Ángel, buenos días.
Piernas entrelazadas bajo las sábanas.
Eso es lo que vio Claire cuando entró a la habitación; no sabía qué era aquello, tal vez era Ann por fin en la casa o alguna otra persona de menor interés. Bueno, ese fue el primer pensamiento cuando de repente el cuerpo más pequeño se volteó de espaldas a su señor, arrastrando los brazos de Bradlee hacia él.
Se acercó con curiosidad para ver si sus ojos no la engañaban y si por fin su señor tenía una linda novia a la que querer que no fuese Ann pero al ver a un niño en sus brazos, se vio confundida. ¿Eso era legal?
Oh, era un hombre.
O un niño, sabrá Dios.
El niño era hermoso; tenía las mejillas sonrojadas, las pestañas más largas del mundo tan castañitas que tal vez serían tan apropiadas para dar besitos de mariposa, unos los labios tan delgaditos y rojizos que se preguntó si eran naturales y su cabello rojito, tipo cobrizo y con pizcas de las zanahorias habituales de los pelirrojos. Oh, tenía pequitas en el cuello y en la nariz.
No sabía de qué color eran los ojos de aquel niño pero estaba feliz por su señorito puesto que hacía mucho tiempo que había tenido a alguien con quien compartir la cama, tal vez era una buena señal y él iba a asentar cabeza lejos de su aparente novia. Eso le transmitía felicidad, ver al niño que vio desde pequeño crecer y por fin tener alguien que fuera de su interés.
En cambio, Dylan se removió entre las sábanas y a primera instancia, no reconoció el aroma proveniente del sujeto a su lado por lo que se asustó y trató de escapar pero al tratar de hacerlo, notó inmediatamente el rostro del hombre que había comprado su libertad.
Y recordó todo.
Consideró tirarse del balcón y salir corriendo pero tenía hambre y no podría arriesgarse a morir sin comer algo, de por sí no comía y el último día de su vida tenía la intención de comerse un pollito rostizado.
Así que desechó el pensamiento, sentándose sobre la cama y robándole una almohada a Bradlee para apretarla contra su pecho, lo encontraba algo relajante para sus nervios que en cualquier momento se revelarían. Vale, haciendo una recapitulación, no la había cagado tanto, solo se había puesto a llorar.
A llorar.
Contempló nuevamente tirarse del balcón pero esta vez de cabeza para olvidar todo y librarse de cualquier repercusión que manchar con sus mocos la piel del hombre a su lado. No podía ser tan malo pero, ¿qué podía saber? Lo venía conociendo por un periodo de, ¿14 horas? No podía decir si era una persona buena o mala, así que se sentía con una pierna encima del balcón para tirarse. Estaba entrando en pánico, la iba a cagar nuevamente.
El ángel repasó la habitación a su alrededor, era muy simple y enorme, ¿qué hacía aquel hombre para tener aquel cuarto lleno de lujos? El suelo brillaba de lo pulcro que estaba, la pintura estaba lejos de estar cuarteada, los muebles gritaban dinero y pensó en la posibilidad de robar uno para pagar una de sus tantas deudas, era deshonrado pero no es como si no hubiera robado antes para tratar de salir de la situación en la que se había metido.
Bueno, a él no le podía robar.
No sabía por qué pero la amabilidad de la noche anterior no había quedado sepultada en el olvido, lo había acogido hasta que el llanto se había minimizado en lo posible. Y eso era, bueno, algo lindo; no cualquiera lo hacía, menos con un chico que habían comprado para pasar el rato en medio del aburrimiento.
¿Cuál era su nombre? Ah, sí. Bradlee.
Se inclinó en su dirección para mirarle con atención, vale, de cerca era mucho más guapo.
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Hola, ángel.
Romance"Ángel, ¿acaso sabes cómo me rompo mientras caes dormido pensando en aquel que nunca volverá?"
