Epitafio

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2017,


Tropezó, la hicieron tropezar nuevamente hasta impactarse contra el suelo. Ahí levantándose por su propia y casi nula fuerza, como si estuviera corriendo de algo grande, realmente enorme, como corriendo de una pesadilla, como corriendo del monstruo de su armario. El callejón por donde intentó protegerse, se volvió un largo camino sin principio ni fin, sin salida, cada vez más profundo en cada necio paso que daba.

Se sentía adolorida, agotada, con el corazón sosteniéndose entre sus manchados dientes, sobre todo cuando a sus espaldas, pesadas y rápidas pisadas, se acercaban burlándose de su mediocridad, de su pequeñez. La capa de lluvia que la cubría no la estaba ayudando, era como si el cielo estuviera burlándose de ella, como si el cielo quisiera que la alcanzaran mientras allá arriba se encargaban de borrar todo rastro carmesí que brotaba de ella.

Se tomó de la primera superficie fría y vieja que sus manos pudieron alcanzar, mordió su lengua para así poder soportar las ganas de llorar.

Ya no podía correr, pero debía, tenía que hacerlo.

No se separó de la pared en ningún instante, se mantenía pegada a ella como un segundo cuerpo al que le pudiera confiar sus plegarias y siguió su paso, tenía que llegar a casa ¿Dónde estaba casa?

¿Qué era lo que estaba pasando?

¿Qué era lo que querían de ella?

¿Qué?

Sus zapatos favoritos, escondidos debajo del barro, la lluvia y el dolor.

Ya no podía, ya no.

Cayó hincada en la tierra, preguntándose por qué precisamente esa noche no había nadie en la calle, ¿Dónde estaba toda la gente a esa hora? El cielo estaba oscuro, el cielo dormía, quizá era de madrugada o quizá el tiempo no corría con ella, pero alguien, siquiera un alma debía poder escucharla en algún punto, en algún rincón.

Sus ojos se vieron obligados a abrirse lo más posible aunque lastimara, cuando escuchó nuevos pasos viniendo de frente a ella, a la misma vez que a sus espaldas.

No, no.

Sus ojos buscaban una salida, un punto donde pudiera salvarse, pero todo parecía bloqueado, tan débil por los años o tan peligroso por los descuidado, hasta que vio la puerta de una casa aparentemente. Necesitaba salir de allí, salir de la vista de aquellos que comenzaron a rodearla.

Como pudo, salió corriendo directo a la puerta con tal fuerza que la pudo abrir de golpe, lastimándose el hombro y parte de su costado. El polvo como nieve deseosa de descanso, cayó sobre ella, deshaciéndose entre el agua y a la sangre, despejando el camino para que se adentrara entre las cortinas y madera que ahí divisó, sin dejar de escuchar las voces de aquellos que allá afuera como lobos, la pedían como un trozo de carne.

Ubicó unas gradas a la derecha de la habitación a la que había entrado y fue directo hacia ellas sin permitirse dudar, caminó a un paso que la hacía crujir de dolor, y de pronto, todo comenzó a ir muy lento. Todo lo que encontró en su camino lo dejó a sus espaldas para así ganarse algo de tiempo, empujó un pequeño mueble que vio inclinado y sintió su pecho flaquear cuando su cuerpo reconoció la cercanía de los otros que fueron más rápidos. Sus risas hicieron sus huesos temblar.

Tenía que lograrlo, tenía que salir de ahí o protegerse lo más posible hasta encontrar una salida o hasta que alguien viniera por ella. Por favor... por favor.

Ese segundo nivel era aún más pequeño que la planta por donde entró, se armó de su fe y lo poco que su cuerpo parecía querer soportar y bloqueó la puerta aunque fuera tan solo por poco tiempo.

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