Ángel, ¿dónde estás?
Aunque Junio era caluroso, Seattle realmente no era el lugar más calido del planeta o al menos no el más cálido de Estados Unidos.
Cuando llegó a Seattle tras hacer una escala en San Diego para dejar a Ann en casa, lista para celebrar su cumpleaños con sus amigas tras muchas evasivas de parte de Bradlee para acompañarla aquel día especial. Y siendo sinceros, a Bradlee le daba una mierda su cumpleaños porque la niña solo quería su dinero y lo sabía, no era idiota pero tenía que traer una novia si quería que los ojos de los demás se desviaran de él en cada reunión hacia otra persona, tal vez como su hermano.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando al ver que él no estaba en el lugar de siempre. Él no estaba allí y eso inquietó su corazón tal vez más que una propuesta que había recibido y es que durante más de medio año se había acostumbrado a ver aquella carita de niño inocente del niño pelirrojo.
Miró atentamente el sitio, casi queriendo traspasar las paredes con la mirada y haciendo una mirada más minuciosa puesto que el chico era pequeño, muy pequeño y bonito como para estar en un lugar fuera de su vista. Maldijo en voz baja, yendo por un helado del aeropuerto con la excusa de querer saber dónde estaba el angelito.
Es decir, le preocupaba. Era un niño, un niño pelirrojito, un niño pequeño, un angelito de ojos grises y no tenerlo a la vista le quitaba el control que Bradlee siempre tenía en su vida. Tal vez no era suficiente con verlo últimamente pero aún así, quería solo verlo en ese momento en la misma esquinita donde siempre él decidía sentarse.
Era el placer ostentoso que recibía y su penitencia de regreso a casa.
Se preguntó si el sujeto con tatuajes tenía algo que ver con su desaparición repentina del lugar o acaso la persona que había estado esperando finalmente llegara a sus brazos. Bradlee se sintió algo culpable al desear que nunca regresara por lo que desechó aquellos pensamientos que no eran propios de su persona y solo reflejaban debilidad en él.
Y eso no era aceptado.
El chiquillo era un dulce con el envoltorio puesto, una vez degustado, dudaba que siguiera teniendo el mismo efecto en él. Además, no podía probarlo; los dilemas morales le impedían poner una mano encima de su cuerpo y tenía que conformarse con mirarlo de lejos.
“Señorita” llamó la atención de una de las señoras de la heladería, la mujer casi sale de sus bragas cuando Bradlee agitó su cabello, haciéndole una seña para que se acercara. La mujer obedeció, extasiada por la voz tan dominante de aquel sujeto y de sus movimientos tan firmes. “Disculpe que la moleste, ¿de casualidad ha visto a un pelirrojo que siempre está sentado en aquella esquina?” preguntó, hablando tan lentamente que para la mujer fue inevitable notar el modo en el que aquel hombre dejaba rodar su lengua y las palabras fuera de su boca.
“S-Sí...” respondió apenas, en un hilo de voz. “Sí” volvió a decir, recobrando el sentido de la pregunta. “El jovencito que espera a su novio y que siempre viene por aquí para tratar de robarme las galletas que sobran? Sí, sí, dijo que iba a pagarme las galletas pero de eso hace un mes y el niño cada día me da veinte centavos, hoy no lo he visto porque de seguro se ha ido con aquel hombre de tatuajes que siempre lo busca en las tardes”se encogió de hombros, algo confundida de repente. Oh, él era el responsable de no ver a su penitente. “El niño me miró y sonrió plenamente, me dijo que ya me iba a poder pagar todo lo que se comía pero, ¿con ese hombre? Sabes, estoy preocupada de que sea una mula o algo así, es un muchacho muy joven y hermoso, debería estar en casa y no aquí todos los días del año...”
Bradlee frunció el ceño y la mujer inmediatamente dejó de hablar pero después el hombre sacudió la cabeza nuevamente, asintiendo ante algo dentro de su mente.
El polvo de ángeles volvió a su mente, uno se podía prender muy fácilmente de aquella droga; lo sabía, por su hermano, la oveja negra de la familia. ¿Cómo podría él relacionarse con otra oveja negra?
“Gracias, señorita” pronunció, tomando la mano callosa de la mujer y llevándola a sus labios, mirándola fijamente a través de sus ojos penetrantes. No acostumbraba a hacer eso, sólo lo hacía para tratar de conseguir algo, como cuando quería tener sexo y Ann estaba indispuesta para ello, este no era el caso pero quería hacer algo que en su vida se hubiese imaginado de hacer.
La idea le llegó a la mente con gracia, sacó su billetera y le dio a la mujer mil dólares. La mujer abrió la boca, estupefacta ante el dinero que le estaba tendiendo el hombre, parecía haberse orinado en los calzones ya sea por el aspecto del hombre o por aquellos billetes que no acostumbraban a reunir en un solo día.
“Esto para que perdone la deuda del niño y lo procure”La mujer se quedó viendo el dinero, sin caber en su asombro. “¿Hay algún problema, necesita más?”preguntó, dispuesto a sacar más de la cartera pero entonces la mujer le detuvo con una negación.
“N-No, gracias, señor” musitó la mujer, recibiendo el dinero. Bradlee le dedicó una sonrisa de lado y finalmente se alejó de aquel puesto.
Se sentía mejor por haber ayudado al ángel, aún si este no lo supiese. El deseo de protegerlo emanaba de sus poros, se enrollaba entre sus venas y se abrazaba a su mente con una facilidad tremenda. Aquel niño lo llevaría a la locura, era su dulce tentación, su dulce trago de regreso a casa.
Ángel, quiero cuidarte.
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N/A: esta es mi escena fav wn, no sé por qué ahre
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Hola, ángel.
Romance"Ángel, ¿acaso sabes cómo me rompo mientras caes dormido pensando en aquel que nunca volverá?"
