Trigésima primera pluma.

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Ángel, te extraño.

Había pasado un mes desde que se había ido de Seattle y finalmente podía regresar a casa porque todo estaba solucionado. Aaron había tenido que vender alguna de sus acciones para seguir siendo relevante en la empresa como un miembro de la junta, había llegado a ese acuerdo con la mayoría de la junta directiva pero no con él por lo que trató de comprarlo con un nuevo Lamborghini y también con una nueva propiedad en Minnesota por lo que no se pudo quejar al haber perdido varias posesiones con anterioridad.

Bueno, funcionó cuando le propuso menos tareas para pasar el día en Seattle con su madre aunque Bradlee solo tomó eso por el niño de cabellos rojitos.

Por lo que, exactamente 34 días después de haberse ido a D.C, estaba volviendo a Seattle con una jaqueca terrible por el viaje. Estaba tan cansado, tenía que revisar cosas que se le habían acumulado en aquella visita como lo de Aaron y estaba tan concentrado en sus pensamientos que no se percató cuando chocó con un cuerpo al bajar de las escaleras mecánicas.

“Ouch.”

Oyó un quejido pequeño, un aroma familiar y bajó la vista para ver a cierto chico de cabellos rojitos como pelaje de comadreja observándolo fijamente a través de esos ojitos grises que parecían transparentes.

Eran los ojos del alma, la llave de la caja de Pandora y podía creer que podía ser mucho más. Y no pudo despegar la mirada de sus ojos, las curiosas piezas de cristal fijándose en él; el aire se acabó, sin poder olvidar aquella sensación en donde solo podía respirar su esencia y no le importaba ahogarse o abrumarse por ello.

“Oh, ángel. ¿Qué haces aquí, pequeño?” Lo tomó de la cintura, apartándolo del camino para no estorbar a los que estaban bajando. Dylan se estremeció al sentir el contacto, resultado de que no estaba acostumbrado a ser agarrado como si se tratase de un títere; no respondió, se le quedó observando a Bradlee e instintivamente se aferró al cuello de su chaqueta cuando vio el amago de irse en sus ojos. No. No podía irse nuevamente.

Bradlee notó como el pequeño tenía sus manos ceñidas a su chaqueta, el atrevimiento teñido en inseguridad como si tuviera miedo de que se volviera a ir. Dylan tuvo miedo, ya había pasado por mucho aquellos últimos días y no estaba dispuesto a seguir así, quería a alguien con quien hablar de cosas minúsculas, de asuntos que no fuesen importantes y quedarse toda la noche completa despiertos hasta saciar todas sus ganas de llorar.

Y dio un paso, movido por el impulso y lo abrazó con todas sus fuerzas, sepultando su cara en su pecho, haciendo los primeros gestos que evocaban a los inicios del llanto más no lo dejó fluir, se tragó aquel sentimiento asfixiante con esfuerzo. Se sintió como un tonto pero no tenia la fortaleza para enfrentarlo solo sin un abrazo y Bradlee era buena persona, estaba muy seguro de que no rechazaría un abrazo suyo.

Dylan lo abrazó, rodeando su cuello con sus brazos y enredando sus piernas en su cadera. Joder, sentía sus muslos en sus caderas, tan rellenitos por lo que aunque no estaba obligado, lo tomó de los muslos para sostenerlo y apreciar sobre el pantalón.

Joder, su respiración en su cuello. Joder, joder, joder.

“No quiero que te vayas...” pidió el menor, estrechando su agarre en su cuello y presionando su nariz contra el cuello de Bradlee. Sus labios rozaban su nuez, robándole un estremecimiento y fue casi imposible bajar una de sus manos directa al trasero del pequeño pero en seguida la subió sin llegar a tocarle, recordando que el niño era muy preciado para él y si hacía eso sería irrespetuoso e inmoral, no quería causar una reacción negativa en su contra, provocar su odio o darle otro motivo para tenerle miedo. “Quédate aquí...”

Hola, ángel.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora