Ángel, dime por qué sigues yendo al aeropuerto.
Dylan se sentó en el suelo, fue entonces cuando reaccionó.
¿Por qué se comportaba así frente a Bradlee? Parecía un crío en su primer baile, ¿por qué le había peinado? Su cordura lo estaba traicionando, con todo lo que involucraba la pérdida del raciocinio; consideró en gastar esos 500 dólares en un buen psiquiatra o al menos en una terapia para la idiotez, vale, que lo tenía bien atrapado por los huevecillos pero no quería ser una presa fácil para ser arrojado en un clóset para ser alguien destinado a esconderse.
Suspiró.
Siguió viendo las escaleras mecánicas, viendo cómo personas sin rostro para él bajaban por aquella máquina y comprobó con dolor que no debería seguir ilusionándose ante palabras vacías que ya habían sido arrastradas por el viento; supo de antemano que era un caso perdido seguir aferrándose a una promesa que ni le daba cabeza para pensar en la antigua palabrería deshauciada.
Brent surgía en su mente, una y otra vez. Y recordó vagamente lo que le había hecho sentir en años pasados, los defectos empezaban a deslumbrarse en su mente como si se hubiera tratado de una resonancia magnética. ¿Cómo se habían metido en aquella mierda tan grande? Brent había desaparecido y no había vuelto a escuchar de él pero lo seguía esperando en aquel aeropuerto en donde solía bajar por aquellas escaleras tras el éxito del contrabando.
Volvió a mover el cubo, tratando de despejar el recuerdo de Brent bajando por esas escaleras con los pulgares arriba y una sonrisa de autosuficiencia en la cara. Joder, como extrañaba eso; ilegal y todo pero por aquella sonrisa podía seguirlo a todos lados, lo hacía soñar y lo elevaba con aquella curva.
Ya no podía con los recuerdos que golpeaban su mente, era mucho que pedir para su pobre corazón roto. Y es que, esperar en aquel aeropuerto ya había quedado lejos de la esperanza, era una causa perdida a la que tenía que atenerse por el resto de su existencia.
“Vale, sí se puede” Trató de darse ánimos a sí mismo, apretando sus manos a su pecho. ¿Qué peor cosa podía pasarle? Le había pasado de todo, ya no estaba seguro de cómo estaba todavía en pie. Se sintió mareado y dejó caer la cabeza hacia atrás. Estaba tan cansado. “Sí se puede” Volvió a decirse a sí mismo, mirando al cielo, degustando la soledad que caía sobre sus hombros y los hacía más pesados a cada segundo.
Fue al puesto de helados, comprándose uno a sí mismo de tres bolas de un sabor diferente cada una y su ánimo mejoró, al menos antes de sacar el dinero que le había dado Bradlee y de recibir el cambio de aquel helado. ¿Cuánto le costaría aquello? Dejó de saborear el dulce cuando empezó a cuestionarse.
Las horas pasaron y personas sin rostro para Dylan, bajaron y subieron de aquellas escaleras; a cada segundo, su expresión decaía más de lo que ya estaba y ya no estaba seguro de por qué se seguía sintiendo decaído en una vida llena de malas decisiones y estupideces juntas. Suspiró por millonésima vez, cansado.
Iba a pararse cuando un pequeño se le acercó con una gran sonrisa.
“Tu cabello es de zanahoria. ¿Se come?” Vale, que el niño era estúpido y necesitaba ayuda urgente pero en aquel momento le dio gracia y terminó esbozando una sonrisa. Negó, lentamente. “¿Por qué? Mi mamá me ha dicho que las zanahorias del color de tu pelo son las más ricas.”
“Mi cabello no se come” El ángel advirtió, agachándose a la altura del muchacho. “¿Tus papás?” Él se encogió de hombros, sentándose al lado del pelirrojo con los ojos fijos en el cubo Rubik. Vale, todo tendría que estar bien.
“Papá ha mentido a mamá con otra niña, yo lo vi y me llevó a Disney para mantener el secreto” Le dijo, felizmente; Dylan giró la cabeza en su dirección y su mirada se limitó a la tristeza de lo que vendría siendo la futura infancia de aquel infante. ¿Por qué las personas se casaban si se divorciaban a los 5 años?
Decidió no decir nada respecto a aquellos pensamientos, estaba seguro de que ni lo entendería.
“¿Me lo puedes prestar?” Cuestionó el niño con sus manitas extendiéndose al juguete. Vale, que le había dado ternura, ¿el cubo Rubik era apto para mayores de 4 años? No estaba seguro de si dejarlo al alcance de un niño.
“¿Sabes armarlo?” El infante negó al instante, bueno, tal vez podría enseñarle algo útil. “Te enseñaré.”
Dylan pasó 15 minutos enseñándole al niño a armar el cubo, contrario a sus pensamientos entendía muy rápido y sabía ejecutar lo que decía. Podía verlo en 10 años como un potencial talento tirado a la basura a causa del futuro divorcio de sus padres.
Cuando menos lo supo, un señor apareció frente a él y zarandeó al niño de ahí.
“¿Qué crees que estás haciendo, pordiosero?” Lo habían llamado por cosas peores, no iba a derrumbarse por esa ridiculez.
“Fortaleciendo el análisis crítico” Se excusó con lo primero que se le vino a la mente, vale, ni siquiera recordaba con claridad qué era un análisis crítico pero había sonado muy convincente porque el señor le había echado un billete de 20 dólares a los pies.
Y así, padres olvidadizos tiraron billetes a sus pies a causa de sus hijos perdidos con afanes de armar aquel cubo.
Al ver a los niños, creyó un poco en que podía esforzarse por ser mejor y enfrentar aquella situación como debería ser, a no dejarse vencer por algo que parecía ser una nimiedad, no podía quejarse porque le podía haber ido peor o vale, quien sabe, llevaba escasos días como para levantar su guardia, no estaba listo para conformarse por palabras bonitas y actos vacíos, no, no estaba dispuesto a dejarse engatusar, estaba muy seguro de que si lo hacía, sería su perdición. Pero dentro de lo que cabía, al ver a aquellos niños con los dientes más chuecos que él, podía percibir en su ser una nonada de esperanza para no salir corriendo. Claro, era destinada a ser cesante pero aquella gota le dejó terminar el día sin un ataque de pánico.
Ángel, espero que estés pasando un buen rato.
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Hola, ángel.
Romance"Ángel, ¿acaso sabes cómo me rompo mientras caes dormido pensando en aquel que nunca volverá?"
