Randy Benson llegó a la comisaría de policía sin albergar la menor duda de que iba a encontrarse un rastro de cadáveres que lo llevaría hasta el sótano. Pero en cambio sólo encontró uno. Francis Bloem (al que le faltaba parte de la cabeza) fue la única víctima con que se topó. La verdad es que nunca le había caído bien aquel tipo. No representaba un problema.
Sin embargo, el rastro de sangre no terminaba en Bloem. Halló una hilera intermitente de salpicaduras que conducía hacia los ascensores situados al fondo. Fue hacia allí con cautela, alerta a cualquier emboscada que pudieran tenderle. El ascensor del centro lo estaba esperando, con las puertas abiertas. Reparó en que las paredes de la cabina estaban cubiertas de sangre y de algo que a todas luces era mierda. Y que olía a mierda. Porque era mierda. Y además reciente.
No sintió necesidad alguna de entrar en aquel pestilente ascensor. «¿Cómo podría llegar hasta el Grial? —caviló—. Kid Bourbon no es idiota. Es muy posible que me tenga preparada una trampa. Pero el que tiene una cuenta pendiente es él. Sabe que estoy aquí. Seguirle la pista hasta el sótano sería una ingenuidad. Lo único que tengo que hacer es esperar.»
Su desarrollado instinto de conservación le había servido bien a lo largo de los años. Había salido ileso de todas las redadas de drogas y de los tiroteos en que había tomado parte, gracias a la costumbre que tenía de quedarse siempre rezagado, y por lo general oculto en algún sitio. Kid Bourbon sabría que había venido a buscar el cáliz de oro, estaba cada vez más convencido de ello. Pero Kid lo quería muerto y probablemente estaría deseando matarlo, de manera que si esperaba lo suficiente, su enemigo vendría a él.
Y estaba en lo cierto. Tras una espera de unos diez segundos, se cerraron las puertas del ascensor destrozado. Momentos después, Benson vio en el indicador que la cabina había llegado al sótano. Se oyó algo de ruido allá abajo, y seguidamente volvió a entrar en acción la maquinaria y el ascensor comenzó a subir de nuevo a la planta baja, donde estaba aguardando él. El pánico y la expectación que lo invadían permitieron que sus colmillos de vampiro crecieran hasta alcanzar su máxima longitud y que su piel comenzara a endurecerse al tiempo que se le abultaban las venas previendo ya el inminente derramamiento de sangre. De modo que esperó, con una pistola automática apuntada a las puertas, preparado y deseoso de que éstas se abrieran.
El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron. Allí, de pie ante él, apareció la figura encapuchada que estaba esperando ver. Como siempre, la capucha le ocultaba buena parte del rostro. El hombre permaneció inmóvil en el centro mismo de la cabina, teniendo a su espalda el espejo casi cubierto totalmente de sangre. Ya se había derramado una gran cantidad de sangre dentro de aquel ascensor, pero no importaba; Benson estaba dispuesto. Se había arrodillado, por si acaso aparecía Kid disparando. Y sucedió exactamente tal como había previsto. «Dios, qué bueno soy», se dijo.
Sosteniendo la pistola a la distancia de un brazo, disparó dos veces primero, y después otras dos más, sin interrupción, al interior del ascensor.
Los cuatro certeros tiros se hundieron en el centro mismo del pecho de su objetivo, provocando una rociada de sangre que incluso llegó a alcanzar a Benson. Éste contempló, con horrible satisfacción, cómo su enemigo encapuchado se derrumbaba en el suelo y chocaba de espaldas contra el espejo de la pared que tenía detrás. Se vio a las claras que, debajo de la capucha, jadeaba en el afán de respirar.
Benson, emocionado, tampoco era capaz de controlar su propia respiración. Se sentía igual que si acabara de correr un kilómetro esprintando. El corazón le latía con fuerza, y estaba experimentando una gran descarga de adrenalina. ¿De verdad había logrado hacer lo que tantos otros habían intentado sin conseguirlo? ¿De verdad había herido fatalmente al personaje más buscado de todo Santa Mondega?
Eufórico, aquel policía corrupto que además era el jefe de los vampiros se acercó cautelosamente a las puertas abiertas del ascensor. En el suelo yacía inmóvil el cuerpo del encapuchado, cubierto de sangre. Tan sólo se le movía el pecho, que subía y bajaba de forma errática porque aún respiraba. Incluso asfixiándose. Benson entró en la cabina y contempló a su agonizante víctima a la vez que apuntaba con la pistola al rostro de la misma, que lo miraba desde debajo de la capucha.
—La verdad es que esperaba que fueras más difícil de abatir—comentó. Su enemigo, aquel Kid Bourbon del que tanto había oído hablar, después de todo era un ser mortal—. Esto ha resultado demasiado fácil. Tu hermanito el retrasado mental, que no dejaba de chillar, ofreció más resistencia que tú. Más que Kid Bourbon eres Kid Batido de Fresa.
Durante un segundo, Benson reflexionó sobre lo que acababa de decir. «La verdad es que esto ha sido demasiado fácil. Aquí está pasando algo. Pero no hay tiempo para averiguar qué es. Así que pega un tiro en la cara a este tío y acaba de una vez.»
¡ZAS!
Algo le cayó encima de la cabeza a Benson. Algo contundente. Que vino de arriba. Y estaba muy caliente. Oyó un siseo, y a continuación, fuera lo que fuese aquello, resbaló y se desplomó en el suelo, a su lado. Era un libro. El libro.
El que no tenía nombre.
Alguien se lo había arrojado encima a través de la trampilla del techo, y el efecto que tuvo fue que se le derritió el cabello. Se llevó una mano a la coronilla para apagar las llamas que le estaban consumiendo el pelo. Seguidamente, al levantar la cabeza para ver de dónde había salido aquel libro, recibió en toda la cara una patada que le propinaron con una bota de cuero negro. Después apareció un individuo vestido totalmente de uniforme de policía que se descolgó por la trampilla y saltó al suelo del ascensor.
Benson estaba atónito. ¿Quién era aquel tipo? Pero antes de que tuviera oportunidad de reaccionar, y mucho menos de averiguarlo, el policía le dio otra patada de lleno en la entrepierna que le hizo doblarse de dolor. Lo siguiente que vio fue que las puertas del ascensor se habían cerrado y que una vez más se movían hacia abajo. Y que todavía le ardía la cabeza. Tenía la misma sensación que si le estuvieran aplastando el cuero cabelludo contra un hierro al rojo vivo del que no pudiera apartarse. Su único consuelo fue que las llamas parecían haberse apagado.
El encapuchado derrumbado en el suelo respiraba todavía, aunque ya no se asfixiaba. Más le preocupaba a Benson la actitud agresiva del policía uniformado que tenía ante sí, dentro del reducido espacio de la cabina. El agente, un joven de veintitantos años y cabello oscuro, vestía un uniforme de policía estándar, de color azul, cubierto de sangre y de heces. Y tenía en la cara la misma expresión que si estuviera a punto de arrancarse a correr para lanzar un penalti. Lo que estaba haciendo en realidad era preparar el pie derecho para propinarle otra patada en los huevos a Benson. Antes de que éste pudiera reaccionar, le atizó un segundo puntapié, con más fuerza, que lo arrojó contra la pared lateral de la cabina. Esta vez perdió el equilibrio, y lo único que impidió que se golpeara el culo contra el suelo fue El libro sin nombre, sobre el que fue a caer sentado.
—¡joder! ¡ay!
Al momento se le prendió fuego en las posaderas. Se incorporó de un salto e intentó apagar las llamas que le estaban quemando el pantalón. Pero su agresor no había terminado aún. Ni mucho menos. Había vuelto a adoptar la postura de chutar un penalti, y antes de que Benson pudiera calmarse le sacudió otra fuerte patada en la entrepierna. Esta vez, el dolor fue más insoportable y sintió que los testículos se le habían trasladado a otra zona, más cerca del estómago. Fatalmente debilitado por el libro, con ganas de vomitar de un momento a otro y totalmente falto de respiración, el vampiro detective se desplomó de bruces a los pies de su agresor.
—¡Mierda! ¡Para ya de una vez, joder! —dijo entre náuseas, intentando con todas sus fuerzas que lo que tenía en el estómago no le subiera a la garganta.
Entonces llegó el momento que más temía. El ascensor se detuvo, y cuando se abrieron las puertas apareció otro hombre. Vestía un pantalón de combate de color oscuro y una camiseta blanca sin mangas, y Benson advirtió que tenía una expresión de profundo cabreo. Había estado aguardando pacientemente en el vestuario a que llegara él, y, sin perder un segundo, lo agarró por lo que le quedaba de la mata de pelo canoso que anteriormente estaba grasiento pero que ahora se veía chamuscado.
Benson, igual que si fuera el cadáver de un animal en un matadero, fue arrastrado por el suelo del vestuario, deslizándose sobre las lisas baldosas de vinilo gris. La escena no difería mucho de la ocasión, todavía reciente, en que él y sus amigotes, entre risas, arrojaron sobre aquellas mismas baldosas a un joven aterrorizado de nombre Casper, mientras se preparaban para hacer una carnicería con él. Benson, arrastrando la cara por el suelo, fue a chocar de frente contra la pared que había metro y medio más adelante.
¡CRAC! El encontronazo contra la pared de hormigón produjo un crujido enfermizo. Benson sintió un temblor en las encías, y luego vio con horror dos incisivos y un chorro de sangre que salían volando por encima de su cabeza. Ay. Aquello sí que dolió. No se pareció al dolor que provocan los dentistas, a no ser que éstos se nieguen a ponerle a uno anestesia, le prendan fuego al pelo y al culo y después le pateen los huevos unas cuantas veces antes de arrancarle los dientes.
Benson buscó las fuerzas necesarias para rodar hacia un costado y conseguir mirar a su agresor. El tipo musculoso de la camiseta sin mangas que lo había sacado a rastras del ascensor y lo había lanzado con tanta violencia por el suelo era el que más miedo le inspiraba de todos. Miró a Benson con un profundo desprecio y le habló despacio y con decisión:
—Cuando éramos pequeños —empezó—, la gente decía que mi hermano y yo nos parecíamos tanto físicamente que nadie diría que éramos de distinto padre. Claro que al hablar era cuando se notaba quién era quién. Mi hermano era lo que se dice una persona simple, un chico inocente y confiado capaz de hacer lo que fuera por los demás, si creía que de aquel modo iba a caerles bien. Mucha gente se aprovechó de eso, y de pequeño yo pasé mucho tiempo velando por él cada vez que un hijoputa le hacía algo.
Calló unos instantes y volvió la vista hacia el cuarto secreto, sumido en sus pensamientos.
—Durante toda mi vida —prosiguió por fin— he tenido que oír llorar a mi hermano cuando alguien se metía con él. Le oía llorar incluso estando a miles de kilómetros, de tan fuerte que era el vínculo que nos unía a los dos. Pero lo que le hiciste tú, jodido pervertido, lo oí segundo a segundo y con toda claridad. Le oí suplicar clemencia, le oí llamarme a gritos, pidiéndome que acudiera a salvarle. Y le oí gemir de dolor, suplicarte a ti y a los hijoputas de tus colegas que lo dejaseis en paz. Y es algo que voy a seguir oyendo durante el resto de mi vida. Lo único que puedo hacer para amortiguarlo es oír los gritos de quienes lo asesinaron, unos pocos aquí y otros pocos allí. Y tú eres el último. De modo que tus gritos van a tener que durar un ratito.
El hombre que se erguía sobre él, vestido con una camiseta sin mangas salpicada de sangre, musculoso, bronceado y tonificado, era Kid Bourbon. Aquello estaba más claro que el agua.
Benson se tragó un cuajaron de sangre junto con varios grumos de vómito que le habían subido a la boca. No quería mirar a Kid a los ojos; estaba probando en sus propias carnes el dolor y el miedo que sus amigos y él habían infligido a su hermano. La verdad era que no sabía hacia dónde mirar, pero cuando se le empezaron a llenar los ojos de lágrimas captó un movimiento dentro del ascensor. El encapuchado al que había metido cuatro balas en el cuerpo, el que había tomado por Kid Bourbon, se había puesto en pie y se había retirado la capucha.
—¿Chip? —susurró Benson, estupefacto, provocando que le cayera un hilo de sangre por la barbilla. Reconoció al miembro más reciente de los Terrores, de una visita que había hecho hacía poco al Abrevadero. Luego miró al policía que acompañaba a Chip, el que le había pateado repetidamente los testículos, pero no le resultó en absoluto una cara familiar, porque Benson no conocía a Dante. Su principal preocupación era el rostro que ahora lo miraba fijamente a él. Aquél sí que lo conocía bien. Lo conocía de sobra.
—¿Déjà-Vu?
—¿Alguna vez has tenido la sensación de haber estado aquí en otra ocasión? — preguntó Kid—. Sólo que en esa ocasión no eras tú el que recibía.
Benson se tragó otra pequeña cantidad de vómito que acababa de subirle a la boca en aquel momento.
—¡Ay, Dios! No fue idea mía, lo juro. Yo intenté ser compasivo.
Kid Bourbon se inclinó sobre su enemigo, que en aquellos momentos era presa del pánico.
—La última vez que me llamó mi hermano oí cómo lo torturabais durante cinco minutos y veinticinco segundos, hasta que por fin murió.
A la derecha de Kid, Benson vio moverse la figura de Peto con sus rastas. Todavía llevaba puesto el largo gabán de Kid, y se lo estaba abriendo como si fuera a quitárselo. De inmediato se hicieron evidentes dos cosas. La primera fue que las cuatro heridas de bala que tenía en el pecho estaban curándose rápidamente, gracias a la piedra azul que le colgaba del cuello. La segunda, y más preocupante para Benson, fue que el forro interior del gabán guardaba una plétora de instrumentos afilados de diversos tamaños y formas.
Peto se acercó a Kid, el cual apartó un momento la mirada de la patética y maltrecha figura de Randy Benson. En el interior del gabán había un arma que Peto había reservado especialmente para aquel momento, una bayoneta estilo M3 con empuñadura de madera. La extrajo del estrecho bolsillo que casi alcanzaba a ocultarla por completo y se volvió hacia su víctima. Aquella hoja sería sólo la primera de las muchas que pensaba utilizar para torturar y finalmente dar muerte a Randy Benson.
Kid Bourbon, con el semblante casi vacío de toda clase de emoción, alargó el brazo y agarró a Benson por el pelo.
—Ese idiota amigo tuyo, Igor, ha cantado y me ha dicho exactamente todo lo que hicisteis. Tengo entendido que la cosa empezó con cortar una mano a la altura de la muñeca.
—¡Eso lo hizo Hunter! ¡No fui yo!
—Como si me importara una mierda.
—Es verdad, lo juro. Yo les rogué a los otros que dejaran en paz al chico. Comprendí que no estaba bien.
—Admite lo que hiciste.
—Yo no hice nada, lo juro. —Benson intentaba escaquearse con todas sus fuerzas, pero no funcionaba. Tan sólo iba a servirle para dejar este mundo sin conservar el menor vestigio de dignidad ni respeto por sí mismo.
—¿Entonces eres inocente?
—¡Sí, sí! Soy inocente, lo juro.
Kid volvió la vista hacia la hoja de la bayoneta y contempló su rostro reflejado en la misma.
—Así que eres inocente, ¿no? ¿Sabes una cosa? Mi hermano también era inocente. Y existen muchas maneras de torturar a un completo inocente en cinco minutos y veinticinco segundos. Vamos a repasarlas juntos. Cuando lleguemos a una que te venga a la memoria de cuando matasteis a mi hermano, me la dices a gritos.
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El Ojo de la Luna
Mystery / ThrillerQuiero compartir este maravilloso libro, que es la secuela de "El libro sin nombre". Después de este libro, le siguen "El Cementerio del Diablo" y "El libro de la Muerte". Ya los he leído todos y quiero compartirles este, ya que nadie más lo ha pub...
