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𓍯𓂃


La forma en la que sus labios, fríamente cálidos, iban dejando un rastro de besos por su cuello, de aquellos que, sin saber, había extrañado tanto, de aquellos cuyo sonido era un acorde más para sus latidos saltándose sobre su blusa y su piel, vibrando en lo alto de su alma. Le producía un cosquilleo exquisito al tacto, haciendo una fiesta en su cabeza, provocando que sus ojos se cerraran y la llevaran así, fuera de la realidad, a donde solo quería dejarse llevar por un momento, por un breve instante. Solo quería recordar qué era sentirse protegida, qué era estar en casa, qué era volver a la calidez de un hogar que le fue arrebatado por mucho tiempo y ahora aferraba como una niña con su primer juguete.

Tenerlo ahí, rodeándola con sus brazos que era más como un escudo, como el techo que la extraño, como el nido que la anheló todo ese tiempo a distancia.

Las palabras quedaban demás, era lo que pasaba, lo que estaban dejando pasar, lo que estaban viviendo en el segundo y ella solo quería disponer todos y cada uno de sus poros a esos labios, quería poner a merced de aquel, todo su cuerpo, toda su alma, sabía perfectamente que dejándolo entrar, a la hora de salir, todo iba a estar bien; limpiaría sus lágrimas, sus cortes, sus rasguños, limpiaría todo, lo tomaría en sus manos y lo guardaría en un cajón, uno al que solo él tenía acceso desde que la conoció, desde que la vio en la orilla de la playa, caminando sobre la arena, descalza, juntando conchas de mar, tomando las más oscuras y más quebradas.



Estaba lloviendo a cántaros esa tarde camino de vuelta a casa, para ese momento, con los pedales de su bicicleta lisos, su mochila, su ropa y cabello escurriendo de empapados, sería tonto refugiarse debajo de alguna pestaña y esperar a que la lluvia parara, pero aún así lo hizo.

Con su bicicleta al lado y sus calcetines incomodándole dentro de sus mojados zapatos, aseguró su transporté y se quedó parado. La próxima tienda estaba casi a medio kilómetro y si bien podría ir sin molestia, hoy quería ahorrarse cualquier tipo de accidente, además, había cierta tranquilidad debajo de la lámina en la que se había escondido. Desde ahí, no solo podía escuchar a lluvia, sino también a las olas que parecían mantener una conversación con la allá arriba.

Sentado debajo de la lámina, deshaciéndose de sus zapatos y decidiendo que era mejor quedarse descalzo, algo más allá de las rocas y la grama rociada, arrancó de él su atención. 

Había una persona caminando muy cerca de la orilla de la playa ¿Qué rayos pretendía? 

Estaba muy cerca de la boca de las olas, inclinándose de vez en cuando como si fuera levantando cosas de la arena y amontonándolas en el intento de bolsa que hacía con sus ropas; fue casi increíble poder divisar bien, pero notó que la persona iba descalza, tan solo con lo que parecían ser una medias blancas que iban dejando huellas de su andar, huellas que al agua comía.

Si bien se había alarmado por lo descuidada que estaba siendo esa persona, él no hizo nada, porque parecía que la playa no pretendía hacerle nada a esa persona. Quizá solo era un pasajero, aunque eso no tenía mucho sentido, mucho menos cuando luego de un rato, de nuevo, increíblemente, divisó algo más. 

Era una chica, uniformada y de apariencia ida. 

Hasta ese momento, había notado con mucha más atención lo que estaba viendo. Parecía ser una estudiante, una a la que le importaba más recoger lo que sea que hubiese en la arena, que mantenerse segura y con vida.

Él no era alguien que solía tirarse encima de alguien para salvarlo, sobre todo, cuando de solo percibir, entendía que alguien no deseaba ser salvado. Como aquella chica. 

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