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Gritaba, recordó que esa vez gritó y la hicieron gritar como nunca antes.

El dolor recorriendo todo su cuerpo, el ardor, el odio, el coraje, la debilidad, el constante llanto... su vida se estaba cayendo a pedazos, ladrillo a ladrillo, embarrándose en las cenizas que alguien más había esparcido y comido.  Estaban demoliendo todo lo que una vez creyó puro e invulnerable. Habían barrido de un soplido, todo aquello que ella nunca pensó que la fuera a herir. 

Su piel nunca había estado tan cerca de su sudor y llanto, como en ese momento. 

Sus piernas nunca se habían sentido tan flojas y temblorosas, hasta ese momento.

Sus brazos nunca se habían sentido tan incómodos, adoloridos y marcados, como hasta ahora.

Nunca había deseado tanto quedarse sin cabello para que dejaran de tirarla de él, nunca, hasta ahora. 

Nunca había deseado que alguien la mirara, que alguien la escuchara hasta ese momento en el que ella había corrido por el camino incorrecto. 

Nunca se había sentido traicionada... hasta ese momento. 

Su voz ya era casi solo un hilo sosteniéndose a la vida como si la vida no hubiese sido la que la puse en esta situación, sus fuerzas eran casi nulas, a penas podía mantener sus ojos abiertos, era como si la succionaran, como si tomaran todo lo que ella pudiera darles y hasta lo que no. Querían hasta la última gota que la mantuviera aferrada a una promesa de la que la habían arrastrado lejos. 

Cada centímetro de si era un infierno, quería desvestirse de aquel cuerpo, meterlo en una bolsa y arrojarlo lejos, a donde ni Dios podía llegar. 

Y de nuevo los contó. 

Uno... Dos...

Tres, cuatro, cinco...

Y aquel sexto, que la hizo temblar en cada uno de sus poros, no, aquellos ya no eran sus latidos, ya no eran sus respiros. Ella ya no se pertenecía. 

Todo parecía cambiar de temperatura, moría de frío y también moría de calor; no quería nada más que salir corriendo a su casa y no volver a salir nunca jamás, no... no quería ni ir casa, porque eso significaba volver a ser ella nuevamente, la chica que acaban de lastimar, la que acaban de corromper y la que no se supo defender ni por mucho que lo intentó. Quería mudar de tejidos, romper aquellos huesos y no volver nunca a ser esa que dejaba su alma por las gradas que intentaba subir. Con la blusa a medio abotonar, la falda mal puesta y rota, sus piernas sin control alguno, su cuero cabelludo doliendo, sus labios sangrando, su cuello, manos, brazos, piernas y entre pierna...marcados.

¡Ah! Gritó, inmediatamente mordiéndose la lengua por el ardor que había en su garganta. Ella lo sabía, lo había dado todo. 

Respiró profundo. Se tomó del barandal de las gradas de su casa, y algo en alguna parte, la impulsó a dar el tirón. 

¡Ah! ¡Ah!

 Golpeada, sangrando, sintiendo el sudor y sus lágrimas contaminar su lengua, abusada física y mentalmente, frente a la puerta verde de su casa.



Se miró una vez más al espejo y suspiró. Con su carita empapada, se tomó el cabello en una coleta esperando a que algo mejor pudiera pasarle en ese momento, pero no, fue solo el recuerdo el que vino a abrazarla para que saliera del baño en el que se había encerrado.

SeisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora