Cuando Dante llegó al Abrevadero la segunda noche para estar con las Sombras, sintió alivio al ver que Obediencia y Fritz ya estaban en la barra. Llevaba puestas las gafas envolventes, marca de fábrica, que le habían entregado la noche anterior, y esta vez venía vestido sólo con unos vaqueros y una sudadera negra, con la esperanza de que ellos le proveyeran de uno de aquellos estilosos chalecos de cuero negro que los distinguían como miembros de su clan particular.
Aquella noche el local estaba bastante tranquilo, por lo menos en comparación con la noche anterior, pero así y todo no logró llegar hasta la barra sin tropezarse con nadie. Sin embargo, esta vez, al parecer no fue culpa suya; uno de los rastafaris blancos apareció de la nada y se chocó contra su hombro.
—¡Epa! Perdona, tío —dijo Dante de forma instintiva.
El rastafari era un individuo más bien bajito que iba vestido con un atuendo negro tipo karate. Las rastas le colgaban a la misma altura todo alrededor de la cabeza y le ocultaban la mayor parte de la cara.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó a Dante medio susurrando.
—Tomarme una copa con mis amigos —respondió Dante mirando al otro con expresión confusa. ¿Qué esperaba aquel tipo que dijera? Estaba en un puto bar, por Dios. ¿Qué otra cosa iba a estar haciendo allí?
Nervioso ante la posibilidad de que lo pillaran hablando con un miembro de otro clan, le dio la espalda al rastafari y prosiguió su camino en dirección a la barra, donde veía que lo aguardaban Obediencia y Fritz. Pero no pudo evitar pensar que le sonaba la voz de aquel tío. De todas formas, no merecía la pena perder el tiempo con ello; en aquel momento tenía cosas más importantes de que preocuparse, como intentar dar con Peto, el monje de Hubal. Y continuar vivo.
El propietario del Abrevadero, Dino, estaba sentado en un extremo de la barra vestido con un elegante traje azul y tomándose una copa de vino tinto, mientras le hacían el trabajo dos jóvenes camareras de pantalones negros y camisetas blancas como la nieve. Una de ellas se encontraba detrás de la barra secando vasos, y la otra estaba limpiando una mesa del rincón del fondo. No habría más de treinta clientes repartidos por el bar, la mayoría de ellos hablando en voz baja. Esta noche todo el mundo iba vestido más o menos con normalidad. No había payasos ni indios maoríes. Y, según podía ver Dante, tampoco tíos disfrazados de mujeres.
—Eh, tíos, ¿qué tal va la cosa? —saludó cuando llegó a donde estaban Obediencia y Fritz.
—¿Qué quería Chip? —inquinó Obediencia en tono un tanto suspicaz. —¿Quién?
—Ese rastafari con el que acabas de hablar.
—Ah, ése. Quería convencerme de que entrara en su clan.
—No me digas —dijo Obediencia—. ¿Aunque no lleves rastas como todos ellos?
—Sí —contestó Dante poniendo cara de sorpresa—. Qué imbécil. —Se dio prisa en cambiar de tema—. Bueno, ¿a alguien le apetece una cervecita?
A pesar de las preguntas inquietantes que le formularon acerca de Chip, los dos miembros de las Sombras parecían estar contentos de verlo, lo cual era un buen comienzo. Dante recordó vagamente que la noche anterior todo había ido bastante bien. Por lo visto había encajado en el grupo, de modo que, a no ser que hubiera malinterpretado la situación por culpa de una ingesta excesiva de alcohol, todo marchaba sobre ruedas.
Respondiendo a su oferta, Obediencia habló en nombre del otro vampiro y de él:
—La verdad es que estábamos a punto de ir al centro a buscar un poco de carne joven —dijo.
—¿Carne joven?
—Sí, pensábamos ir a un club de striptease del centro a beneficiarnos un par de putas para la cena. ¿Te apuntas?
Aquello no era en absoluto lo que tenía pensado Dante. Ni se acercaba. Una cosa era ser capaz de mezclarse con los vampiros gracias al suero que le habían inyectado en el torrente sanguíneo, pero si esperaban que sacara un par de colmillos y se los hincara a una prostituta en el cuello para beberse la sangre... en fin, iban a quedar pero que muy decepcionados. Y él iba a quedar pero que muy muerto.
—Esto... no sé, tíos. Me duele un poco el estómago. Me parece que voy a quedarme aquí y a tomarme unas cervezas. De todas formas, gracias por preguntarme.
—¡Tonterías! —chillo Fritz— ¡Te vienes con nosotros! ¡Tenemos a una persona que quierre conocerte!
—Ah, ¿si?¿quién?
—¡El jefe! Vanidad, el líder de las sombras, quierre conocerte para hablarr de tu iniciación para entrarr en el clan!
El bar entero guardó silencio de pronto, porque resultaba imposible no haber oído lo que acababa de decir Fritz. Los treinta clientes esperaron a ver qué contestaba Dante, y como Las Psíquicas estaban en el descanso, ni siquiera había ruido de fondo que distrajera al personal.
—Ah, vale. Muy bien —respondió Dante—. Pero paso de la cena.
—¿No tienes hambre, con las horas que son ya? —Era evidente que Obediencia estaba desconcertado.
—No, antes de salir de casa tomé comida china —respondió Dante frotándose el estómago.
—Aaah —dijeron al unísono Obediencia y Fritz. Los dos también habían sufrido dolor de tripas en otras ocasiones por darse un festín con chinos. Tenían buen sabor, pero le destrozaban a uno el sistema digestivo.
—¿Y dónde están los demás? —preguntó Dante cambiando de tema con sumo tacto.
—¡NO TE PRREOCUPES POR ELLOS! —bramó Fritz—. ¡ESTA NOCHE TENEMOS A PECHUGONA Y CORNAMENTA!
Señaló a dos vampiresas que justo en aquel momento regresaban del baño que había al fondo del bar. Una era una morena bastante despampanante, dotada de unos pechos enormes que llevaba estrujados dentro de una minúscula camiseta blanca. «A ver si lo adivino —pensó Dante—, ésa tiene que ser Pechugona.» Su amiga era una rubia rechoncha y poco atractiva que lucía una nariz gigantesca y tenía un ojo mucho más grande que el otro. «Cornamenta», se dijo Dante. Las dos atrajeron varias miradas de admiración mientras regresaban a la barra contoneándose con sus minifaldas.
—Hola, Fritz, ¿éste es Dante? —preguntó Pechugona nada más llegar.
—SÍ, ÉSTE ES EL JOVEN QUE CONOCIMOS ANOCHE. VAMOS A LLEVARRLO A VER A NUESTRRO LÍDER. ¿OS APUNTÁIS?
—Claro —dijo Pechugona observando a Dante como si fuera un trozo de carne—. Hola, Dante, yo soy Pechugona. Me llaman así porque tengo un escotazo genial. ¿O es que no te has fijado?
Dante no se había fijado en casi nada más. Estaba mirándole fijamente los pechos como si éstos lo tuvieran hipnotizado.
—Menudos melones —dijo en voz alta en vez de mentalmente.
—¿Perdona?
—Me alegro mucho de conocerte. —Dante le estrechó la mano y por fin estableció contacto visual.
Pechugona le contestó con una sonrisa. Estaba acostumbrada a que la gente se pasara la noche hablando de sus tetas, así que le sorprendió agradablemente que alguien se dignase siquiera levantar la vista—. Ésta es mi amiga Cornamenta —dijo indicando a su horrorosa compañera.
Dante también le estrechó la mano a Cornamenta, la cual le devolvió una sonrisa enseñando todas las encías.
—A mí me llaman Cornamenta porque me pongo en el pelo cantidades industriales de espuma para que se me quede así —explicó al tiempo que se tocaba el gigantesco cardado rubio, que daba la impresión de sostenerse en su sitio gracias a un kilo de cola resistente al agua.
—¡Ja, ja! Sí, exacto —río Dante. Cornamenta puso cara de no entender, y Dante se dio cuenta de inmediato de que no debería haberse reído de ella. Resultó que la chica no bromeaba.
—¿Qué es lo que tiene tanta gracia? —preguntó.
—Encantado de conocerte. Tienes un pelo fantástico. —Dante le ofreció su sonrisa más cautivadora.
—Oh, gracias —respondió ella sonriendo con afectación. El cumplido consiguió el efecto deseado: borrarle de la memoria la metedura de pata anterior.
Durante todos aquellos saludos y presentaciones, tío Les, el mayor de los dos gorilas de la puerta, se había acercado hasta el grupo. Esta noche llevaba unos vaqueros azules y un chaleco sin mangas también vaquero, con una camiseta blanca debajo. Exhibía un montón de abultados músculos y unos abdominales en forma de tableta de chocolate que quedaban moldeados por la delgada camiseta. Necesitaba afeitarse, pero nadie se dio prisa en mencionárselo.
—A ver, si no vais a tomar nada, tendré que pediros que os marchéis —dijo en tono severo.
—La verdad es que ya nos íbamos —replicó Obediencia—. Nos vamos al local de Vanidad. Si aparecen Silencio o Déjà-Vu, ¿podrías decirles dónde estamos?
—A lo mejor.
—Gracias. —Obediencia se volvió hacia los otros—. Venga, vámonos de aquí antes de que la cosa se ponga fea. Tío Les echó una ojeada a Cornamenta.
—Ya es un poco tarde para eso, ¿no? —bromeó. Por suerte, Cornamenta tenía la piel muy curtida, y estaba tan segura de su atractivo que aquel comentario despectivo no la rozó siquiera.
El grupo se encaminó hacia la salida del Abrevadero, con Fritz a la cabeza, y enfiló la tranquila calle que llevaba a La Ciénaga, un club de striptease cuyo propietario era Vanidad. Dante se puso al lado de Obediencia.
—Imagino que ese portero será un gilipollas del uno, ¿a que sí? —aventuró.
—Sí, pero es un tío peligroso de verdad. No conviene meterse con él, fíate de lo que te digo —respondió el vampiro. —¿Sí?
—Ya lo creo. Es un tipo duro.
—Pero no al estilo de Wade Garrett, ¿no?
—¿Quién coño es Wade Garrett? Dante sacudió la cabeza con disgusto.
—No importa.
—Bueno, quizá deberían contratar a ese tal Garrett en este local. No nos vendría mal un tipo que echara a todos esos putos hombres lobo.
—¿No te gustan los hombres lobo? Se hizo obvio que Obediencia se sorprendió de que Dante se lo preguntara siquiera.
—¡Joder, claro que no! ¿Y a ti?
—No.
—Bien. Esos cabrones peludos y apestosos deberían quedarse en su parte de la ciudad. Lo último que necesitamos en el Abrevadero son tíos como MC Pedro, que intentó violar a Las Psíquicas. Fue una puta pesadilla.
Dante continuó andando al final de la fila, con Obediencia. Resultaba irritante que a cada pregunta que hacía el otro le contestara con algo que al parecer cualquier vampiro que se preciara de serlo debía saber de sobra. ¿Cómo diablos iba a hacer para averiguar algo acerca del Ojo de la Luna o de Peto, o para recoger información sobre los clanes, sin dar la impresión de ser imbécil? O, peor todavía, un impostor.
En fin, lo más probable era que no hubiera manera de preguntar sin parecer idiota. Y dado que él no era normalmente de los que se preocupan por parecer idiotas, siguió preguntando.
—Dime una cosa, Obediencia, ¿tienes idea de dónde está actualmente el Ojo de la Luna?
—¿Cómo?
—El Ojo de la Luna. Ya sabes, esa piedra azul que...
—Ya te he oído. —Obediencia se paró en seco y agarró a Dante por el brazo para retenerlo hasta que los demás vampiros estuvieron lo bastante lejos para no oír lo que decía—. Que Vanidad no te oiga preguntar esas cosas. De hecho, procura que no te oiga nadie. Si vas por ahí diciendo eso, acabarás muerto más deprisa que con una cruz de plata. Aquí no se habla de esa piedra, no trae más que desgracias. Y si te pones a preguntar por ella, la gente pensará que la tienes tú o que tienes alguna pista de dónde está. Y eso no es nada bueno.
—Mierda, tío, lo siento mucho. No lo sabía.
—No te preocupes. —Obediencia reanudó la marcha—. Pero no hagas más preguntas, colega. Nunca. Yo te he introducido en el clan, y si me dejas en ridículo me joderán vivo. Cuando Vanidad te pregunte algo, sé educado y da respuestas cortas. Tú no preguntes nada. Limítate a lo simple y él te iniciará para entrar en el clan. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Lo mío es la simplicidad. Obediencia volvió a pararse y se quitó las gafas. Dejó ver unos ojos muy hundidos y de color castaño oscuro.
—Dante, tío, esta noche te veo inquieto. Ayer estabas tranquilo, pero ahora estás hecho un manojo de nervios. ¿Se puede saber qué cojones te ocurre?
—Pues... verás, es que todavía no he bebido nada, y quiero causarle una buena impresión al tal Vanidad. Supongo que estoy un poco nervioso. Nada que no se pueda curar con unos cuantos tequilas.
—Exacto. No te preocupes —dijo Obediencia—. Antes vamos a hacer una paradita en La Dama Pintada a echar unos tragos. Así podrás hacerme todas las preguntas que quieras y desahogarte. Te diré lo que no debes decir cuando conozcas a Vanidad, y mientras tanto los dos repostamos un poco. ¿Qué te parece?
—¡Sí! Me parece genial, tío. La Dama Pintada, ese local no me suena de nada.
—Es un garito subterráneo. Tienen de todo: alcohol, drogas, juego, strippers y tatuajes.
—¿Tatuajes?
—Sí, por el día es una tienda de tatuajes, y por eso se llama La Dama Pintada. ¿Qué te parece si te haces un tatuaje molón en el brazo? Sé que Vanidad tiene en La Ciénaga uno de nuestros chalecos esperándote; sería un poco grosero por tu parte no llevar un poco de tinta en el brazo que exhibir cuando te lo pongas.
—Genial. Siempre he tenido ganas de hacerme un tatuaje. —Dante ya se estaba imaginando sorprendiendo a Kacy con el nombre de ella tatuado en el brazo. Le iba a encantar. Puede que incluso la animara un poco.
Pero lo que sucedió en realidad cuando llegaron a La Dama Pintada no habría gustado a Kacy en absoluto. Dante y Obediencia se quedaron demasiado rato. Bebieron de más. Probaron unas cuantas drogas y estuvieron viendo el espectáculo de striptease.
Y cuando hubieron terminado con todo aquello, Dante, en su estado alcoholizado, cometió un terrible error de cálculo.
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El Ojo de la Luna
Mystery / ThrillerQuiero compartir este maravilloso libro, que es la secuela de "El libro sin nombre". Después de este libro, le siguen "El Cementerio del Diablo" y "El libro de la Muerte". Ya los he leído todos y quiero compartirles este, ya que nadie más lo ha pub...
