Cuarenta y tres

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Cuando Hunter llegó al Abrevadero se encontró con que la enorme puerta de madera de la entrada se hallaba cerrada por dentro. Echó una ojeada por una de las altas y estrechas ventanas de cristales oscuros y vio que el local estaba hasta arriba de gente. «Qué raro», pensó.
Se inclinó hacia el marco de una de dichas ventanas y tocó en el cristal para intentar llamar la atención de la persona que estuviera más cerca al otro lado del mismo. La primera persona en que posó la mirada fue el payaso más temido de todo Santa Mondega: Reuben. Aquel chupasangre de peluca verde, semblante pálido y sonrisa ancha se encontraba de pie junto a un grupo de payasos. Hunter no lo sabía, pero estaban urdiendo un plan para vengarse de las Sombras por el malentendido que había tenido lugar la noche anterior en La Ciénaga. Más allá del grupo de payasos, el resto de la clientela del bar parecía estar pendiente de la actuación de Las Psíquicas, que estaban interpretando en el escenario un moderno número que combinaba música y baile.
Reuben oyó, por encima del ruido de la música, los golpecitos que daba Hunter en el cristal y se volvió de inmediato para ver de qué se trataba. Su cara maquillada se quedó mirando un instante al Cerdo Mugriento que estaba en la ventana y lo saludó con una inclinación de cabeza y una enorme sonrisa pintada que ocultó convenientemente la expresión de desprecio que había debajo. Hunter hizo un gesto con la cabeza y con la mano señalando la puerta, con el que pretendía indicar a Reuben que le dejase entrar. Como respuesta, el payaso se limitó a mirarlo fijamente de nuevo y le enseñó el dedo.
—¡Cuando consiga entrar ahí dentro, no te va a parecer tan gracioso, monstruo de circo! —chilló Hunter a través del cristal. Pero, para mayor fastidio, el payaso se volvió y le dio la espalda—. Jodido cabrón.
En aquel momento llegó a la entrada otro de los clientes habituales del Abrevadero. Había salido de las sombras y se había situado junto a Hunter sin hacer nada de ruido. Era Silencio. Llevaba la prenda obligatoria que constituía el distintivo de las Sombras, el chaleco de cuero negro sin mangas, pero sin camiseta debajo, y también unos vaqueros azules y unas botas negras y relucientes que terminaban en punta. Contempló al Cerdo Mugriento a través de sus gafas de sol.
—¿Qué pasa, tío? —inquirió Silencio en voz apagada—. ¿Qué problema hay con la puerta?
Hunter no recordaba la última vez que había oído hablar a Silencio, y le causó una ligera sorpresa que aquel vampiro habitualmente tan callado decidiera soltar unas cuantas palabras valiosas para dirigirse a él. Pero no dedicó mucho tiempo a reflexionar sobre aquel punto; lo prioritario era entrar en el Abrevadero.
—No sé. Pero voy a arreglarlo enseguida —contestó por fin, al tiempo que introducía una mano en el interior de la chaqueta marrón de paño que llevaba puesta. Extrajo un teléfono móvil del bolsillo. Era el que le había dado De la Cruz, el que antes había pertenecido a Casper—. Voy a llamar a Dino. El nos dejará entrar.
Silencio echó una mirada al teléfono que sostenía Hunter en la mano y en el que estaba tecleando el número del Abrevadero.
—Un teléfono muy chulo. ¿Dónde lo has comprado? —le preguntó.
—¿Desde cuándo te has vuelto tan hablador? —replicó Hunter. Cuando terminó de marcar el número, pulsó la tecla de llamar y se acercó el teléfono al oído. Sonó un par de veces antes de que contestaran. Entonces se oyó la voz de Dino.
—Abrevadero.
—Hola, Dino, soy Hunter. Déjanos pasar, hombre. —¿Cuántos sois?
—Sólo estamos Silencio y yo.
—Un momento.
Dino colgó al otro extremo de la línea, de modo que Hunter volvió a guardarse el móvil en el bolsillo y se puso a esperar impaciente frente a la puerta, en compañía de Silencio. El callado vampiro se quitó las gafas de sol y ambos hombres se miraron fijamente el uno al otro mientras aguardaban. A Hunter no le caía bien Silencio, y no deseaba malgastar esfuerzos en conversar con un individuo que era famoso por contar con escasas habilidades sociales. Por desgracia, Dino estaba tardando mucho en acercarse a la puerta, y aquel incómodo mutismo comenzó a irritar al detective.
—Bueno, ¿y qué es exactamente lo que te pasa en la voz? Por eso no hablas mucho, ¿no es así? Porque al hablar te duele, o algo parecido.
Silencio afirmó con la cabeza.
—Sí, al hablar me duele.
—Ya —dijo Hunter, asintiendo—. Da la impresión de que te has tragado un cubo de arena.
Silencio se metió la mano en el bolsillo.
—Eh, ¿qué estás haciendo? —preguntó Hunter en tono agresivo. Hablaba como si estuviera nervioso. El hecho de tener que esperar tanto le estaba volviendo paranoico. Un sentimiento, pensó, que no debería tener ahora que era más poderoso que ningún otro vampiro.
Pero Silencio se limitó a sacar un paquete de tabaco del bolsillo interior y ofrecérselo a él.
—¿Fumas?
—Sí, sí, gracias. —Hunter alargó la mano y cogió un cigarrillo que se colocó entre los labios—. ¿Tienes fuego?
Silencio asintió, y con la mano que tenía libre rebuscó una vez más en el bolsillo. Esta vez sacó un encendedor Zippo. Lo sostuvo en alto, abrió la tapa y accionó la rueda para prender
una llama. Hunter se inclinó hacia ésta y aspiró del cigarrillo. Una vez que éste se encendió, Silencio volvió a guardarse el mechero.
—¿Tú no vas a fumar? —inquirió Hunter.
Silencio se acercó el paquete de tabaco a la boca y extrajo un cigarrillo con los dientes. A continuación se guardó el paquete en el bolsillo y dio una profunda calada al cigarro, que se encendió solo.
—¡Vaya! —exclamó Hunter, impresionado—. ¿Cómo has hecho eso?
—Me lo enseñó un amigo.
De pronto se oyó un fuerte chirrido. Los cerrojos que había al otro lado de la puerta se descorrieron hacia un lado y la hoja se abrió lentamente. Jericho, el gorila que llevaba el arnés en la pierna, se asomó por la rendija y observó a los dos vampiros con cautela.
—¿Sólo estáis vosotros dos?
—Sí —respondió Hunter al tiempo que empujaba la puerta y se colaba al interior dejando al portero a un lado. Silencio hizo lo mismo, no sin antes dar las gracias a Jericho con una inclinación de cabeza.
Para cuando el gorila volvió a echar los cerrojos, Hunter ya se había abierto camino hasta la barra. Los demás vampiros, por lo visto, captaron la nueva aura que lo envolvía y se dividieron para dejarle espacio. Silencio fue detrás de él.
—¡Dino, ponme una cerveza! —gritó Hunter al propietario del local, que estaba echando una mano a sus empleados.
—¿Qué? —Con el ruido que armaba el grupo musical, a Dino le costaba oír. Las Psíquicas estaban interpretando un éxito de los Kaiser Chiefs, «Preveo un motín», y en aquel momento estaban cantando el estribillo a pleno pulmón.
—¡UNA CERVEZA! —chilló Hunter. Dino negó con la cabeza y se llevó una mano al oído. Aún estaba ocupado en llenarle la copa a uno del clan de los Terrores, situado también en la barra, un poco más adelante. El rastafari vigilaba al camarero con ojos de halcón para cerciorarse de que no le escatimara la bebida. Dino (a diferencia de Sánchez) no era dado a cabrear a sus clientes, pero en aquel momento lo rodeaban demasiadas distracciones para entender con claridad lo que le gritaba Hunter.
—¡UNA PUTA CERVEZA! —vociferó Hunter una vez más. Pero no sirvió de nada, Dino no le oía. Se imponía recurrir a otro método, y por suerte Hunter descubrió que tenía a Fritz a su espalda. El alemán estaba con su colega Obediencia y el nuevo miembro del clan, Dante, el cual Hunter veía con toda claridad que ni siquiera era un vampiro. Obediencia lo tenía fuertemente asido por el brazo y parecía estar sujetándolo. Silencio se sumó a ellos. A Hunter le dio la sensación de que todos estaban agitados por alguna cosa; sin embargo, no sintió interés por lo que pudieran estar haciendo. Lo único que deseaba era llamar la atención de Fritz.
—¡Eh, Fritz! Échame una mano, ¿quieres? Pídeme una cerveza —le chilló al alemán.
—¡CÓMO NO! —chilló Fritz a su vez—. DINO, PONLE UNA PUTA CERRVEZA A ESE TÍO, ¿QUIERRES?
Cosa sorprendente, a pesar del alarido que lanzó el alemán, éste tampoco surtió efecto. Dino continuó ajeno a todo. Era necesario buscar otra manera. Hunter extrajo la pistola que llevaba bajo la chaqueta, guardada en la sobaquera; apuntó al techo y apretó el gatillo.
¡BANG!
El estampido fue ensordecedor, y vino seguido de una lluvia de cascotes de yeso y gran cantidad de polvillo blanco que se desprendieron del techo. Encima de Hunter quedaron flotando grandes volutas de humo de color azul. Se hizo un silencio sepulcral. Las Psíquicas dejaron de tocar «Preveo un motín». Lo único que se oyó fue el eco del disparo, reverberando todavía en los oídos de todos los presentes.
—Vosotras, ¿por qué no hacéis un puto descanso? —chilló Hunter en tono agresivo a las chicas del grupo, que estaban tan estupefactas como todos los demás.
Aquella noche eran seis. Mandina, la vocalista principal, llevaba un minivestido de color morado, y los demás integrantes de aquel grupo casi enteramente femenino, dos guitarristas, otra a la batería, el varón regordete que tocaba la tuba y la bailarina, iban todos vestidos nada más que con escuetos conjuntos de ropa interior negra. Resultaban atrayentes a la vista (a excepción quizá del que tocaba la tuba), de modo que la mayor parte del público siguió disfrutando de ellos aun sin oír la música. Ahora que ya no tocaban ninguna melodía a todo trapo y que el bar estaba totalmente en silencio, Hunter podía ya pedir su cerveza. Así que se volvió hacia la barra.
—Por cierto, ponme una cerveza, Dino.
Dino cogió un vaso de la parte de atrás y empezó a tirar una cerveza para Hunter. En el hombro de la chaqueta del traje tenía un trozo de yeso del techo. Se daba cuenta de que Hunter estaba nervioso de verdad, y dado que aquel Cerdo Mugriento ya había sacado la pistola y la había utilizado una vez, lo mejor que le convenía hacer era tenerlo contento. Al fin y al cabo, Hunter era un tipo refinado y mafioso, a pesar de que la pinta de desastrado que tenía causara la impresión contraria. Llevaba el cabello cuidadosamente peinado como siempre, y daba la impresión de que se lo había arreglado con el secador hacía poco. Con el grueso jersey marrón que llevaba debajo de la chaqueta de paño parecía recién salido de la serie de televisión The Cosby Show. Pero resultaba innegable que era un tipo peligroso.
Como ahora el local se hallaba sumido en un profundo silencio y todo el mundo había dejado de hablar, Hunter se dio cuenta de que era la ocasión perfecta para llamar por teléfono a aquel «hermano mayor». Así que nuevamente extrajo el móvil del bolsillo y recorrió los menús para encontrar el número en cuestión. Cuando dio con él, ladró una última orden de recordatorio a los demás clientes del bar.
—¡Escuchadme todos! Que todo el mundo aguante un minuto más bien calladito, ¿estamos? Tengo que hacer una llamada importante. Así que, si no os importa, hacedme el favor de cerrar la puta boca durante un ratito más, mientras llamo a una persona de la que seguramente todos habéis oído hablar. —Paseó la mirada por su público, que en el mejor de los casos fingía interés por lo que estaba diciendo—. Sí, amigos, tengo el número de teléfono de Kid Bourbon. Y voy a llamarlo ahora mismo, así que a callar todo el mundo.
Se llevó el índice de la mano izquierda a los labios para hacer más énfasis y usó el pulgar de la derecha para apretar la tecla de llamar.
Divertido al ver que el local entero le prestaba total atención, se acercó el móvil a la oreja y esperó a oír el timbre de llamada. Este empezó a sonar pasados unos tres segundos. Medio segundo después, el silencio que reinaba en el bar se vio interrumpido por el timbre de otro teléfono.
El teléfono de un individuo que se encontraba a apenas un metro de Hunter.

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