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—¿A dónde vas? 

—D-dejé mi agenda en el salón d-de química, tengo que ir por ella o no recordaré la fecha de la tarea, ya regreso.

—¿Tarea? ¿Desde cuándo te preocupas por el tiempo de tus tareas? 

—Desde que me dio la gana hacerlo. — Dijo sin más, y se levantó de su asiento en la cafetería ocupada por el resto de estudiantes que esperaban en fila o comían mientras hablaban de lo suyo. 

Por el paso en el que iba, Claudyn solo pudo suponer que Molly estaba algo desorientada ¿Debido a qué?  No lo sabía, como tampoco sabía el porqué de su repentina y tosca actitud. ¿«Desde que me dio la gana hacerlo»? ¿Qué tipo de respuesta fue esa? Y sea o no así, el tono de su voz casi fue acusatorio. No quería adelantarse a nada, pero Claudyn pudo notar lo distraída e inquieta que estuvo desde la mañana, preguntando por Adela una y otra vez, a penas viéndola poco antes de que la menor mencionada, se escurriera como agua de sus manos. 


El verde y frío aire que venía desde la quieta y muda imagen de afuera, hizo que cada salón y cada pasillo, se viera como la escena de un sueño. Hoy el clima estaba un poco más frío que días anteriores, los árboles hablaban entre sí mientras escupían sus riñas en formas de hojas que se quedaban atrapadas en las cabezas de aquellos que estuvieran cerca. El vivo y vibrante azul había besado la corteza y el cemento, desnudando una o tres capas menos la piel humana. La única música era el silencio, y un extraño pero nada lejano silbido que cosquillaba sus oídos. 

Todo aquello le recordó el día que vio a Adela por primera vez. 

A unos cuantos pasos de la entrada a los casilleros, debajo de la asesina lluvia, vestida con una larga capa negra, con una de sus pálidas manos extendidas como si intentase atrapar el hielo que caía del cielo, con sus labios ardiendo de rojos, con su mirada gacha y directa a su palma, su cabello empapado y los truenos haciéndose una corona detrás de ella. No había nadie más, solo ella y Adela traída por la tormenta. 

Traída por lo inevitable. 

Y entonces, Molly se vio a sí misma, doblegada por aquellos ojos nuevos que quemaban toda distancia y la acercaban sin el más corto o atrevido gesto. 

Adela no se había movido de donde estaba, lo único que había hecho, fue levantar su vista y clavarla en la chica que la miraba desde los oscuros pasillos de los casilleros. De pronto, como un acto de ceremonia, todo el cielo se vio blanquecino por un estruendoso rayo que partió al cielo en dos, observó, parpadeó y volvió a cerrarse. Un ojo en el cielo, y las manos en la tierra. 

Adela estaba sangrando de la mano que tenía extendida y su sangre caía como poción a la tierra petrificada por el asfalto, como si fuera magia, o algo que ella misma estuviera imaginándose, Molly podría jurar que vio a la tierra beber de aquel escarlata. Abrirse ante la chica, y cerrarse luego de saciar su sed. 

Molly no hizo nada, Adela seguía sin moverse, como una estatua o una muñeca. Se sorprendió a sí misma atemorizada pero encandilada por lo que estaba mirando y no pudo evitar preguntarse ¿Quién era esa que la lluvia empujó? ¿Quién era esa que obligó a la lluvia hablar por ella? 

De ese primer día a ahora, han pasado muchos meses. 

Y por sobre toda velocidad de tiempo, Molly aún no podía desprenderse de ella, se sentía como si Adela hubiese dejado un imán en ella, uno que la hacía moverse cuando ella lo hacía, un magnetismo que la hizo levantarse de la cafetería para ir a buscarla, un hilo que la ayudó a encontrarla justo detrás de la ventana de un aula, a centímetros del escritorio ocupado por un profesor. 

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