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6. Xavier.

2019

Horo. Bendita preparatoria Horo.

Aquella institución no era solo una de las más conocidas - por diversas y no muy buenas razones, - sino que era también, una de las más privadas y alejadas de todo. La institución recibía solo a las personas que alcanzaran sus estándares o que pudieran costearse los pagos de la misma. Áreas amplias y verdes; salones bien equipados, escritorios hechos y barnizados como si la misma naturaleza lo hubiera permitido; libros con el peso de una pluma o del cemento; uniformes completamente envidiables, elaborados con finos hilos tanto para damas como para caballeros. A simple vista, podría ser el lugar perfecto para cualquier estudiante de intercambio que solo quisiera cambiar de ambientes además de tener que conservar sus buenas calificaciones, era el lugar perfecto para quienes solo planeaban liarse con alguien o muchos, el lugar perfecto y lo bastante grande como para esconder secretos de esa magnitud.

Las clases para los del primer ingreso, ya iban bastante avanzadas, tanto a nivel académico como a nivel social entre los mismos estudiantes. Se podían ver ya las parejas, los tríos, los grupos de cinco, aquellos interesados en los clubes, aquellos otros deportistas y las personas que solo preferían estar solas o las que eran empujadas a estar solas. Era como todo otra escuela, con el privilegio de estar a la distancia de todo y aun así, aparecer en la mente de todas las personas.

¿Qué existía allá detrás de las paredes de ese lugar? ¿Qué gritos se han quedado suspendidos en la fría piedra que rodeaba todo el campus?

Existen numerosos publicados de cosas que han pasado en Horo, cosas que los padres y patrocinadores de esta preparatoria, se han encargado de esconder bajo el barro, se ha escuchado de personas que han sido enterradas mucho antes de anunciarlas muertas. Y aun con todo, el lugar seguía y seguirá intacto, porque es el único establecimiento capaz de subir los infiernos a los cielos de todo aquel pueblo.

Otio era única, tan especial que el mismo invierno se quedaba dormido en sus alturas, tan peculiar que aunque metros afuera, el cielo estuviera despejado, ahí, en sus grises y verdosas columnas y bóvedas, reinaba un manto oscuro.

El sol no quería cruzar por ahí.

El sol no se percató de algo... ¿Quién era aquella cuyas zapatillas de charol, estaban siendo manchadas por el lodo?





Detrás de la ventana, vio pasar un rayo anunciando una tormenta.

Era la mejor temporada de todas, al menos lo era para él. Con la lluvia suicidándose sobre su piel, nada se podía escuchar, nada podía ser por tanto tiempo, y el juego de las escondidas tardaba mucho, lo necesario para cambiar su escondite y reír sobre los charcos.

—Pasa esto, por favor, — el suave pero firme tono de voz de una chica de ojos azules a su compañera de cabello castaño, se escuchó entre las últimas dos filas del salón, acompañando sus palabras con gestos para que las siguientes personas supieran qué hacer.

La emisora sabía que el profesor la había visto, pero también sabía que no abriría su bocota contra ella o contra el resto que seguía la cadenita de aquel pequeño papel blanco.

—Toma, pásaselo a aquel chico.

—¿Qué? — Un muchacho, uno que siempre se dormía en clases, se le quedó viendo a la otra con confusión y asombro. Lo había despertado tras unas palmadas en su brazo y ahora le pedía aquello.

—¡Ahora! — Demandó la rubia.

Con ojos dormilones y el cabello por todas partes, el tercero en cadena hizo lo mismo con la cuarta persona hasta que el papel llegó a su destino.

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