Trigésima sexta pluma.

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Ángel, sé que te necesito. Necesito sentirte y tenerte en mis brazos, ¿acaso es muy malo?

Bradlee bajó sus besos al cuello del muchacho, mordiéndolo al antojo mientras el muchacho se quejaba con una voz tan avergonzada y pequeña. Él estaba tan rojo que incluso su cuello lleno de pecas estaba rojito y parte de su pecho, era algo tierno porque parecía una pequeña comadreja escurridiza y realmente ruidosa.

Le rompió los botones de la camisa incluso ante las quejas del pequeño, lamió su pecho y lo llenó de pequeños besitos que parecían florecer en todos los lados de su cuerpo. Dylan apretó entre sus brazos la cabeza del mayor, tratando de aferrarse a algo mientras perdía la cabeza en escasos segundos; le gustaba perder la cabeza, dejarse llevar por aquellos besos húmedos en su pecho, le encantaba que Bradlee llevara el control y lo sometiera a su antojo.

Bradlee lo acariciaba como si fuera la primera y última vez que tendría sexo con un ser viviente, batía sus pestañas en su pancita mientras presionaba sus labios contra su piel. Lo acercaba a él tomándolo por las caderas mientras la noche empezaba a surgir y la única luz que los llenaba era la del sol ocultándose y los faroles de los escasos coches al pasar.

Lo volvía loco, aquel chiquillo lo volvía loco al ser la persona más inesperada en su mundo al grado de necesitarlo a su lado, provocaba que su corazón latiera realmente rápido como si de repente le hubiera dado una taquicardia pero bastaba con verlo. Quería sacarlo de aquel coche y bailar con él mientras le hacía el amor, o la secuencia al revés, daba una reverenda mierda como fuera el asunto pero joder, ese niño era como su fruto del árbol prohibido.

Era pecado, su pecado personal y la cruz que parecía destinado a cargar.

Sus pequeñas manos apretaron el cabello de Bradlee, quien sonrió al sentir el apretón. Joder, tan lindo y tan precioso. Quería hacerlo llorar mientras sonreía, sería su mayor placer realmente, amaba su voz suave que pedía sin querer por más, lo anhelaba y lo exigía, el pequeño demonio rojito no se quedaba con las ganas. Era tan precioso.

Dylan abrió sus piernas para que Bradlee se acomodara encima de él, lo atrapó con sus piernas y se frotó mientras daba luz a nuevos gemidos lejanos a la inocencia y teñidos de lascividad. Su piel estaba erizada, extasiada del placer provocado por los besos del hombre; su cuerpo pedía y demandaba el calor de Bradlee, imploraba por querer llorar de placer infinito, deseaba unas manos grandes y llenas de anillos tocando su piel, adentrando su contacto dentro de él hasta hacerlo perder la razón.

“B-Brad...” gimió. Su nombre se escuchaba tan puro, tan sencillo, tan honesto y con tanto deseo que le daban ganas de llenarlo a besos lo que no tardó de hacer. Besó su frente, sus pómulos, sus sienes, su naricita de reno, sus labios corales, su barbilla, sus ojitos grises como las mañanas de Seattle. ¿Por qué era alguien menor? Si le llevara solo un año sería mas jodidamente fácil y el pecado no se sentiría tan latente. Cuando el niño tenía 1 año, Bradlee ya estaba por los ocho años.

Lo besó en los labios por última vez y se separó de él, llamando la atención del pequeño quien protestó y pidió que lo siguiera besando con un pucherito y su dedo señalando sus labios. Bradlee volteó para no ceder, se ajustó la corbata y buscó bajo el asiento una chaqueta que darle al menor.

Lo abrigó, evitando mirarle a los ojos por lo que el pequeño se puso a horcajadas de Bradlee, incitándolo mientras brincaba sobre su regazo; sus ojos grises se habían dilatado y tenía todas las intenciones de dilatar algo más.

“Para, para. Ángel” musitó mientras su cuello era inundado de mordiditas inocentes. El bulto en sus pantalones se hizo más evidente.

“Bésame, Brad; abrázame, tómame, acaríciame” pidió con un hilo de voz. Bradlee negó con la fuerza de voluntad más admirable del jodido mundo. Lo sentía en su piel y respiraba sus besos, no podía olvidar aquellos fajes que el pequeño quería hacer con él, aquellos que le clavaban la necesidad de conocer su sabor, su sonido, su aroma.

Hola, ángel.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora