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2019, 


La cabeza de Trevor bailaba en una sala donde ni ritmo ni melodía parecían querer estrecharse las manos, donde el compás picada sus sombras, y afilaba la máscara de sus recuerdos, justo ahí, donde se encontraba así mismo perdido, justo donde la imagen de Hanadriel, se paraba al lado del recuerdo de ella. Tan viva y tan serena como siempre. 

Cualquiera podría llamar loco, obsesionado, y hasta decirle que parecía raro lo mucho que recordaba a esa muchacha cuya vida el se prestó a arruinar. Y cómo no poder superarla, si la recordaba a diario, si la recordaba desde muy pequeña, en una esquina, con témpera en sus dedos mientras pintaba algo que ni un niño o maestro podría interpretar; si la recordaba con doce años, y luego a sus catorce que fueron marcados por el beso que vio que le robaron, su primer beso, el que había tomado como una cosa más a su lista de experiencias y también, como celos, los que negaba y seguía negando aún cuando Dan le aclaró lo que en verdad pasaba, pasó y seguiría pasando, aparentemente.

No era como si él ignorara lo que sentía por ella, era más bien el hecho de que él, estaba sintiendo algo todavía. Sobre todo, cuando dejó que Yves se la llevara, cuando lo único que lo distanciaba de ella eran un par de centímetros para poder besarla; un umbral fue al final, lo que verdaderamente la alejó.

Recordaba la voz de su amigo, contándole cómo terminó con ella esa misma noche, cuando los dejaron ir solos, y de cómo y cuánto la había drogado, golpeado y humillado, cuánto había disfrutado haber estado dentro de ella como si le dijera en presente y futuros pensamientos, que él siempre iba a estar ahí, en cada tejido, en cada sueño, en cada persona que mirara.

El dolor seguía presente, era dolor ¿Correcto? El peso de lo que había dejado ir, el peso de lo que había dejado a merced de otros, el precio por haberse fijado en ella.

Todas las noches en las que la imaginó ahí, recostada en su cama, mientras parloteaba sin parar, todas las tardes en las que caminó colina abajo, bajo el cielo gris, pensando en ella ahí, caminando en zigzag a su lado, yendo a casa, comiendo algodón de azúcar sabor a goma de mascar, su favorito. Todas las medias noches en las que soñó e imaginó teniéndola a su merced, mientras con sus mancillados dedos, recorría el paso de su suave piel, sin malentendidos, solo por mera adoración, por mero gusto a lo que veía, a lo que sentía, a lo que gusta. Sabía de entrada que ella no tenía ninguna experiencia, que ella temblaría en su contacto, que ella sentiría cómo sus costillas enjaularían su corazón por las fuertes palpitaciones que nacían bajo su contacto.

Y todo cambió, cambió cuando entendió que ella sentía algo por él, que él era algo para ella.

Estás enamorado de ella.

La voz de Dan retumbaba, la imagen de la chica tintineaba, el rostro de Hanadriel lo interrumpía, pero no de manera concupiscente, sino, para ahogarlo más.

Hanadriel se había impresionado al verlo presentarse a su primera tutoría, según dijo ella, muchas personas le habían advertido de que quizá a él no le importara una mierda y no llegara, pero lo hizo. Lo que no debatía Trevor era si lo hizo por cumplir con la petición del profesor Harold, o si lo hizo por el parecido que esta tenía con sus recuerdos.

Yves ya sabía que Hanadriel estudiaba en la misma escuela que él, y esto lo supo por cuenta propia, lo que no le había dicho a Yves, era que conocía el nombre y la edad de la chica que habían visto aquel día en el mercado de flores, así como tampoco le ha dicho que le daría tutorías dos veces a la semana y que al parecer, sí tenía pareja ¿Cómo deducir aquello último? Por la llamada de hace dos días, «IMPORTANTE» leía.  Yves le había dicho algo esa vez que la encontraron, para lo que Trevor solo pudo revivir la memoria de un cuerpo perdiendo temperatura debajo de él. 

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