 'o' y sus ojos parecían de rana por la similitud a saltones pero es que no se podía explicar a sí mismo por qué el hombre le había dicho que no le haría daño cuando todas las personas lo hacían, indirecta o directamente, era un caramelo que en cualquier momento se lo podrían arrebatar; lo iban a usar, a jugar con él y con su cuerpo, de eso no quedaba duda alguna. No quería engañarse pero estaba tan lleno de soledad que quería aferrarse a las mentiras piadosas, aunque provinieran de un desconocido que le había extendido una mano.

Trató de replicar pero Bradlee se levantó, algo cansado y para el menor fue inevitable pensar que él se iba a ir, que se iba a alejar como las demás personas y no quería eso.

Quería quedarse dormido mientras le desechaban, al menos así no sentiría nuevamente un ardor en el centro de su estómago y no tendría que fingir felicidad o comprensión de motivos que no tenían sentido. Su corazón no podía soportar otra vez. ¿Qué iba a hacer con él? El sujeto, Bradlee, lucía tan indiferente a todo que no podía adivinar sus pensamientos o predecir sus movimientos y eso le asustaba porque en cualquier momento podría aparecer en un río muerto.

No quería tragarse esa amabilidad, no habían personas tan buenas. No había ángeles en su mundo.

No tenía por qué aferrarse a falsas promesas. Lo iba a maltratar, a herir, a manchar, a profanarlo con sus manos cuando tuviera un mal día y quisiera desquitarse. Y él iba a estar ahí, para recibir sus malos humores.

Abrió la boca para hablar pero se dio cuenta que Bradlee había ido a la habitación que daba a muchos cajoncitos, no se debía sorprender de que un rico tuviera una habitación completa para guardar su ropa al menos no después de que hayan pagado por él veinte mil dólares.

Era un pequeño precio a pagar por una puta. Había prostitutas de lujo, tal vez ya había pasado por todas ellas, quien sabe. Solo quería ir a casa pero, ¿cuál casa? No tenía, ¿a dónde iba a huir? La cama en la que se encontraba era tan suave y firme, tan pulcra y cómoda, era la miel sobre la pesadilla, la promesa del infortunio de lo que pasaría si se quedara ahí. Y le dio asco, asco por sí mismo y por meterse en embrollos que no parecían acabar.

Se sentía pisoteado, sucio y marchitado, como una flor.

No quería estar ahí.

El desconocido regresó, acomodando su cabello negro descuidadamente al mismo tiempo que le tendía una pijama suavecita como las manos de aquel sujeto. Tan diferentes a las suyas, fue dolorosa la comparación y se sintió más desgraciado al sentir la textura de la tela tan suave, sintió que podría ponerse a llorar. ¿Por qué le daba una pijama tan bonita, por qué estaba ahí, cuál era el objetivo de estar ahí? Estaba desnudo, ¿por qué lo estaba vistiendo?

Pero él no miraba su desnudez.

Miraba los moretones de su cuello. Se sintió expuesto y quiso salir corriendo de ahí, no había puesto atención en el recorrido hasta el dormitorio en el que se encontraba por lo que no sabía cómo salir de ahí, perfecto, había sido tan idiota como para quedarse embobado con un aroma a aloe.

Dylan la aceptó, apretando la ropa contra su cuerpo desnudo, sintiéndose avergonzado de haber sido rechazado y pronto se dio cuenta que el sujeto era amable pero no tanto como tomar a un virgen inexperto, sucio y estúpido. De seguro, él tendría muchos chicos o chicas en su casa, más bonitos y más experimentados que él.

Por más que el sujeto fuera realmente guapo, no quería estar bajo su piel, realmente rehuía de aquello pero su voz podría ser callada en cualquier momento que él se cansara. No podía tentar su suerte.

No era más que una obra de caridad.

“Dylan” pronunció su nombre, dándole énfasis a la primera silaba con su acento. El pelirrojo se encogió ante aquella voz grave, ocasionando que Bradlee torciera el gesto, algo indeciso de que decir realmente. “Niño, deberías cambiarte.”

“Gracias.”

Bradlee lo miró fijamente y fue entonces cuando el pelirrojo se dio cuenta de lo que se suponía que tenía que hacer por lo que simplemente se volteó para vestirse con aquella pijama. Era muy suave, cómoda y hogareña; realmente la mejor que se había puesto en toda su vida, la única que había vestido en realidad.

“Ahora, duerme.”

Dylan se dio cuenta de que él seguía en traje por lo que señaló con su dedo el traje tan costoso que estaba ya con algunas arrugas y el hombre gruñó, despojándose de aquella ropa, quedándose en bóxer. Se sintió avergonzado con la familiaridad que él había tomado en su presencia, no sabía si eso era bueno o malo.

Los ojos grises del pelirrojo seguían los movimientos de sus manos, fascinado con aquellos movimientos elegantes que el sujeto parecía tener sin darse cuenta, parecía elegir sus movimientos anticipadamente. Fue imposible no fijarse en el bóxer del hombre, sus mejillas se calentaron al ver el miembro dormido por lo que desvió la vista a sus ojos con apariencia de dorados, eran muy bonitos, siendo sincero.

Bueno, fue una mala idea puesto que cuando llevó su mirada hacia aquellos ojos dorados, él ya tenía la vista puesta en él desde hace un rato. Ah, pillado.

Bajó la cabeza enseguida, mordiéndose el labio sin saber que decir en lo absoluto por lo que solo se quedó jugando con sus dedos sudorosos. Estaba nervioso y no sabía a dónde mirar, madre mía, el corazón le latía tan fuerte que pensó que le iba a dar una taquicardia.

“A dormir” Fue lo único que dijo el mayor. Se volvió a acostar, arropándose entre las sábanas sin importarle en lo absoluto estar casi desnudo, a lo mejor estaba acostumbrado a estar así con desconocidos, la reputación de Bradlee en la cabeza del ángel bajaba por cada segundo. No tenía ni la menor idea de qué hacer o cómo actuar por lo que sólo atinó a acostarse en el otro extremo de la cama.

¿Debería dormir alejado de él? ¿O debería abrazarlo? Quería un descanso para su cabeza. Sí, uno muy grande, y la almohada al lado de Bradlee se veía tan cómoda. ¿Podría agarrarla, qué le costaría tomarla? Estaba hiperventilando, casi podía sentirse en medio de una crisis nerviosa y es que era demasiado para su corazón en un solo día, quería ponerse a llorar como un crío, no quería tener miedo, quería sentirse amparado por alguien.

Se sentía tan solo y la espalda de Bradlee era tan bonita, lucía tan segura; estaba desolado, al punto de un ataque de pánico y podía sentir como las lágrimas querían desbordarse por las cuencas de sus ojos y una vez que daba inicio al llanto, no iba a poder parar. Estaba estresado, se sentía un prisionero en una jaula de oro. Quería volver en el tiempo.

Bradlee suspiró al escuchar el primer hipido, lo tomó de la cintura y lo arrastró a su lado. Sus miradas se conectaron, aquel río en sus ojos empezó a desbordarse y Bradlee lo atrajo hacia sí mismo, sintiendo como se rompía en una reacción en cadena tan desastrosa que le rompió el corazón.

Quería hacerlo sentir seguro, llenarlo de calidez y alejarlo de la maldad de un mundo gris al que había sido sometido, no sabía que más hacer así que acarició su cabello, tratando de calmarlo. Lo podía sentir sacudiéndose en sus brazos, los espasmos que su cuerpo pequeñito hacía en cada nuevo sollozo, los mocos que terminaban en la piel de su pecho.

Su cielo estaba llorando.
El dulce ángel demarraba lluvia.
Sus ojos grises se asemejaban a un día de tormenta en donde todo se desbordaba, el desastre venía con fuerza y se llevaba todo.

“Juro no hacerte daño, ángel.”

Su aroma era tan delicioso, aquel olor a manzanilla traspasaba sus fosas nasales y se mezclaba con el aloe de su propio cuerpo; se sentía realmente tranquilizador, sus manos eran realmente cálidas y suaves, su respiración daba cosquillas pero era reconfortante, aquellas manos aferradas en su cintura en el llanto solo eran la cereza del pastel.

Ángel, eres tan pequeñito en mis brazos.

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N/A: Me fui a llorar, adiós.

Hola, ángel.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora