Que le preparasen el desayuno era una de las pocas cosas que Sánchez adoraba en la vida. El Ole Au Lait era famoso por ser la mejor cafetería de Santa Mondega para tomarse un desayuno caliente como Dios manda. Mejor todavía, la comida se la servía a uno la deliciosa y joven camarera, Copito. Hoy incluso había tenido la amabilidad de dejar un periódico
junto al plato de Sánchez. Claro que éste sabía que la razón de que lo tratase bien era únicamente que a aquella hora del día —las ocho de la mañana— no había más clientes que él. El resto de la ciudad seguramente estaba durmiendo la resaca; de hecho, Sánchez era uno de los pocos madrugadores que había allí.
—Ya te daré luego una buena propina —le dijo Sánchez a Copito guiñándole un ojo. La dulce morenita le devolvió el guiño, pero no dijo nada y regresó al mostrador, a esperar el siguiente pedido. También hay que decir que Sánchez estaba bastante seguro de que cuando se apartó de la mesa se fue meneando el trasero a propósito para disfrute de él, así que hizo hincapié en quedarse mirándolo, no fuera a ser que dicho esfuerzo no sirviera para nada.
Cuando terminó de mirar a la camarera, se concentró en
Lo que tenía en la mesa. Un café que había llegado diez minutos antes que la comida y que estaba enfriándose rápidamente, un periódico y un plato enorme abarrotado de tocino frito, salchichas, huevos, champiñones gigantes, sésamo y patatas fritas caseras. ¿Por dónde empezar?
Empezó por beber un sorbo de café, y después cogió cuchillo y tenedor y atacó la salchicha que tenía más cerca. La ensartó en el tenedor y le propinó un mordisco gigante en un extremo. «Mmm, deliciosa», pensó.
La primera plana del periódico contenía un artículo más bien aburrido sobre un sacerdote de Santa Mondega que se había visto implicado en no sé qué escándalo de pederastia contra un niño del coro. Una historia demasiado conocida y que no interesaba lo más mínimo a Sánchez. Al igual que muchos periódicos sensacionalistas, éste mostraba en la página 3 de cada edición la foto de una joven núbil. De modo que volvió la página, preparado para alegrarse la vista.
Y cuando así lo hizo, a punto estuvo de atragantarse con la salchicha. Se quedó con la boca abierta, a consecuencia de lo cual se le cayó la comida a medio masticar en la mesa, al lado del plato. En la página 3 del Santa Mondega Universal Times (o SMUT, como preferían llamarlo los que vivían allí) aparecía una foto de Jessica. Completamente vestida, desde luego, pero era Jessica sin duda alguna. Al mirarla más detenidamente vio que en realidad no se trababa de una foto, sino de una foto de un retrato de ella, con un pie que decía lo siguiente:
Desaparecida. Se ofrece una recompensa de quinientos dólares por cualquier información que conduzca a su paradero.
Sánchez, conmocionado, miró a su alrededor con aire suspicaz. Seguía siendo el único cliente presente en el Ole Au Lait, de modo que era casi seguro que nadie había visto cómo se le salía la salchicha de la boca. Aparte de Rick, el chef, que se hallaba detrás del mostrador.
—¿Te encuentras bien, Sánchez? —voceó. El enorme gorro blanco de cocinero le colgaba por delante de la cara, pero aun así guardaba un asombroso parecido con el cocinero sueco de los Teleñecos. Tenía unas cejas grandes y muy pobladas, unos ojillos casi invisibles que parecían cuentas de cristal y un bigote grueso y de color castaño—. ¿Les pasa algo a las salchichas?
—No —respondió Sánchez negando con la cabeza—. Es que me ha parecido que iba a estornudar, nada más. Pero ya se me ha pasado.
—Está bien. —Rick asintió y volvió a centrarse en el periódico que había extendido sobre el mostrador.
Sánchez también volvió a centrarse en su periódico. En la foto, Jessica iba vestida totalmente de negro, lo cual, que él recordara, era el único atuendo que poseía. El breve texto que acompañaba la imagen rogaba a cualquiera que conociese su paradero que se pusiera en contacto con el periódico. No se mencionaba quién había insertado el anuncio ni quién ofrecía la recompensa. No era que Sánchez se sintiera reacio a pillar los quinientos dólares que se ofrecían, pero le interesaba mucho más seguir vivo. Si corría el rumor de que tenía en su poder a Jessica, en coma, escondida en una estancia de la planta de arriba del Tapioca, había muchas posibilidades de que recibiera una visita de Kid Bourbon. Y por nada del mundo deseaba semejante cosa. ¿Podría ser que hubiera sido Kid el que había insertado aquel anuncio? De una cosa sí estaba seguro Sánchez: de que necesitaba saber quién andaba buscando a Jessica, y por qué. Pero no podía correr el riesgo de llamar él mismo al SMUT y con ello dar a conocer que aquella situación había despertado su interés. Con gesto distraído, recogió el trozo de salchicha a medio masticar que había caído en la mesa y volvió a metérselo en la boca para terminar de masticarlo. Después de tragarlo y ayudarlo a bajar con un sorbo de café, se dirigió al cocinero.
—¡Oye, Rick! ¿Te gustaría ganarte una botella de alcohol gratis?
Rick frunció el ceño.
—Si me la tengo que ganar, ya no es gratis. —¿Quieres una puta botella de alcohol o no? —Claro. ¿Qué hay que hacer?
—¿Podrías llamar por mí al SMUT y preguntar quién ha puesto el anuncio de esta persona desaparecida? —Sánchez sostuvo en alto la página 3 del periódico para que la viera el cocinero.
Rick salió de detrás de la barra y cogió el periódico para examinar el anuncio en cuestión.
—No van a decir quién lo ha insertado, es un anuncio confidencial —dijo con un encogimiento de hombros.
—Tiene que haber una manera de averiguarlo.
—Podría ser. Conozco a un amigo de un amigo que trabaja para el SMUT. Supongo que puedo pedirle que indague un poco y lo averigüe, si tan importante es para ti.
—Lo es. Y merece una botella de mi mejor alcohol como premio para ti, si puedes hacerme este favor.
—¿De whisky de Tennessee? —preguntó el chef, esperanzado.
—De lo que quieras —contestó Sánchez en tono solemne. Todo el que lo conociese sabía también que para estar dispuesto a regalar algo que le había costado una pasta gansa, la cosa tenía que ser importante de verdad.
—Trato hecho. Podría llevarme uno o dos días obtener la información, pero te daré un toque en cuanto sepa algo.
—Gracias, Rick, te lo agradezco de verdad —dijo Sánchez, y dio la impresión de decirlo en serio—. Relléname el café, ¿quieres?
El cocinero frunció el ceño.
—¿Por qué no llamas tú mismo al SMUT?
—Porque no quiero que se sepa que tengo interés por esa chica, nada más. Que esto no salga de aquí, ¿vale?
—Vale —respondió el cocinero. Sonrió y luego agregó—: Ya sabes dónde está la jarra de café. Así que rellénatelo tú mismo, cabrón.
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El Ojo de la Luna
Mystery / ThrillerQuiero compartir este maravilloso libro, que es la secuela de "El libro sin nombre". Después de este libro, le siguen "El Cementerio del Diablo" y "El libro de la Muerte". Ya los he leído todos y quiero compartirles este, ya que nadie más lo ha pub...
