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¿En qué parte de la vida era justo limpiar la sangre de alguien más? Muchos decían que era mejor limpiar la sangre de un hombre vivo, pero muy pocos habían mencionado la tortura que eso era para quien llevaba las toallas.

El verle ahí, tendida sobre la fría madera de un espacio que debió verse como su hogar, el verle ahí, con la respiración entrecortada, con las yemas de sus dedos intentando clavarse al glacial, no dejando que se elevara, no dejando que se marchara.

Sus ojos a duras penas podían abrirse a la luz, los moretones que los acorralaban eran grandes y más violeta que hace solo un rato, y para esa hora de la noche, aseguró no poder ver con uno de ellos. Esto último, solo provocó que el tortura creciera, el llanto se uniera, la desesperación la abrazara más fuerte y no dejara de quejarse con sus pocas fuerzas que le quedaban ¿Quejarse? ¿Cómo? Si sus labios habían sido rotos tanto con lo que pareció ser una mordida, como a golpes y quemadura de cigarrillo; escupió y vomitó sangre por lo menos unas siete veces en el rato, no podía beber nada, incluso el agua misma la lastimaba.

—Bebe, debes de b-beber algo, — estaba furiosa, pero no con la persona tendida sobre el piso, sino con la situación, con lo que estaba viendo, con lo que estaba haciendo.

Ella, aunque lo intentara, lo único que logró fue derramar el vaso con sus lastimadas manos que no dejaban de temblarle, que no dejaban de hacerla caer por cada vez que intentó alzarse, que no dejaban de evidenciar lo incompleta, sucia, desconsolada y confundida que podía estar por lo que le acababa de ocurrir, no solo a su cuerpo, sino también a su alma y corazón. Todo estaba pasando demasiado rápido en aquellas frías y olvidadas paredes, la otra, cuya mente se paralizó como si nada, cuyas muñecas cesaron su sangrado, no podía siquiera comprender cómo aquel perverso ataque mal intencionado y directo, había caído en ella. En ella. 

Aquella noche se iba esfumando de sus manos como humo, como agua suicidándose en sus dedos, como aire saltando de sus uñas; iban a preparar todo para celebrar otro cumpleaños, habían adornado la casa de flores y muchos aromas, iban a estar todo un fin de semana al lado de la otra, iban a ser y estar como si nunca lo hubiesen hecho. Ese era el plan, esa era la idea perfecta de un fin de semana en el pueblo que les dio un camino para separarlas después. En ese momento, la mayor solo pudo pensar en que tal vez debieron hacer caso a la punzada que sintieron esa misma mañana, entonces así, tal vez ahora estarían preparando el pastel... entonces así, tal vez ahora, no estaría llorándole a todo aquel lienzo estropeado en el que se convirtió la chica que aún en llanto, intentó ponerse de pie, a sabiendas de que sus tobillos no podían dar más.

Las hileras que la sangre había hecho desde la puerta de la entrada hasta la pasillo que conectaba a pequeña y cálida salada, ahora se mezclaron con las suyas en la cocina, justo al pie de la estantería de donde varios adornos cayeron destruidos cuando con sus manos, no solo manchó sino que también intentó con desenfreno divino, poder encontrar algo que pudiera calmar el dolor o limpiar un poco aquel perdido y familiar rostro que la observaba. 

Estaba desesperada, completamente desesperada y nauseabunda.

Sobre sus rodillas, mirando a Layi una vez que la pudo apoyar contra un sofá, no dejó de temblar, no dejó de verse las manos ensangrentadas, no dejó de ver la blusa ya tirada a un lado, desgastada, pringosa a lodo y acero, no dejó de ver los zapatos pequeños, embarrados y rotos, no dejó de ver sus calcetas, rasgadas, sucias y manchadas. Habían demasiados fluidos.  

Sus rodillas, a comparación, estaban astilladas y tenían piel levantada; alrededor de sus piernas, vio marcas que solo pudieron haber sido hechas con algo filoso, un cúter, un cable, una navaja, vidrio... lo que haya sido, fue enterrado en su piel con demasiada presión, como si hubiesen deseado tocar zonas letales. En su falda, no solo había sangre, no solo estaba rota y arruinada con un olor a alcohol, sino que también había semen en ella, el mismo fluido que en su blusa y sus calcetas. Sus brazos, estropeados por grandes marcas de manos y más de esos largos y finos cortes, quemaduras de cigarro y por si fuera poco, alrededor de sus muñecas, llevaba todavía residuos de la soga con la que la habían atado; sus hombros y su espalda, era otra historia más cruda, todo su cuerpo... había sido mancillado. 

SeisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora