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La primera vez que Yves la había visto, fue justo después de levantarse de la grama en la que había estado recostado, allí sobre el verde manto que se extendía a las mismas largas que el propio cielo; a mitad de sus clases, donde debería de estar. 

El resto del grupo sí que habían sido un montón de imbéciles.

En lugar de adivinar que Yves iba a quedarse ahí, se marcharon a lo suyo, unos a sus clases, otros a sus casas y quizá un último por ahí, jugando a ser el estúpido del pueblo. Bien pudieron haberse quedado con él, en el silencio de sus respiraciones y la marihuana que quemaba entre sus dedos.

¿Quién querría estudiar cuando el dinero ya está al alcance de todo y añadido de eso, estás diagnosticado con ansiedad y psicopatía? Yves no iba a desperdiciar su capacidad en una vida ordinaria. Quería más, él siempre quería más. Lo quería todo, de todos, sin importar qué o quién, sin importar que todo eso tuviera consecuencias rojas en el camino.

Ese día, recordaba que todo estaba fresco luego de una hora entera de lluvia, la misma que trajo consigo, a una chica en una bicicleta rojo cereza.

La había visto y seguido en corta distancia, pero solo eso, y verle en un par de ángulos bastó para hacerle saber lo que había encontrado, lo que le había encantado y lo que quería de ahora en unos días. El siguiente paso sería volver a encontrarla y ahí, preguntar por todo, como cualquier persona normal haría.

Pero aquella chica, no era una persona normal.

No, con su largo y lustroso cabello que ondeaba como si el mismo cabalgara solo por el viento. No, con una piel tan bien pulida que casi podía verse uno que otro lunar o peca. No, con unos labios que las mismas fresas envidiaban a suaves susurros con las rosas más rojas.

No, con unos ojos tan verdes como aquellos.


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La segunda vez en la que pareció que la vida estaba jugando sus propias cartas a favor de alguien, o bien solo por diversión, fue cuando se encontraba con su mejor amigo Trevor, justo después de haberse desesperado por no haberla encontrado nunca más... hasta ese instante. 

Los puestos de flores pintando de derecha a izquierda, no había hecho más que adornar lo que sus ojos estaban viendo por una inesperada segunda vez, donde la vio inclinarse a olor unas lilas o alguna especie cuyo nombre no sabría ni por más que se lo repitieran, los ojos de aquella estaban ahora en tintas grises, seguramente por lo que sus ojos estaban viendo con tanta atención.

Una escena que se prestaba para solo acercarse a ella y comenzar la conversación, el plan para tenerla, el plan para tenerlo todo de ella, aunque fuera lo mínimo. De no ser porque su mejor amigo se puso de malas en cuestión de segundos, como si algo le hubiese golpeado o afectado específicamente cuando él, Yves, se había fijado en lo que estuvo esperando por largo tiempo, ahora, justo frente a él, a nos siete o nueve metros de distancia, quizá trece, pero ¿Quién contaba la distancia cuando lo que quería con tantas ansias, estaba parada en la misma línea de tiempo que él? 

Sus ojos la escanearon muy bien, cada mechón, cada centímetro de dulce piel, cada sonrisa que dio y todo lo que recordaba desde la primera vez, porque la recordaba muy bien, lo que no era usual en él, siempre prefería olvidar, pero esta vez, las cosas se pintaban distintas, casi mejor de lo que creyó o soñó la noche del mismo día donde la encontró por primera vez.

A la chica, a esa chica, la que tenía y debía ser suya.


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