Cincuenta y cuatro

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Sánchez estaba bastante cabreado, incluso teniendo en cuenta el cabreo que era habitual en él. Había tenido un día de mierda, con la reaparición de Kid Bourbon y la excursión que había hecho hasta el otro extremo de la ciudad para acudir a la biblioteca. Y encima ahora, después de haber recogido el Tapioca y de haberlo limpiado de arriba abajo, después de haber lavado la sangre de las paredes y de haberle dicho a Sally que podía irse a casa, acababan de entrar cuatro puñeteros clientes.
El rechoncho camarero no estaba de humor para servir a nadie, pero tampoco deseaba que estuviera presente Sally, por si se presentaba algún policía. No había necesidad de que la chica hiciera declaraciones de ningún tipo que pudieran traerle problemas a él. Naturalmente, no había venido ningún poli a tomar declaración, ni huellas dactilares ni nada. Lo que lo tenía cabreado por encima de todo era que estaba deseando disfrutar de un poco de paz y tranquilidad para poder echar un vistazo al Libro de la Muerte. En particular, quería repasar los nombres que aparecían escritos bajo la fecha del día siguiente.
De modo que allí estaba ahora, con el bar más o menos limpio otra vez y con cuatro clientes sentados en cuatro banquetas de la barra. Y además tenían pinta de ser tipos duros. Pero no los duros que se veían normalmente por allí; éstos eran militares, Sánchez los caló en cuanto entraron en el local. Traían unos andares chulescos y una actitud que habrían intimidado a la mayoría de los demás clientes, si es que hubiera alguno. Su presencia bastó para que Sánchez decidiera poner el Libro de la Muerte a buen recaudo debajo de la barra.
Nada más entrar, los militares ya actuaron de forma extraña. Uno de ellos fue directo hacia la barra, mientras que los otros tres se quedaban atrás unos instantes, recorriendo con la mirada los rincones del local; era muy obvio que buscaban algún peligro potencial que pudiera estar acechando en las sombras.
De hecho, Sánchez reconoció a uno de ellos: era un antiguo residente de Santa Mondega, aunque se había ido de allí siendo mucho más joven. Se llamaba Toro y era el líder del grupo. El grupo, si lo hubiera sabido Sánchez, era la Compañía de las Sombras, un equipo de soldados de altas condecoraciones que estaban especializados en llevar a cabo operaciones clandestinas detrás de las líneas enemigas. Sin embargo, en los ratos de bien merecido descanso se los podía contratar para cualquier tarea  dura o de rescate, siempre que el precio fuera el adecuado. Los cuatro eran sumamente leales unos a otros. Y dicha lealtad era la principal razón por la que se encontraban en Santa Mondega. Tenían un trabajo especial que realizar.
Un trabajo por el que no iban a cobrar.
Una misión de venganza, que Toro llevaba muchos años esperando. Y esta noche era la noche.
Los cuatro iban vestidos con guerreras de combate a juego, pantalón negro, cinturón marrón, camiseta negra ajustada, gafas de sol de cristales muy oscuros y botas negras de asalto. Al parecer, ninguno llevaba nada para cubrirse la cabeza. Lo que los distinguía entre sí era la diversidad de estilos del cuello para arriba. Toro llevaba el cabello, de color negro carbón, cortado a lo militar, plano en la coronilla. Tomó asiento al final de la barra mascando un grueso puro cubano.
A su derecha se acomodó Silvinho, un individuo claramente excéntrico. Llevaba casi toda la cabeza rapada al cero, a excepción de un penacho de indio mohawk en el medio, de diez centímetros de alto y color rosa intenso, que ondeaba de proa a popa. Además, lucía un distintivo tatuaje en forma de lágrima bajo el ojo izquierdo y llevaba un fino aro de oro en la aleta derecha de la nariz.
El hombre que se sentó a su lado era Navaja, cuyo corte de pelo al uno aparecía eclipsado por una cicatriz en diagonal que le cruzaba la cara partiendo justo encima del ojo derecho, atravesándole la nariz y terminando en la comisura izquierda de la boca. Se la había hecho muchos años atrás, en una pelea a muerte con un terrorista que blandía una espada de samurai.
El último hombre, el que se sentó más lejos de Toro pero más cerca de Sánchez, que estaba de pie detrás de la barra, era Tex. Con su metro noventa y siete de estatura y su tremenda corpulencia, era un verdadero gigante. Llevaba una melena negra y grasienta que le llegaba al hombro y una perilla que le sobresalía varios centímetros del mentón. Pero aunque Tex era el más grande de los cuatro, resultaba difícil escoger a uno u otro. Silvinho era el más bajo, ya que sólo medía uno ochenta y cinco, aunque contando el penacho de indio llegaba a uno noventa y cinco.
Cada uno de los cuatro soldados tenía una jarra de cerveza delante. Cuando Toro bebía un sorbo de la suya, los otros tres hacían lo mismo. Se notaba a las claras que era él quien marcaba el paso, y los vasos de los demás nunca estaban menos llenos que el suyo. El era el primero en terminarse la bebida, y a continuación se la terminaban los otros miembros del grupo. Todos iban ya por el segundo cigarro del día. Una vez más, cuando Toro prendió el suyo, los otros hicieron lo mismo.
Para disgusto de Sánchez, llevaban más de media hora sin pronunciar palabra. Toro había pedido las cervezas y a continuación los cuatro se habían sentado en silencio, con la vista al frente. Normalmente aquello habría hecho cagarse de miedo a Sánchez, pero dados los sucesos de aquel día, y habiendo sobrevivido a la masacre de Kid Bourbon, ya tenía superado lo de ensuciarse los pantalones en público.
Con el asqueroso tiempo que hacía y siendo Halloween, no había nadie paseando por la calle ni asomando la cabeza por la puerta del Tapioca para ver si éste se encontraba abierto. Es decir, hasta que entró en el local una mujer que no venía acompañada. Tenía los movimientos y la figura de una mujer de veintipocos años, pero el gesto de cansancio que se le apreciaba en la cara sugería que podía tener bastantes más. Tenía una melena castaña que no parecía estar mojada, aunque el resto de su persona aparecía empapada hasta los huesos. Vestía una falda azul oscuro que le tapaba las piernas hasta los tobillos, pero que no había impedido que se le mojaran. Sánchez se fijó en que la sudadera, también azul, tenía una capucha a la espalda; era evidente que se la había echado por la cabeza para no mojarse el pelo pero que había tenido la inteligencia de quitársela antes de entrar en el bar.
Aunque a Sánchez no le gustaba demasiado aquella mujer, que tenía un pasado más bien colorido y una desfiguración en la cara hacía que resultase difícil hablar con ella sin mirársela, decidió darle la bienvenida (en la medida en que él era capaz de lograr que alguien se sintiera bienvenido), simplemente porque estaba empezando a sentirse irritado por aquella ausencia de conversación.
—¿Qué va a ser? —preguntó.
—Zumo de naranja, por favor, Sánchez —respondió la chica.
—Lo siento. El natural se me ha acabado.
—Pues entonces un zumo de piña, por favor.
—También se me ha acabado el natural.
—Oh. Vale, ¿qué refrescos tienes?
—Natural, ninguno.
—¿Agua?
—Por supuesto. Pero sale un poco amarilla.
—En ese caso, paso, gracias. —Tomó asiento en una banqueta al lado de Tex—. ¿Te importa que me quede aquí un rato, hasta que la lluvia amaine un poco?
Los cuatro soldados no le prestaron la menor atención, pero Sánchez le sonrió.
—En absoluto, siempre que cumplas la ley del tabaco.
—No hay problema —contestó ella con otra sonrisa educada—. No fumo.
—Entonces tienes que irte. El Tapioca es un local sólo para fumadores. Está prohibido no fumar.
La mujer recorrió con la mirada a los cuatro hombres que se hallaban sentados a su izquierda. Todos tenían la vista al frente y daban caladas a gruesos cigarros puros.
—¿Lo dices en serio? —preguntó.
—Muy en serio —respondió Sánchez.
—¿De verdad?
—De verdad. Vas a tener que ponerte a fumar, o marcharte.
En eso, Tex se volvió hacia la recién llegada y le echó una nube de humo a la cara. Acto seguido la miró de arriba abajo, luego la miró fijamente a los ojos y le dijo con un fuerte acento sureño:
—Siga el consejo, señora.
La mujer se levantó de la baqueta y se cubrió la cabeza con la capucha. Seguidamente, lanzó una mirada de decepción a Sánchez y salió del bar.
Sánchez vio la oportunidad de aligerar el estado de ánimo con aquellos cuatros clientes.
—Una tía rara, ¿no? —comentó, con la esperanza de provocar alguna reacción en alguno de los militares. Todos lo ignoraron, pero él continuó de todas formas—: Es Beth la Chiflada, así es como la llaman.
Toro, que se encontraba en un extremo de la barra, volvió la cabeza y clavó la mirada en Sánchez. Su intención era la de sugerirle que cerrase el pico, pero el curtido camarero aficionado a servir bebidas de dudoso origen interpretó dicho gesto como una señal de interés y prosiguió con el relato.
Se volvió loca cuando era adolescente, porque su madre no le permitió que se viera con un chico. Una noche de Halloween mató a su madre a sangre fría. Le rebanó el cuello de oreja a oreja.
Silvinho, el del penacho de color rosa, que estaba sentado a continuación de Toro, se volvió hacia Sánchez como si aquella historia hubiera despertado su interés.
—¿De dónde a dónde?
—De oreja a oreja —respondió Sánchez, y se pasó un dedo por la garganta para representar un tajo imaginario que abarcaba desde un oído hasta el otro.
—¿De dónde a dónde?
—De oreja a... ¡Venga, corta el rollo!
Sánchez vio que el penacho rosa del mohawk temblaba levemente, y comprendió que estaba burlándose y riéndose de él para sus adentros. En cambio, aquello consiguió aligerar un poco el ambiente. De la actitud casi propia de un estado de trance que mostraban anteriormente los cuatro militares, pasaron a intercambiarse sonrisitas y miradas de complicidad.
—Termina la puta historia, camarero —exclamó Toro desde el final de la barra. Aquella historia incluía derramamiento de sangre, de manera que no pudieron evitar sentir un poco de interés.
—Pues Beth mató a su madre rajándole el cuello de oreja a oreja.
—¿De dónde a dónde? —corearon los cuatro a la vez.
—Ja, ja. En fin, que la madre no le permitió que aquella noche se viera con aquel chico al final del embarcadero. Y entonces se volvió loca, porque le había prometido al chico en cuestión que acudiría allí a determinada hora, y ciega de rabia mató a su madre. Luego, la muy tonta regresó al embarcadero, y resultó que el chico no estaba. No llegó a presentarse. Entonces la detuvieron y pasó diez años en la cárcel, por asesinato. Desde entonces viene por aquí todas las noches de Halloween y espera al final del embarcadero hasta que finaliza la hora de las brujas, con la esperanza de ver aparecer a aquel chico. Por eso todo el mundo la llama Beth la Chiflada. Supongo que seguramente el chico pensó que estaba loca y se largó. De todas formas, físicamente no está nada mal.
—Yo me la tiraría —anunció Tex.
—Pero esa cicatriz que tiene echa un poco para atrás, ¿no? —apuntó Navaja. Los otros tres miembros de la Compañía de las Sombras guardaron silencio durante unos momentos y después afirmaron con la cabeza.
—Me acuerdo de haber leído esa historia en los periódicos
—dijo Toro como si hablara consigo mismo—. Hoy hace dieciocho años. Fue la misma noche en que asesinaron a mi padre.
Sánchez percibió que el ambiente había vuelto a agriarse. ¡Mierda! ¿Qué podría hacer él para evitar que regresara el horrible e incómodo silencio de antes? Se imponía hacer un comentario ingenioso.
—Pues le rajó el cuello a su madre de oreja a oreja —bromeó, repitiendo el gesto de rebanar.
Pero resultó inoportuno. Los cuatro militares movieron la cabeza negativamente para indicar que aquello ya no tenía gracia. Y después, como si fuera algo programado, todos volvieron a mirar al frente, fríos e inexpresivos cual estatuas.
Pero esta vez, aquel incómodo silencio no duró mucho. Había transcurrido menos de un minuto cuando sonó el móvil de Toro, tan repentino que Sánchez brincó visiblemente, Sin embargo, ninguno le prestó atención. Toro se apresuró a sacarse el móvil del bolsillo del pantalón y contestó al segundo timbrazo.
—Sí, soy Toro... Entendido... Gracias. Luego desconectó el teléfono, volvió a guardárselo en el bolsillo y se levantó de la banqueta.
—Llegó el momento, tíos. Lo tenemos.

El Ojo de la LunaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora