38

537 28 11
                                        

Pasado V, 

2017, antes del atentado.


El clima se estaba poniendo bastante frío. 

En el pueblo, bajo las telas y joyas más caras que las personas se pudieron comprar para competir con los invitados de la hora del té, otros, los más sentimentales, los que eran capaces de encontrar la belleza en esa desolación grisácea y verde, se escondían de los ojos curiosos, y vivían su más soñada e inventada escena. La imaginaban, la olían y la saboreaban hasta deshacer en sus papilas, las migajas de la realidad que les esperaba al salir de las sombras. 

Tan desolado, tan imaginario y tan adictivo como para que él estuviera ahí tirado a la mitad de la hierba baja, fumando como rara vez lo hacía, sin haber entrado a clases, escuchando el murmullo de los árboles y el canto del lago que nacía a lo lejos. 

El resto del grupo sí que habían sido un montón de imbéciles. 

En lugar de adivinar que Yves iba a quedarse ahí, se marcharon a lo suyo, unos a sus clases, otros a sus casas y quizá un último por ahí, jugando a ser el estúpido del pueblo. Bien pudieron haberse quedado con él, en el silencio de sus respiraciones y la marihuana que quemaba entre sus dedos.

Nunca le había visto el sentido a asistir a la escuela. 

Toda esa mierda que le obligaban a una persona a aprender para ser alguien en la vida, menos la que en verdad quiere ser. Con la misma puta rutina de todos los días, madrugar, ir, obligar al cerebro a recordar si no le era posible aprender, desgastar energías, hacer trabajos que ningún puto maestro se molestaba en leer, socializar con la misma clase de idiotas, desvelarse y volver a madrugar... Lo mismo todos los días, lo mismo en todos los rincones del mundo. 

¿Había algo que salvar de todas esa mierda y de los profesores persiguiéndolo para que entrara a clases? Sí, de hecho, sí lo había. 

La biblioteca. El lugar perfecto para dormir, pero cuando estaba muy ocupado el espacio, era mejor hacerlo en la capilla que estaba en el camino, exactamente en la escuela de señoritas de la cual lo habían corrido unas dos veces las mismas monjas que sobre exageraron al verle dormido en las bancas de la casa del Señor. No era como si su Señor le hubiese dicho algo, eran solo ellas persignándose por el acto de un estudiante que solo buscó un espacio donde poder descansar.

En ese preciso instante, en el mismo lugar de todos estos pasados años, solo la música se colaba suavemente a sus oídos, el viento alborotaba su cabello y la grama parecía hablarle en un idioma que parecía haber olvidado. 

Quizá solo era el efecto del tercer porro que se había acabado solo. 

La suave y áspera voz de la canción que sonaba de sus auriculares, le susurrabas cosas que no comprendía, cosas que no creía existieran en verdad, cosas de las que ni se había molestado a pensar ¿Romance? ¿Extrañar a alguien? ¿Morir por un poco más de vida al lado de alguien? ¿Qué era eso? Yves no había pensado en nada de eso. Su cabeza estaba centrada en una sola cosa y esa no tenía nada que ver con lo que sea que la cantante estuviera diciendo en un tono desesperado y moribundo. 

Él buscaba algo más. El antónimo perfecto. 

Era como una clase de sed o hambre como bien lo ha hablado con su mejor amigo. Un sentimiento que no podría cubrirse con tan poco, una bandeja que necesitaba doblarse por el peso de su contenido. Hace no mucho, había golpeado a un tipo que se cruzó en su camino, de no ser porque alguien más lo había encontrado y separado, Yves estaba completamente seguro de que podría matarlo. 

Quiso matarlo.

Y aún deseaba la experiencia de hacer eso. 

Si bien sus amigos compartían ese gusto por una piel virgen de escasez, era su mejor amigo el que tenía el último sabor de la preciada carne. Yves sabía que de poder usar una piel virgen como sábana o velo de diario uso, su mejor amigo así lo habría hecho.

SeisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora