Treinta y cinco

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A Igor todavía le duraba la emoción de la noche anterior, cuando se dio un festín con la sangre del paciente número 43, también conocido como Casper. Ahora, mientras que su compañero de banquete, Pedro, había decidido pasar la tarde con una fulana, él prefirió irse al centro a tomar una copa. Se hacía necesaria una oportunidad para ejercitar sus nuevos músculos inmortales. La primera parada la hizo en el Fawcett Inn, que estaba situado en el mismo centro de la ciudad y era el garito más popular entre los hombres lobo. Mientras que los vampiros se habían apoderado del Abrevadero, los licántropos se habían apropiado del Fawcett Inn.
Cuando llegó, desde fuera, el local le dio la impresión de estar razonablemente tranquilo. La puerta principal estaba abierta, sin duda a causa de la humedad que flotaba en el aire. No era un bar especialmente grande; de hecho, con su decoración similar a la de un pub inglés, parecía más bien una de esas viejas casitas de campo con techo de paja que se ven en el norte de Inglaterra.
Ya dentro, Igor se quedó decepcionado al ver que el Fawcett Inn no estaba nada animado. Tenía la intención de exhibirse un poco, para lo cual le habría gustado que hubiera más público. Pero en las mesas situadas a la izquierda del mostrador no habría más de quince clientes sentados. Tal como solía ocurrir, sólo había un camarero atendiendo la barra, un negro de barba grisácea que se llamaba Royle. Royle hacía también las veces de portero. Era lo bastante corpulento y duro para enfrentarse a cualquier cliente que viniera buscando bronca. En el pasado, uno de dichos clientes era el propio Igor, pero ahora este hombre lobo, que acababa de nombrarse él mismo jefe de todos los licántropos, estaba a punto de poner aquello a prueba.
—Royle, ponme una botella de ese whisky especial. Y que sea por cuenta de la casa —gruñó de forma provocativa. Esperaba que Royle se sintiera ofendido por su arrogancia y lo desafiara a una prueba de fuerza física. Pero, tristemente, quedó desilusionado. Royle hizo caso omiso. Era obvio que ya estaba enterado de que Igor había adquirido un nivel de inmortalidad nuevo, mejorado y superior.
El camarero cogió de debajo de la barra una botella sin abrir de su mejor whisky destilado ilegalmente y la puso encima del mostrador, delante de Igor, junto con un vaso vacío.

—Enhorabuena —le dijo en tono inexpresivo—. Me he enterado de que Pedro y tú habéis matado a un chico disminuido y os habéis bebido su sangre utilizando el Santo Grial.
Igor no estaba de humor para aguantar tonterías de nadie. Había venido vestido para deslumbrar, con una camisa de seda de un blanco radiante desabotonada hasta la mitad para exhibir una abundante mata de vello negro y áspero. Alrededor del cuello llevaba una cadena de oro de la que colgaba un diente de cocodrilo. Y aquel mismo día había salido a comprarse un ceñido pantalón de cuero negro con el que ahora se paseaba todo chulo, un poco al estilo de Tom Jones (o eso esperaba él).
—Pon más cuidado en el tono —rugió en lenguaje arcaico a Royle al tiempo que asía la botella de whisky y la descorchaba—. Eso me ha sonado un poco como si estuvieras riéndote de mí, y si hay algo que ya no pienso aguantar más es el paternalismo, comentarios de mierda, ni de ti ni de nadie que venga a este puto garito.
Había ido elevando el tono de voz conforme hablaba, para tener la seguridad que lo oyeran todos. Y, como no había música puesta, efectivamente lo oyeron todos. Lo cierto es que todas las conversaciones se interrumpieron a fin de demostrar el necesario respeto.
Igor miró en derredor buscando un cliente al que fulminar con la mirada mientras se servía un vaso de whisky, y a continuación se bebió éste de un solo trago. Al parecer, nadie lo estaba mirando, de modo que se sirvió otra vez.
—En esta ciudad hay un sheriff nuevo —exclamó, de nuevo en voz lo bastante alta para que lo oyera todo el mundo. Sabía que todos los presentes estaban pendientes de sus palabras, pero que en aquel preciso instante nadie quería mirarlo a los ojos. Todos tenían la vista fija en su vaso, o en los zapatos.
Al final, irritado por aquella falta de confrontación, Igor giró su gigantesco corpachón para poder mirar de frente a todo el mundo y terminar de exponer su anuncio respecto del nuevo sheriff:
—Y se llama Igor Colmillo. A los hombres lobo ya no se nos considerará ciudadanos de segunda. Y tampoco vamos a seguir aguantando los insultos de los vampiros. Vamos a ser iguales que ellos. —Calló unos instantes para beber un trago y luego continuó—: Los tres primeros que me juren lealtad, aquí y ahora, serán mis lugartenientes. Apuntaos ahora, muchachos, es una ocasión irrepetible para entrar a formar parte del equipo del principal hombre lobo de Santa Mondega. Tendréis mujeres y dinero. Venid, y formaréis parte de un clan que está yendo a más. Un clan de hombres lobo capaz de hacer frente a todos los clanes de vampiros juntos. El clan más fuerte del mundo. —Dio un paso hacia las mesas y agitó un puño en el aire—. ¿Y bien? ¿Quién está conmigo?
Durante unos instantes de silencio los hombres lobo presentes en el local asimilaron lo que Igor acababa de decir. Los aproximadamente quince varones jóvenes que estaban sentados a las mesas intercambiaron miradas nerviosas, cada uno esperando a que otro dijera algo. Por fin, un valiente que iba vestido con una camisa de tela vaquera se levantó de una mesa cercana y dio unos pasos hacia Igor. Era el más atrevido de todos, en efecto, un hombre lobo joven y desaliñado que tenía el cabello pelirrojo, tupido y revuelto, y que respondía al nombre de Ronnie. Deseaba avanzar rápidamente en la vida, y si ello implicaba arriesgarse y demostrar que era más valiente que los demás, pues a la mierda, eso era lo que estaba dispuesto a hacer.
—Acepta mi juramento de lealtad, Igor —declaró en tono solemne—. ¿Qué dispones para mí? —Por lo visto, el lenguaje arcaico se estaba imponiendo.
Igor lo miró de arriba abajo y asintió con un gesto de aprobación. Aquel chaval tenía huevos.
—¿Que qué dispongo para ti? Fácil. Para empezar, quiero tener un socio que me acompañe a beber. Royle, dame otra botella de whisky especial. Por cuenta de la casa.
Royle miró con rencor a Igor sin que éste se diera cuenta, pero después puso los ojos en blanco al ver que se levantaban otros dos individuos desaliñados de la misma mesa que Ronnie. Éstos se apresuraron a situarse al lado de su amigo. Ninguno de ellos era tan valiente como él, de manera que, para no jugársela, se quedaron como a medio metro o así de distancia. Los tres miraron de frente a Igor, que en aquel momento estaba recostado contra la barra hinchado como un pavo real.
—¡Mejor, que sean dos whiskies más! —bramó el corpulento hombre lobo sin molestarse en darse la vuelta para mirar a Royle.
—Muy bien —masculló el camarero con una sonrisa sarcástica—. Voy a la trastienda, a buscar otro par de botellas. —Y desapareció por la puerta abierta que había en la parte de atrás de la barra.
Igor miró largamente a sus tres nuevos lugartenientes para pasarles revista. No era que tuvieran una complexión lo que se dice fuerte, ninguno de ellos, pero no cabía duda de que se sentían orgullosos de ser hombres lobo, porque los tres lucían abundante vello facial, un signo de orgullo en un lobo.
—Bien, ¿y cómo os llamáis? —les preguntó.
El primero que se había levantado, Ronnie, que todavía estaba ligeramente delante de los otros dos, dio un paso atrás y pisó en el pie a uno de sus compañeros.
—¿Sabes una cosa? —dijo—. He cambiado de opinión.
—Sí, yo también —dijeron los otros dos al unísono, y también retrocedieron un paso. Los tres habían palidecido y miraban con los ojos muy abiertos la barra que tenía detrás Igor. Al nuevo y autoproclamado jefe de los hombres lobo, el instinto le avisó de que los chicos estaban un tanto nerviosos, quizás incluso se sentían intimidados porque temían que estuviera pensando en dar ejemplo con uno de ellos. Pero luego entró en acción su sexto sentido. «Aquí está pasando algo raro.»
—¿Qué ocurre? —preguntó, limpiándose la nariz con la mano e inspeccionándose luego los dedos—. ¿Tengo un moco colgando, o algo así?
Los tres jóvenes licántropos negaron con la cabeza, todos a la vez. Algo habían visto detrás de Igor que exigía una retirada en toda regla. El rumor que afirmaba que Igor había matado al hermano de Kid Bourbon estaba demostrando ser cierto. Porque detrás de Igor vieron una cosa que habían esperado no ver. Era la figura de un hombre que se irguió detrás de la barra, con el rostro oculto por la sombra de la capucha que lo cubría.
Aquella siniestra figura extendió las manos, enfundadas en unos guantes negros y bastante separadas la una de la otra, con los puños cerrados. Enrollado en cada una de dichas manos y estirado entre ambas se distinguía el brillo plateado de un alambre.
Para cuando los instintos de Igor tomaron las riendas de la situación y le advirtieron de que estaba en un apuro, el alambre ya se le había enroscado con fuerza alrededor del cuello. Un segundo después, el encapuchado lo subió a la barra de un tirón y lo hizo caer por el otro lado de la misma. Igor, pataleando falto de aire, desapareció de la vista de los demás.
El Fawcett Inn se vació de clientes en menos de cinco segundos. Nadie tenía la intención de quedarse en aquel local a ver el desenlace del incidente. Ya habían visto más de lo que querían.
Kid había vuelto. Y ni siquiera había empezado aún a beber.

El Ojo de la LunaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora