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Esa misma noche, su cama lucía pequeña ante su congoja, su habitación lo estaba sofocando y sudaba como si el aire hubiese olvidado entrar ahí por él. Sentía todo su cuerpo pesar, escuchaba a su interior crujir de un hambre que él no sabía cómo saciar y ninguna de las píldoras que había tomado lo habían ayudado a alejarse de aquel carnaval que saltaba y bailaba sobre sus costillas. 

El recuerdo había entrado y se apoderó de su cabeza.

Era como si el color de su piel siguiera vivo. 

Era como si el dolor de un segundo cuerpo, también fuera el suyo.

Profanado, tropelía de su propio tacto.

Era como si hubiese sido ayer.

Era como si los gritos que estaba escuchando, lo atravesaran como un hierro caliente y cortaran todo lazo entre sus nervios provocando que cayera sobre sus rodillas, obligándolo a cubrir sus oídos del insoportable sonido que venía de cada extremo, que venía de detrás de las cortinas, por debajo del polvo y sobre sus pestañas. 

Sus ojos estaban cerrados con tal fuerza como si deseara que se salieran de sus cuencas, y para cuando los abrió, todo empeoró. 

Se sentó de golpe sobre su sucia y empapada cama y miró en dirección a sus brazos, si es que seguían siendo sus brazos. Se levantó del pavor y tropezó contra algo que estaba tirado en el suelo anulado de luz. 

¿Qué era aquello? 

Al igual que sus brazos, sus pies estaban cubiertos de pintura roja, la misma maldita pintura que había visto caer del cielo aquella mañana, solo que estaba vez, no era pintura, sino más bien sangre. 

Reconoció el olor de aquella sangre por las incontables veces que ha tenido esa pesadilla. Solo que hoy no era una pesadilla, tan poco un efecto de las pastillas. Lo que estaba viendo, era real. 

Al pie de su cama, sobre una sábana empolvada y húmeda de sangre, estaba el último cuerpo que sus manos habían tocado y en la sábana se escribía: «Hay un asesino en Horo». 



༻♱༺



—Te ves de la mierda. 

—No me había fijado, — respondió Xavier de vuelta a Luca que caminaba a su lado hacia la entrada de la preparatoria. —Gracias por decirme. 

—Para esos están los amigos. — Dijo burlándose pero en un tono serio. 

¿Amigos? Xavier no sabía si ese era el término que usaría con alguien como Luca. Ambos se habían conocido ahí en la escuela, y por ya largos meses, habían entablado un tipo de relación agradable, ciertamente cercana, pero nada que pudiera decirle a Xavier que puede confiar en él, y él mismo estaba seguro de que Luca pensaba lo mismo, pero con ánimos opuestos. 

—¿Crees que ya hayan quitado la manta con aquel mensaje escrito en rojo? 

¿Para qué querría saberlo? Xavier apretó las correas de su mochila e hizo un ademán de indiferencia con sus hombros. No le importa si la puta manta seguía o no ahí, lo único que le importaba era que nada parecido a lo de ayer, volviera a molestarle tanto como lo hizo.

Y la recordó. La imagen en su habitación. 

Los hombros le pesaron y se sacudió ante la sensación como si deseara que Luca no lo fuera a ver. 

—Mi madre se alteró al ver las fotografías, — continuó Luca. —Al parecer alguien publicó fotografías del mensaje en rojo y de algunos uniformes  arruinados por la pintura, — rió antes de continuar, —quien haya sido, hizo un trabajo muy inútil en tratar de cubrir el logo de Horo con figuras animadas, mamá lo supo de inmediato, y mucho antes de que la preparatoria mandara un enunciado. 

SeisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora