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𓍯𓂃


El viento, además del frío en su cuerpo y sus miradas sumergidas en el horizonte que se iba escapando dentro de un nuevo atardecer.

Los atardeceres eran sus favoritos. Siempre lo fueron.

Sentada sobre un risco, al lado de su acompañante y esa porcelana perfecta adornada con perla y cristal. Historias que nunca debieron enfrascarse, historias que nunca debieron ser tiradas al fuego. Historias de sueños que fueron arrebatados.

Entre más se acercaba, más parecía que todo iba alejándose de ella.

Tratar de olvidar cómo todo ocurrió, cómo todo se arrastró a la altura de sus pies, cómo todo se vio como si estuviera dentro de una veladora de cera roja, ardiendo de sus manos, ardiendo de su rostro, era como fingir que nunca nada pasó. 

Olvidar era un acto de cobardía. Ella jamás olvidaría.

Por eso estaba ahí.

Justo cuando su cuerpo iba cayendo recostado sobre la húmeda grama, el muchacho, el que siempre iba con ella, estiró y colocó su brazo a la altura de su cabeza, creando un apoyo para ella. Siempre hacía lo mismo, afortunadamente nunca había permitido que se lastimara.

—La forma en la que me vio, no puedo quitarme el infierno de aquella mirada.

—Y tampoco pienso insto a que lo hagas. Decidir no olvida, es decidir también quedarte con el recuerdo. Si bien no entiendo la conexión, sí que puedo verla en tus hermosos ojos. 

—Si no hubieras aparecido, no sé qué habría hecho.

—Nada, no habría permitido que hicieras algo. 

—No la viste.

—Lo hice cuando llegaste a mí.

Hyuk, era la clase de persona que nunca creyó que llegaría a su vida, a sus días como a sus noches, abrazando todo lo que a penas quedaba de ella, abrazando todo lo que estaba mal en ella. No estaba en sus planes convertirse en un monstruo.

Un monstruo y un verdugo. 

—Son como  ellos. Soy como él, con diferente nombre, pero como él.

—Tú estás haciendo esto por alguien, no contra alguien. Tú haces lo que el cielo no pudo ni quiso hacer. Tú miraste, escuchaste y tomaste tu decisión. 

Hyuck se quedó en silencio, permitiendo que las cosquillas que su voz le transmitía, corrieran por todo su cuerpo y despertaran un nuevo latido. 

—Nada debió ser como fue.

—Nada debió ser.

Con su mano libre, Hyuck acarició las heridas de su muñeca y contempló la palidez de su piel. 

Las incontables noches en las que ella no pudo conciliar el sueño y las pocas que parecían querer ir por ella, se esfumaban y la hacían gritar y llorar como en sus sueños, como en sus recuerdos. 

Xavier, Jozef, Grey, Dan.

Yves.

Trevor. Su Trevor.

Ellos le hicieron, lo que ella nunca le haría a nadie. 

Era joven, demasiado joven para entender que cosas malas pueden pasar. 



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