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—Quiero hacerlo por diversión, quiero hacerlo de nuevo.

—No tengo tiempo para tus juegos, Yves.

—No es un juego, y eso lo sabes muy bien, lo que me parece raro es que actúes de esta forma. Como si pudieras lanzar piedras sin culpa.

Hacía mucho que lo perdió todo y no se creía capaz de recuperarlo, no después de todo lo que hizo, no después de todo lo que ha hecho en cuerpos de otros. Escuchar a Yves decir que quería esa clase de diversión, hizo que algo dentro de él, burbujeara de furia.

—Estás loco, ambos lo estamos.

—Dios nos hace y nosotros nos juntamos ¿No?

—Ya han pasado dos años desde que hicimos aquello, Yves, no estés de broma en querer repetirlo.

—Pues porque ha pasado mucho tiempo es que quiero volver a hacerlo, pero ahora, solo tú y yo, sin ninguno de los otros. Ese es el arte de ser perfectos desconocidos en este pequeño y olvidado pueblo, entre más aislados estamos, menor será el dolor, menor la pena, menor el recuerdo.

De los seis, solo ellos dos habían mantenido contacto constante, pero siempre discreto. Ninguno se había escrito o llamado con los demás, no después de aquella noche, no después de que nadie pudo localizarla ella, no después de que ninguno, supo qué más hacer después de lo que cometieron. 

Yves era un idiota.

Y el único que lo ha estado en cada una de sus estupideces o saltos de impulsividad, ha sido él. A veces, no dejaba de pensar en cuán posible era la posibilidad de que Yves se haya convertido en su peor enemigo, antes de que su amigo. Siempre era lo mismo, y el estar aquí, solo le indicaba que así sería para siempre.

Yves y él.

—Te conozco, — susurró Yves, caminando entre los puestos de flores que perfumaban todo el lugar. — Sé que te molesta ver una piel tan limpia que te dispones a mancharla, a despellejarla y comerla, sé que sigues sin poder controlarte, sé que tu psiquiatra se rendió, — se detuvo a tocar el terciopelo de unas flores que estaban a su alcance, — y sé que sigues sin poder olvidar a esa chica. 

El frío y el cielo nublado de aquel jueves, se calaban hasta en los más huesos más duros, incluso en los del más alto que pronto, se hundió en un sentimiento genuino de confusión y perplejidad. Sus ojos suspendidos en el horizonte, encontraron un tesoro. La pequeña figura de una muchacha que se desfilaba como un pétalo arrancado por los vientos. 

El sonido de una suave risa, provocó que todos sus nervios temblaran y se volvieran agua a sus pies. Con nubes rosadas perfilando su fino rostro, acunando las gemas que llevaba por ojos, columpiando los rubíes que se deshacían en sus labios. La vio. 

No podía ser. No podía ser ella.

Por más que intentara parar las vueltas en su cabeza, por más que su interior intentara borrar toda mancha que venía de su interior, nada cesó; y no pudo dejar de mirar a aquella extraña con un rostro familiar. Entonces, la película de sus más bellos pero rasguñados recuerdos, pulsó como si tuvieran vida. Recuerdos que él mismo hirió, emociones que él mismo hizo sangrar. 

—¿Q-quién es ella?

Todo lo ocurrido antes de aquella noche, revivió en él con tan solo observar lo que apenas el viento y las flores le permitían. No pudo moverse y tampoco intentó hacerlo; en ese conjunto de incontrolables segundos, las palabras de Dan la noche en la que vio cómo todo se teñía de negro, vinieron a él como bofetadas y lo trajeron de regreso al tiempo después de ese evento, a la realidad en la que él mismo se adentró y de la que robó. La única verdad que debería ser tomada, y no la que se inventaron todos después de lo que hicieron.

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