Ángel, espero que estés comiendo bien.
Al final no había podido regresar a Seattle.
Y eso había sido horrible porque tenía que estar dos semanas más estancado en Washington para una junta de accionistas que querían una sede en Turquía y en Brasil, era una buena iniciativa, sí, pero involucraba muchos factores.
A pesar de eso, quería estar involucrado con el pelirrojo de maneras que las creía imposibles. Estaba casi seguro de que aquel ángel no se dejaría probar tan fácilmente, era precioso y su voz de niño mimado solo le provocaba corazones en los ojos.
“¿Estás enamorado de él?” Bradlee no supo contestar, se encogió de hombros. Tal vez no estaba enamorado, realmente dudaba de estar en aquel estado, de lo que si estaba seguro era el hecho de que se encontraba atraído al pelirrojo. “Sabes que no me opongo Bradlee pero no me puedes dejar.”
Ann tomó de su café tras sus palabras, sin tomar en cuenta la mirada de odio por parte del muchacho.
“Ya sé, joder. Ya sé, deja de repetirlo cada vez que tienes una oportunidad” Ella se reclinó en su asiento y dejó su mentón apoyado sobre una de sus manos. “Ya sé, cállate de una vez” Ann resopló, llevándose una mano a sus cabellos rubios para peinarlos. “Ya lo sé.”
“Si lo sabes, ¿por qué me lo estás diciendo?” Atacó la rubia desviando la mirada, Bradlee sabía que a ella igual le jodía aquello más que nada. “No tienes que decirme esa mierda a mi, no tienes el derecho de decirme eso cuando yo dejé al amor de mi vida por ti, simplemente no puedes hacerme esto” declaró, con la furia teñida en sus cuerdas vocales. “Es una menuda mierda tu atrevimiento.”
“Ann” musitó Bradlee, viendo como la muchacha se escondía bajo sus manos. “No quiero que él cargue esa mierda, no tiene nada que ver con nosotros” Ella se alteró, llevando su mano a la botella de agua al lado y arrojándosela al muchacho directo a la cara.
“Y yo la tengo que cargar porque no te importa ni una mierda lo que me pase a pesar de todo lo que he pasado por ti. Por ti, Bradlee” Rumió, su voz siendo quebrada en diferentes tonos. “Claro, soy una mujer y tengo que someterme a ti, por supuesto.”
“Sabes que eso no tiene nada que ver, Ann.”
Ella alzó sus manos, borrando con furia las lágrimas que se deslizaban por su piel de porcelana en un rocío trágico. Sintió el fuego en el paso de cada lágrima y su garganta se cerró, dificultándole el respirar como normalmente lo haría.
“No quiero que él piense que estamos juntos realmente” Ella soltó una risa.
“Tú no le importas una mierda a él, tan siquiera a mí me conoces desde hace seis años y a él, ¿seis meses o más bien mes y medio?” dudó por un momento pero su mirada se afirmó y engravó. “¿Sabes por qué tu papá lo dejó caminar a tu lado? Porque pensó que necesitabas una puta.”
Bradlee apretó los puños.
“Eso es lo que él es, un prostituto drogadicto, ¿crees que él te tomará en serio con unos cuantos billetes cayendo cada vez que lo pida? No, lo sabes. ¿Por qué estás haciendo esto? ¿Por qué estás arriesgando todo por alguien que no te ha dado nada? ¿Por qué estás tratando de indagar sobre él? ¿Por qué me estás pidiendo que lo investigue? ¿Por qué no puedes quedarte sentado sin hacer algo y simplemente tirártelo?” Insistió la mujer, más no espero en la respuesta y simplemente se levantó para salir del restaurante.
Miró al techo, contemplando la derrota latente en sus oídos, retumbando por las paredes hasta grabarse a fuego en sus tímpanos. Se sintió estúpido, un idiota a creces; lo sabía, no era necesario que la muchacha se lo dijera, de una manera u otra lo sabía y estaba seguro de sucumbir a sí mismo ante todo aquel drama. No estaba hecho para cosas así, simplemente no era el tipo de problemas al que estaba acostumbrado y no tenía la costumbre de preocuparse por alguien que su padre podría poner las manos encima. Jodía, jodía terrible y se sintió en una encerrona porque Ann tenía razón.
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Hola, ángel.
Romance"Ángel, ¿acaso sabes cómo me rompo mientras caes dormido pensando en aquel que nunca volverá?"
