Cuarenta y seis

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De la Cruz, como era comprensible, se encontraba en un estado de pánico profundo, entre otras razones, porque seguía sin tener ni idea de dónde diablos se había metido Benson. Nadie lo había visto desde primeras horas de la mañana, cuando salió de la comisaría sin decir a nadie ni una palabra de adonde se dirigía. Y además de aquello estaba el asuntillo de las cosas que estaba oyendo contar del Fawcett Inn, del Tapioca y del Abrevadero. Los tres locales habían recibido una desagradable visita de Kid Bourbon. En cada uno de ellos había tenido lugar una masacre. Sin duda, la siguiente parada de aquel maníaco encapuchado sería la comisaría de policía.
De la Cruz sentía la fuerte tentación de salir huyendo, pero sabía que si hacía tal cosa se quedaría solo y tendría que pasar el resto de sus días vigilando la retaguardia, aguardando a recibir la visita de la Parca. Iba a tener que hacer venir a tantos agentes como le fuera posible y oponer resistencia allí mismo, en el interior del edificio. Su problema principal era que se estaba haciendo tarde y que los únicos polis a quienes gustaba trabajar en el turno de noche eran precisamente los que eran vampiros. Uno de aquellos agentes era el recepcionista pelirrojo, Francis Bloem. Estaba afanándose en encontrar entre los no muertos colegas que estuvieran disponibles para acudir a echar una mano a De la Cruz (y a Benson, si es que por fin asomaba la cara a no mucho tardar).
Sucedía que Bloem estaba volviéndose loco en su puesto, en la recepción. Estaba resultando poco menos que imposible hacer venir a agentes que estuvieran disponibles. Muchos de aquellos con los que había intentado ponerse en contacto ya no contestaban al teléfono móvil ni a los mensajes insertados en las redes policiales. Los motivos no estaban claros del todo, pero existía una alta probabilidad de que muchos de ellos no pudieran responder porque estaban muertos. Bloem, removiéndose nervioso en su silla, pasaba las páginas de su agenda personal de direcciones, una libreta pequeña y de color negro, con la esperanza de obtener algún otro dato de contacto de compañeros, cuando de pronto irrumpió De la Cruz en la recepción. Era evidente que estaba muy asustado; llevaba la elegante camisa roja prácticamente pegada al cuerpo por las manchas de sudor y parecía que se hubiera duchado con la ropa puesta.
—¿Has encontrado algo? —preguntó frenético, sin poder disimular el pánico.
—Las dos únicas personas que han respondido a la llamada son Goose y Kenny, señor. Están de camino a la comisaría —contestó Bloem.
A De la Cruz se le descolgó la mandíbula. ¿Sólo había dos agentes disponibles? Además, se trataba de dos completos holgazanes. Su desilusión quedó del todo patente.
—¿Goose y Kenny? —gimió. —Sí, señor.
—Pues sí que estamos jodidos.
—Voy a seguir intentando contactar con alguno más, señor, pero no contesta nadie. Yo diría que intuyen lo que se avecina y no quieren saber nada. O es que ya están muertos.
De la Cruz frunció el ceño y cogió un papel de tamaño folio que estaba encima del mostrador de Bloem. Contenía una lista escrita a mano de nombres de agentes, y todos tenían una crucecita al lado a excepción de Goose y de Kenny, que tenían un signo de visto bueno. ¿Y si Benson también había decidido escaquearse? ¿Y si lo habían matado? Si las informaciones que se estaban filtrando estaban en lo cierto, Hunter acababa de recibir pasaporte a manos del despiadado Kid Bourbon. Toma inmortalidad. A pesar de lo que habían llegado a creer, el hecho de beber sangre del cáliz dorado no parecía cambiar demasiado las cosas. Si Kid le ponía a uno las manos encima, estaba jodido hiciera lo que hiciese. Aquello no era bueno, no era nada bueno. «Maldito seas, Benson —pensó—. Más te vale que no me hayas dejado tirado, precisamente ahora.»
En aquel preciso instante, Randy Benson estaba ante el mostrador de recepción de la clínica que se encontraba a apenas tres kilómetros de allí. El centro había vuelto a abrirse aquella noche, por orden suya. Tras cerrar las puertas a la hora normal, las cinco de la tarde, los principales miembros de la plantilla fueron obligados a regresar, cortesía de Benson. No es que les hiciera maldita la gracia, pero una urgencia policial justificaba —en realidad exigía— que colaborasen.
Benson tenía un libro en las manos y estaba leyendo una serie de detalles en voz alta a la mujer que estaba sentada tras el mostrador de recepción. La enfermera en cuestión, que se llamaba Jolene Bird, iba anotando los números que leía Benson. La ponía un poco nerviosa estar en presencia de un miembro importante de la policía, y se esforzaba por disimularlo. Con la mano libre, jugueteaba continuamente con su cabello rubio y dorado, y cuando no estaba haciendo eso se ajustaba las gafas, que eran azules y provistas de una montura en forma de ala. Lo que fuera, con tal de tener las manos ocupadas. Ya llevaba veinte años trabajando en la clínica, de modo que era capaz de reconocer una visita seria de un policía nada más verlo. Por lo general dichas visitas estaban relacionadas con un asesinato. Y ésta parecía ser una de dichas ocasiones. El mero hecho de saber que podía cometer un error que pudiera dar lugar a poner en peligro la investigación de un homicidio la ponía sumamente nerviosa.
—¿Trae la orden con usted, señor? —preguntó a Benson estableciendo contacto visual sólo de manera fugaz.
—Claro —sonrió Benson en un intento de tranquilizarla.
Extrajo un papel amarillo del bolsillo delantero de la camisa y se lo entregó por encima del mostrador.
—Estupendo, gracias. —Jolene le sonrió a su vez, muy nerviosa, y tomó la orden. A continuación puso todo su empeño en concentrarse en los puntos principales del escrito para asegurarse de que todo estaba bien, después plegó el papel por la mitad y se lo guardó en un bolsillo de gran tamaño que tenía en la parte frontal de la bata blanca.
—Al parecer, está todo en orden —dijo—. Si tiene la amabilidad de acompañarme, le llevaré al sitio en cuestión y se lo entregaré.
Abrió un armario metálico que tenía a la espalda, buscó en su interior durante unos momentos, seleccionó una llave que acto seguido se guardó en el bolsillo, cerró el armario y se levantó de la silla.
Benson, yendo detrás de la enfermera Bird, atravesó una puerta doble y recorrió un par de pasillos, manteniéndose en todo momento a un metro de ella para poder admirar el culito prieto y pequeño que tenía. Si por una urgencia tuviera que recordar el camino de regreso, sin duda iba a encontrarse en un buen apuro, porque apenas prestó atención a la ruta que le marcaba la enfermera: tenía los ojos fijos en el contoneo de aquellas carnes que se agitaban bajo la bata blanca. Finalmente, después de que la enfermera lo hiciera bajar varios tramos de escalera que llevaban al sótano, y lo condujera hasta una cámara abovedada, cerrada con llave y vigilada por dos corpulentos guardias de seguridad vestidos de uniforme azul, todavía no había sido capaz de distinguir si llevaba ropa interior debajo.
La gigantesca puerta gris de la cámara que tenían delante lucía un letrero que decía lo siguiente: «CÁMARA DE CRIOCONSERVACIÓN.»
—¿Nos permiten entrar, por favor? —pidió la enfermera Bird.
—Por supuesto, Jolene —respondió uno de los guardias. Se dio la vuelta e introdujo un código de seis dígitos en un teclado montado en la pared. A continuación se adelantó Jolene y tecleó otro código propio. Seguidamente, acercó el ojo a un dispositivo lector de retina que se hallaba colocado justo encima del teclado. En éste destelló una luz blanca. El software analizador reconoció debidamente la retina que se le había presentado y la puerta de la cámara emitió un leve zumbido al comenzar a abrirse automáticamente hacia fuera. Fue girando lentamente, y tan sólo se había abierto unos centímetros cuando se detuvo de pronto. Estaba hecha de grueso acero, y la liberación del mecanismo de cierre sólo tenía potencia para empujarla un poco. Uno de los guardias terminó de abrirla y la sostuvo hasta que la hubieron franqueado los dos visitantes. Primero entró Jolene, y después Benson.
—Uf, qué frío hace aquí dentro —comentó el detective. La verdad era que no sentía ningún frío en absoluto, pero las paredes de la cámara, de un blanco intenso, daban una sensación de frialdad. Él tenía una temperatura sanguínea lo bastante baja para que no le molestara el frío, pero como llevaba una camisa de manga corta, le pareció que resultaba apropiado hacer dicho comentario, dadas las circunstancias.
—Sí—sonrió la enfermera Bird—. Por regla general, aquí abajo no tenemos encendida la calefacción. —Se metió la mano en el bolsillo y extrajo el papel amarillo.
En el interior de la cámara de crioconservación había una serie de pasillos muy largos flanqueados por hileras de cajas de depósito numeradas que se extendían desde el suelo hasta el techo. A la izquierda de la puerta, según entraron, había una escalera de mano compuesta por seis peldaños, por si alguien necesitaba ayudarse de ella para alcanzar las cajas colocadas más arriba. La estancia estaba surcada por unos treinta pasillos, cada uno de ellos lo bastante largo y alto para alojar aproximadamente un millar de aquellas pequeñas cajas provistas de una placa metálica en la cara frontal.
Una vez más, la enfermera pasó primero y Benson fue detrás. Recorrieron unos diez pasillos y por fin se detuvieron al principio de uno que llevaba el código 9N86 rotulado en letras negras. Jolene examinó el papel que sostenía en la mano para confirmarse a sí misma que no se había equivocado de zona, y a continuación tomó dicho pasillo y recorrió unos dieciocho metros del mismo. Se detuvo de nuevo al llegar a la caja número 8447, que estaba situada casi a la altura de la cabeza, a mano izquierda.
Entonces sacó del bolsillo de la bata la llave que se había traído de la recepción. A pesar de tener los dedos entumecidos por el frío, logró insertarla limpiamente en la cerradura de la caja, ubicada justo debajo del número. Cuando tuvo la seguridad de haberla introducido lo suficiente, la hizo girar hacia la derecha con toda facilidad y, con gran alivio, oyó a continuación un chasquido.
—Para serle sincera, dudo que hubiéramos necesitado utilizar la llave —dijo al tiempo que abría la pequeña puerta y procedía a sacar la caja—. Es de un tipo sanguíneo de lo más raro. No lo habíamos visto nunca.
Metió la mano en la caja y extrajo un paquete de plástico de tamaño mediano que contenía sangre congelada. Se lo entregó a Benson. Éste lo contempló un momento y sonrió una vez más a la enfermera.
—Bueno, es que Archibald Somers no era precisamente un tipo normal, ¿no? — contestó.

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