5. Jozef.
Era aquel color tan vivo, una vez más.
Tan real que podía sentir destilándose sobre su rostro.
Los estaba viendo, aquellos ojos que nunca olvidaría, los estaba viendo de nuevo. En lo alto del cielo, como Dios, y él de rodillas, deslenguado, con sangre brotando de sus ojos, quemándose bajo la cuna luminosa de aquel color que nunca olvidará.
Estaba en lo alto de una montaña, en llamas, desde las faldas de los árboles, hasta sus propios pies. Las llamas iban alcanzando al cielo, las llamas estaban alcanzando aquel par de ojos que como sol, lo han perseguido durante mucho tiempo.
Sus manos en posición de súplica, sus muñecas cortadas, su pecho abierto, su corazón sangriento, ahogándose sangre.
Y no podía recordar ninguna oración, no podía recordar el sabor de la palabra «no». Sus dientes se le caían, uno por uno. Y lo venían, siempre lo veían.
Pues lo único que iba a recordar para toda su vida, era la miel y la cera de su nombre.
Un solo nombre.
Aquel que el abrió.
Una y otra vez, una y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra vez, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra, y otra...
El sonido de un chasquido lo despertó.
Un techo de madera, bastante familiar pero poco frecuente y el suave pero irritante sonar de un reloj, le recordaron donde estaba.
La maldita clínica.
—¿Cómo te encuentras?
Su maldita psiquiatra, una mujer de más de cincuenta años, con un aroma peculiar y joyería deslumbrante, estaba sentada a unos pasos de él, anotando algo que no era legible desde la distancia. Quisiera hacer lo mismo, golpearla lejos y hacer sus pensamientos ilegibles, bloquear todas las entradas a su mente y no dejar que nadie nunca entre.
—¿Se acabó la sesión?
—Todavía no es mi paciente, señor Charcot, esto no cuenta como una sesión.
—No estoy buscando ayuda.
—Lo sé. —Sonrió indiferente sin mostrar interés en girar a verlo, lo cual le molestó mucho a él ¿Por qué no le veía al decir tal estupidez? —¿Ha sufrido algún tipo de trauma o fobia? ¿Alguna adicción?
—Dije que no busco ayuda.
—Sí, pero buscarla no es igual a necesitarla, señor Charcot.
—¿Y usted qué mierda puede saber?
—Tiene usted razón, — volvió a sonreír y eso lo irritó aún más. —No sé nada al respecto, pero ¿sabe quién sí lo hace? Usted. — Su voz era serena, su tono neutral y sus palabras eran filos. La forma en la que lo estaba mirando lo estaba haciendo sentir mal, lo estaba observando, lo estaba desenvolviendo como si todo lo que llevara encima, fueran capas, capas y capas que cubrían algo que él no quería que nadie supiera.
¿Por qué tuvo que venir? ¿Por qué se dejó llevar por Candri? Maldita sea.
Todo este tiempo intentando huir de cualquier situación o gesto que lo hiciera recordar, que lo hiciera el compadecido de otros, y había caído por la chica con la que había empezado a salir.
La psiquiatra no dijo más sobre la hipnosis a la que se había sometido, le agradeció su tiempo, lo envolvió en palabras ensayadas y lo dejó salir con un maldito papel que debía entregar a su asistente. Un recetario, una hoja de constancia y un folleto fuera de lugar que leía: «¿No puede encontrar el perdón? Venga al retiro que nos acercará a los cielos».
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Seis
Misterio / SuspensoX, J, G, D, Y, T. Las iniciales de las seis personas que le hicieron lo imperdonable. Los nombres de las personas que deben pagar por lo que le han hecho. Nadie los culpó, porque nunca nadie se enteró del crimen que cometieron contra Layi BerryCl...
