Horas antes del ataque: la caza.
La habían rodeado después de clase.
Debido a la carrera que ella emprendió para ponerse en un lugar seguro, perdió uno de sus zapatos en el camino; su bicicleta se había quedado en el aparcamiento que la escuela les extendía a sus estudiantes, varias de sus cosas — las cuales no pudo determinar con precisión, — salieron volando de su mochila, las escuchaba desmayarse a sus espaldas, y ella no se giraba a menos que fuera para asegurarse que ya estaba lejos, que ya estaba a una considerable distancia de aquellos que aparecieron a una cuadra de su institución.
Habían salido como lobos, uno tras otro, de entre las sombras, sintiendo un olor que avivaba lo áspero de sus lenguas.
Su cuerpo había reaccionado rápido. Miedo.
Al principio pensó que solo era cuestión de paranoia, cosa de haberse desvelado la noche anterior por haberse quedado leyendo, y le habría encantado que así haya sido, porque esa tarde, en medio de ojos que se formaban como un anillo apretando el aire cerca de ella, el fin, a penas había empezado.
Debido a la falta de su zapato, fue fácil que se tropezara en el camino, sus rodillas habían impactado y sus manos tiraron de la grama como si le pidiera auxilio a la tierra bajo sus uñas.
Mierda, mierda, mierda.
No sabía por cuánto tiempo más debía de seguir corriendo, no sabía dónde más esconderse, las tiendas eran pequeñas y sus dueños la echaban tan pronto terminaban de contar los minutos en los que ella no compraba nada, y para su suerte, ellos eran demasiado rápidos, sabían lo que hacían aunque ella no supiera por qué.
Los había contado, eran seis.
Seis detrás de ella, pero ¿Por qué?
¿Por qué la estaban mirando y sonriendo de una forma tan perversa? ¿Por qué la estaban siguiendo?
¿Por qué él?
Le habría encantado poder esconderse en la catedral, calmarse con el peculiar aroma del incienso y el tibio aire de las velas andando y deteniéndose frente a sus santos, pero esta también estaba cerrada, la última anciana le había dicho que mañana sería otra oportunidad.
Pero ella necesitaba la oportunidad hoy, en ese momento.
Fue cuando la lluvia llegó.
Desde un principio, no tendió si aquella fría visitante repicaba sobre su rostro con la intención de ayudarla, de hacer su cuerpo más pesado, de desviar a quienes la seguían o de solo hacer entre sus aguas, un remolino que agitara su corazón tan alto que los otros pudieran escucharla y alcanzarla entre lo violento y rápido de sus gotas.
Había sido lo último.
Entre su creciente ansiedad, su decisión de encontrar su teléfono entre la mochila, su pecho masticó el aire que alguien le había arrebatado en un solo empujón que la hizo golpear su rostro contra una pared. La habían alcanzado. Y quien la había acorralado, había puesto su brazo contra su nuca, bloqueando todo paso de llegada y salida de aire, unas segundas manos igual de pesadas y frías, tomaron con fuerza sus muñecas y registraron sus brazos, buscaban algo ¿Joyería? ¿Iban a robarle? No, no podían hacer tanta conmoción por un robo. Aquellos tipos buscaban algo más, querían algo más que en su cabeza no podía entrar.
No podía verlos, la lluvia caía y se le resbalaba a las nubes como si fueran risas que ensordecían cualquier otro tipo de ruido. Por las siluetas moviéndose entre la creciente sombra del cielo y la falta de aire, notó qué todos iban con la manos vacías.
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Seis
Mystery / ThrillerX, J, G, D, Y, T. Las iniciales de las seis personas que le hicieron lo imperdonable. Los nombres de las personas que deben pagar por lo que le han hecho. Nadie los culpó, porque nunca nadie se enteró del crimen que cometieron contra Layi BerryCl...
