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Horas dentro del ataque


El sexto sujeto le acomodó el cabello por detrás de sus orejas, la tomó de una de sus manos al liberarla del vendaje de sus ojos y la sacó de aquella casa en la que habían terminado gracias a la ella. Llevándola casi arrastras a un lugar diferente, solo para ellos dos, por orden de este mismo, ninguno de los otros cinco se movería con él, así fue cómo el resto se quedó mirando la escena que su compañero estaba destilando como un velo negro por las calles aún mojadas.

Los pasos que daba la chica, no eran ni cerca las zancadas que el otro daba con cierto desasosiego, ella podía percibirlo en la forma en la que ceñía y ejercía presión en su muñeca.

Habían caminado minutos que ella sintió eternos. Tenía frío, no podía incorporarse bien, su ropa estaba hecha un desastre, no podía ver con claridad lo que conllevó a que se tropezara varias veces haciendo que el otro la golpearla al levantarla, maldiciéndola y arrastrándola de nuevo con él.

La calle estaba desolada, como si fueran los últimos de la noche, como si fueran los únicos del mundo. Sin ojos que pudieran verlos, sin oídos que quisieran escucharla a ella.

Ella intentó tirar en dirección opuesta a él para no seguirle el paso, pero le era inútil, seguía resbalándose y la fuerza desconocida de él estaba a casi nada de romperla en pedazos.

Déjame, por favor, déjame, no voy a decir nada.

El muchacho la estrelló contra la primera superficie que visualizó en su camino, ayudándose con ello a que esta se quedara callada para luego lanzarse a sus labios con tal violencia que la queja de esta, retumbó en su boca. No quería que la tocara, le dolía todo. No solo so cuerpo físico.

Llevó sus manos a la menuda nuca y tiró del cabello negro hecho un desastre, haciendo que ella alzara su rostro para que en el acto, sus miradas volvieran a encontrarse.

—¿Crees que aunque no digas nada voy a perderme esta oportunidad de disfrutarte solo para mí?

—No, por favor, por favor. Por favor.

Repitiendo sus mismos bruscos y nada calculados movimientos, volvió a jalarla contra su cuerpo, riendo ante lo ligera que comenzaba a sentirse por la falta de fuerza, la escondió entre la sombra de las paredes y la noche y comenzó a levantar su blusa, sintiendo el temblor de esta bajo su áspero roce, pensando en una y docenas de formas para tenerla solo para él, haciendo al fin, lo que los otros ya habían hecho.

Vio la sangre anidar en sus labios, su cabello enredado, su ropa sucia por líquidos que pudo distinguir y otros no, sus piernas raspadas, la abofeteada reciente que él mismo le propinó y no se resistió a más.

—Por favor, por favor, cerró ella sus ojos poniendo fuerza sobre sus pies para evitar que el dolor siguiera incrementando conforme el otro la seguía maniobrando a su gusto.

Mírame ¡Mírame! Justo ahora tienes todas las de perder, eres mía y vas hacer lo que yo te diga quieras o no. Lo que acaba de pasar en esa vieja casa, es tan solo el principio, yo aún no me he divertido contigo.

Tomándola del cabello, tiró de este con fuerza y la obligó a andar a su lado. A este punto ella ya casi no tenía fuerzas para nada, mucho menos para gritar, pero quería intentarlo, quería hacerlo porque de todo lo que aquella larga y maldita noche, estaba bajando del cielo sobre su piel como dardos, solo eso tenía seguro. Quería luchar, quería llegar a casa.

Pronto se dio cuenta que el lugar donde estaba, era prácticamente una zona desolada, abandonada y con varias casas y construcciones sin terminar, circuladas con cinta policial, quería ver todo lo que le fuera posible, números, avenidas, algún nombre, algo, pero en el golpe que le dieron en su ojo, lo único que se resbaló por encima de ella, fue oscuridad, la misma penumbra en un nuevo espacio al que fue empujada. No había rastro de nada que pudiera ayudarla ni de nadie que pudiera escucharla, la habían traído hasta ahí apropósito. El sonido de vidrio la hizo girar cuando el otro la había soltado de golpe, haciendo que sus rodillas se impactaran contra la madera y que varias astillas y trozos saltados, lastimaran su piel expuesta.

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