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Un incierto calor comenzó a ocupar el espacio vacío a su lado dentro de la cabina telefónica a la que se había detenido a pensar en voz alta. El interlocutor le devolvía leves respuestas a sus largos suspiros y a la forma en la ella enterraba sus uñas en las palmas de sus manos, tan solo esperando que el filo de estas pudieran hacer el trabajo por ella, aquello que ella ha querido por un largo rato. 

Ya había pasado un mes, un mes en ese lugar escondido, un mes donde su sangre se sintió más tórrida que nunca antes. Un mes lejos de aquel interlocutor. 

—Pronto. 

—¿Por cuánto más? 

—Pronto. 

Pronto, pronto, pronto... esa palabra podría significar muchas cosas, pronto podría ser hoy mismo y pronto también podría ser en un largo, largo tiempo. Una parte de ella, una muy endeble, quería irse de ahí, terminar con todo de la forma más fácil y rápida y esconder sus huellas entre el barro de aquellas calles que murmuraban algo, pero lo callaban todo. 

Si cerraba los ojos una sola vez más, se volvería loca, sabía que ese simple y cotidiano acto del ser humano, podría causar en ella un efecto miedo irremediable del que no podría regresar ni despertar, con un desespero por acabar con todo como si eso le fuera a devolver algo a cambio. Se sentía como una niña que ya nunca pudo cambiarse a sus vestidos favoritos, porque había un monstruo en su armario. Una pequeña que ya no pudo salir al patio a jugar porque alguien ensuciaría sus más preciados juguetes. 

«Si parpadeo y lo pierdo, siento que será mi culpa».

—Me gustas vestida de rojo. 

Sus ojos se abrieron en el columpio de aquellas palabras, en el aliento que estas le devolvieron tan pronto su interlocutor se las regaló. 

Y antes de que ella pudiera decir algo, el sonido de desconexión le regresó el ritmo a su corazón. 

Paciencia. 



Luna había caminado sin una dirección en sus manos, solo con una cabeza amotinada de pensamientos y con el frío recostándose en la piel de su rostro. Lamía las pocas pero escandalosas gotas de sangre que brotaron de sus labios de tanto que los mordió y dejó que ese familiar sabor, re entrara, pintara y acalorara un poco sus mejillas. 

Había salido sin su teléfono, no sabía qué hora podría ser ni cuánto tiempo llevara caminando, pero el acaramelado cielo derritiéndose sobre su cabeza, le dio una idea a su primera pregunta, ahora era cuestión de ver dónde se encontraba. 

—¿Luna?

El cabello suelto de la dueña de aquel nombre, se giró en dirección a donde veía aquel sonido destilando sus letras. Justo a sus espaldas, en medio de la estrecha calle por donde había andado, entre el olor de la tierra suelta y los árboles bailando en sus alturas, la vio. No esperaba encontrarse con nadie, y mucho menos con...

—Lula.

—Eh, hola, hola — repitió intentando morder su nerviosismo. — ¿Q-qué haces por aquí?

—Oh, solo estaba de pasada. — Sonrió, re acomodando los mechos de cabello que habían actuado como una cortina. —Aún no conozco muy bien Yorkshire y tomé la primera calle que se me ocurrió en el camino. — Dijo mientras guardaba sus manos en las bolsitas de su abrigo negro.

—¿Sabes dónde estás?

—Ah...— se giró sobre su orbita, viendo en varias direcciones, apenas identificando uno que otro comercio y los pequeños bares con sus luces tenues y sus ricos olores. —Eso creo... —Dudó, mirando todavía a sus lados.

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