Igor estacionó la furgoneta bicolor azul y verde justo delante de la comisaría de policía. Era tarde y las aceras estaban prácticamente desiertas, y dado que la mayoría de las personas que andaban por la calle a aquellas horas eran delincuentes, aquél era el último sitio por el que iban a pasearse. Tras echar una rápida ojeada calle arriba y calle abajo, Igor y su compañero se encaminaron hacia la doble puerta de la parte posterior de la furgoneta. Pedro la abrió con cuidado. Experimentaron un gran alivio al ver que el paciente que se habían traído del hospital Doctor Moland seguía estando allí, inmóvil. Sin duda, aún no había recuperado la conciencia tras el golpe en la cabeza que recibió en el hospital, mientras aún estaba dormido. Y la verdad era que tampoco parecía un tipo amenazante. Iba vestido con un pantalón de chándal azul oscuro y un fino jersey de punto azul y con mangas rojas, la misma ropa que llevaba puesta cuando lo atraparon.
Igor lo sacó a rastras tirando de los pies y se lo cargó al hombro. Pedro se encargó de cerrar las puertas y echar la llave mientras el fornido hombre lobo, con el prisionero a cuestas, subía los escalones de la entrada de la comisaría y trasponía las puertas de cristal para dirigirse a la recepción. Después de cerciorarse de que la furgoneta quedara bien cerrada, él también se encaminó hacia el edificio mirando a uno y otro lado por si alguien se había fijado en ellos.
Habían logrado sorprender al dormido paciente de la habitación 43 del hospital, y después de que Igor lo hubiera golpeado violentamente en la nuca con la fuerza suficiente para inducirlo a un tipo de sueño distinto, Pedro le había cubierto la cabeza con un saco. Todo resultó demasiado fácil. De la Cruz les había advertido que aquel individuo podía ser sumamente peligroso, lo cual era posible que aún fuera cierto, pero lo habían pillado desprevenido y se había dejado capturar sin oponer la menor resistencia.
Como estaban en plena noche, tras el mostrador de recepción había un único agente. Se llamaba Francis Bloem y era un policía de veintimuchos años, pelirrojo, precavido y fiel a las normas. Reconoció a los dos hombres lobo, y no lo perturbó lo más mínimo el hecho de verlos transportando un cuerpo.
—¿Ése es el paquete que habéis recogido del hospital? —preguntó indicando con la cabeza la figura encapuchada.
—A lo mejor —repuso Igor—. ¿Te importa que entremos?
—Que os den —contestó el agente.
Mientras Igor cruzaba la recepción con el bulto al hombro camino de los ascensores situados al fondo, MC Pedro se detuvo y fulminó con la mirada al agente Bloem. A continuación le lanzó uno de sus inútiles raps.
—¿Quién va a dar a quién? Yo sí que te voy a dar a ti, ¿me pillas, chaval?
Bloem permaneció en su sitio con una expresión interrogante en la cara, sin saber muy bien cómo reaccionar, y para cuando comprendió que el rap de Pedro no tenía sentido alguno los dos hombres lobo ya estaban metiéndose en el ascensor para bajar al vestuario que había en el sótano. Sacudió la cabeza en un gesto negativo y seguidamente llamó al capitán De la Cruz pulsando el botón de marcación rápida de la centralita. El capitán respondió al primer timbrazo.
—De la Cruz.
—Hola, soy Francis, de recepción. Esos dos perros que envió a hacerle un recado acaban de volver con un cuerpo para usted. En este momento están bajando.
—Gracias. —De la Cruz colgó.
En el vestuario, De la Cruz, Benson y Hunter aguardaban emocionados a que llegara el ascensor. Por fin se abrieron las puertas con un zumbido y de la cabina salió volando el cuerpo del paciente número 43. Era obvio que Igor se había cansado de cargar con él, y lo había arrojado directamente hacia los tres agentes que esperaban en medio de la estancia. El cautivo, con la cabeza tapada por el saco, emitió un gemido amortiguado, lo cual indicaba que había recuperado el conocimiento.
Pedro e Igor, que todavía parecían una desigual pareja de allanadores con aquel atuendo negro de la cabeza a los pies, salieron del ascensor y se plantaron con gesto triunfal junto a su prisionero. Ya sin los pasamontañas, cada cual lucía el típico revoltillo capilar que sigue a una noche de insomnio. Pedro tenía el pelo como si lo hubiera copiado de un personaje del Lego, lo cual resultaba bastante infortunado porque su piel, en sus mejores momentos, tenía un tono amarillo más bien desagradable. Y éste no era uno de sus mejores momentos. Sin darse cuenta de que al quitarse el pasamontañas parecía el tonto del pueblo, se plantó con las manos en las caderas y una sonrisa de satisfacción en la cara. Su robusto compañero permaneció con los brazos a los costados y luciendo una sonrisa de memo llena de dientes, en la que dominaba un colmillo especialmente desarrollado que tenía en la mandíbula superior.
—Aquí está —rugió Igor señalando la figura encapuchada que estaba en el suelo —. Es el tipo que buscaban. El paciente sin nombre de la habitación 43 del hospital.
De la Cruz dio un paso al frente y asió la tela del saco que continuaba atado a la cabeza del cautivo.
—Así que éste es el hijo de Ishmael Taos —dijo con una sonrisa satisfecha—. Por fin nos conocemos. Creías que no íbamos a dar contigo, escondiéndote en un manicomio y fingiendo estar chiflado, ¿eh? Pues te equivocabas, colega. —Propinó al encapuchado un puntapié en la espalda, lo cual provocó otro gemido ahogado—. Benson, trae aquí el cáliz. Vamos a ver a qué sabe la sangre de nuestro amigo.
La entrada oculta que había en la parte posterior de las duchas ya se hallaba abierta y dejaba ver la estancia secreta que había detrás. Benson, tan penosamente vestido como siempre, casi entero de color marrón, dio un brinco sobre los tacones de sus botas negras y puntiagudas y se fue flotando por el aire hacia la mesa de madera que contenía la estancia. Cuando llegó a ella, se posó con gracia en el suelo y tomó el cáliz dorado que descansaba en dicha mesa, al lado del libro de Somers. Seguidamente, como si ya estuviera aburrido de desplazarse flotando, regresó a pie y le entregó la copa a De la Cruz. El tercer agente, el tal Hunter, que parecía una comadreja, se apostó al lado de Benson, deseoso de ver qué iba a ocurrir.
De la Cruz, con el cáliz en la mano, se arrodilló, desató la cuerda que tenía el cautivo enrollada al cuello y le retiró el saco de la cabeza. Entonces quedó al descubierto el rostro aterrorizado de un hombre que tendría unos veintimuchos años, pero que conservaba un aire de ingenuidad gracias a su cara de niño y al cabello oscuro y despeinado. Respiraba de forma errática, como si la conmoción que le había causado el secuestro fuera a provocarle un ataque de pánico, y tenía los ojos como platos, incapaces de ocultar el miedo que sin duda alguna lo tenía atenazado.
Si hubiera necesitado otro incentivo más que incrementara su terror, se lo proporcionó De la Cruz cuando comenzó a transformarse en una criatura de la noche. Su rostro palideció y se adelgazó hasta convertirse en el de un vampiro despiadado y sediento de sangre, y las uñas de sus dedos pasaron a ser garras afiladas como cuchillas. En ambas mandíbulas le crecieron colmillos largos y puntiagudos que obligaron a los labios a adoptar una mueca obscena que era la parodia de una sonrisa. Por espacio de unos instantes permaneció tal cual, un impecable vampiro vestido con una elegante camisa azul oscuro y vaqueros planchados, listo para empezar a matar. Cuando ya estaba lamiéndose los labios y disponiéndose para asesinar a la aterrorizada víctima que tenía ante sí, Pedro se adelantó enfadado.
—¡Eh! Teníamos un trato, De la Cruz —rugió.
—Por supuesto que sí —siseó a su vez el detective—. Y tengo la intención de cumplirlo. Los dos lo habéis hecho muy bien, y, tal como hemos acordado, seréis los primeros en beber la sangre.
Entretanto, Hunter había observado atentamente al prisionero, que no tardaría en ser el objeto de aquel festín. A diferencia de los otros, él estaba estudiando el rostro del cautivo.
—¿Estás seguro de que no nos hemos equivocado de persona? —preguntó—. A mí, este imbécil no me parece que sea tan duro.
Alarmado de pronto, De la Cruz se volvió hacia Benson.
—¿Qué opinas tú? —le preguntó.
—Permite que examine los retratos hechos a mano —contestó el otro.
Fue flotando hasta el libro que tenían a su espalda, en la mesa, lo abrió y escogió una serie de bosquejos realizados en papel basto que habían sido doblados y guardados entre las páginas. Eran dibujos que había recopilado Archie Somers con los años, hechos a mano por personas que afirmaban haber visto a Kid Bourbon y haber sobrevivido. La mayoría de ellos se basaban en realidad en descripciones proporcionadas por Sánchez García, de modo que no se podía considerar que fueran muy fiables, y tampoco serían admisibles como pruebas auténticas. Examinó atentamente los dibujos levantando la vista de tanto en tanto para compararlos con el rostro distorsionado por el pánico del prisionero, que lo miraba a su vez con la esperanza de que aquel policía desaliñado lo descartara. Benson vio el miedo pintado en sus ojos.
—Opino que es él —dijo con una sonrisita—. Vamos a ver a qué sabe su sangre inmortal. Así lo sabremos con seguridad.
—¡Por favor! ¡No! No... por favor —suplicó el aterrorizado joven buscando la mirada de odio de De la Cruz.
Pero ya era demasiado tarde. De la Cruz se volvió hacia Hunter y asintió con un gesto. Hunter introdujo la mano en la chaqueta y extrajo un machete con empuñadura de hueso que tenía una hoja de casi sesenta centímetros de largo y tremendamente afilada. Lo levantó por encima de la cabeza y acto seguido lo descargó sobre las manos atadas de la víctima. Su semblante llevaba escrito por todas partes el deseo irreprimible de derramar sangre en el momento en que contempló cómo se hundía la hoja en la muñeca izquierda del prisionero. La mano seccionada cayó al suelo salpicando sangre en todas direcciones, entre los alaridos de dolor de la víctima.
De la Cruz tomó el miembro amputado y lo sostuvo en alto sobre el cáliz de oro, procurando recoger hasta la última gota de sangre, sin hacer caso de los chillidos de su dueño, que ya se había vuelto medio loco a causa del dolor y del pánico. Cuando hubo terminado, se incorporó y pasó la copa casi llena a Pedro, el cual la aceptó ansioso e inmediatamente bebió un generoso trago de su contenido. En cuanto aquel líquido agridulce y con gusto a cobre le resbaló por la garganta y empezó a entrarle en las venas, notó la sensación de poder que lo iba invadiendo. Fue un momento digno de ser paladeado, y tanto se dejó llevar por aquel placer que apenas se percató de que Hunter y Benson habían comenzado a transformarse en vampiros. Ambos miraban con avidez la sangre que brotaba del brazo del paciente número 43, anhelando participar en la acción.
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El Ojo de la Luna
Mystery / ThrillerQuiero compartir este maravilloso libro, que es la secuela de "El libro sin nombre". Después de este libro, le siguen "El Cementerio del Diablo" y "El libro de la Muerte". Ya los he leído todos y quiero compartirles este, ya que nadie más lo ha pub...
