51

472 31 8
                                        

2019,

Dos semanas antes, 


Estaba soñando, sabía que estaba soñando.

Por mucho que el roce de la chica se sintiera tan suave, frío, inocente, temeroso. Sabía que era un sueño, solo un sueño. De aquellos que no dejaron de aparecer luego de aquella noche. Antes de lo ocurrió, Trevor solía imaginarla y pensar como siempre la había visto, abultando sus labios mientras se concentraba algo, o inflando sus mejillas mientras leía un nuevo libro cada semana, con su uniforme tallándose perfecto a su cuerpo, regalando sonrisas, pero luego de aquella noche, todos sus sueños y todas las imágenes que veía al despertar, eran de Layi sangrando en su cama, sucia, empapada, con su ropa destrozada y a medio poner.

Trevor deseó que Layi, si quiera en sueños, lo estuviera golpeando con la mayor pero aún así nula fuerza que le había quedado luego de todo lo que le había hecho, odiándolo, alejándolo de ella, lo que sea, pero no esa sonrisa, no con esa dulce mirada que lo torturaba. 

Con todo y el canto de la lluvia golpeando las calles afuera de su habitación, Trevor osaba imaginarla. Ambos cuerpos pegados a las sábanas que ahora olían a ella, lado a lado, viendo hacia el techo, interpretando el mensaje que caía del cielo, inexpertos, ella cuidando de no tocarlo, él queriendo hacerlo pero resistiéndose, esperando al siguiente paso luego de que sus suaves labios al fin encontraran la unión de sus caminos, por primera vez, intoxicándose, drogándose uno del otro, fuertemente, alimentando sus sueños. La chica que había bajado a la tierra por un rato, en sus sueños, lo besaba, lo tocaba, lo dejaba hacer todo lo que él quisiera, sin más.

Le demostraba lo bajó que había caído para estar con él.

Trevor podría escribir una decena de tomos, de cómo sintió esos roces breves, suaves, esponjosos venir de los labios de aquella que tenía al lado, de cómo ella le permitió a él dibujar su silueta pero sin tocarla, de cómo ahora podría decir su nombre en voz alta sin miedo a que alguien lo escuchara. 

Su inocencia, y lo ingenua que era. Bella, con sus rosadas mejillas, sus ojos verdes con motas grises, o grises con motas verdes brillando en la oscuridad de su inundaba casa; su cabello enredándose en lo blanco de las almohadas; su corazón a punto de salirse. Todo en ella era palpable y maravilloso, la podía sentir, escuchar, ver y oler. Era gracias a su sombría y retorcida menta, que él podía habitar en un mismo espacio con ella, como si ella le diera la oportunidad de entrar por la puerta de su hogar.

Estaba soñando. Lo sabía. Por lo mismo prefería no despertar.

Despertar, le hacía recordar el sabor de la sangre en los labios de la Layi.

Dentro de una de una caja de terciopelo rojo, guardaba la coleta y el diamante que le pertenecían, ahora estaban sucios de sangre y polvo de aquella noche donde permitió que todos, la tocaran, la humillaran, la sintieran y la rompieran, siendo él, el principal, el que se encargó de mancillar y limpiar el capricho de su amigo y su desdicha de haberse fijado en ella.

Era la primera vez en la que no pudo parar de golpear, la primera vez en la algo más despertó en él mientras estampaba sus puños en la piel de la menor. 

Por mucho tiempo, su propia madre y hasta su conciencia, le habían reclamado el no haber actuado sobre lo que sentía, hasta que llegó Dan, el que lo hizo regresar los pies a la tierra humedecida de sudor y llanto.

Se odiaba, él mismo se odiaba a muerte.

Recordaba a diario cómo todos los demás la mordían, la pateaban, la besaban, la tomaban con fuerza de sus pechos, la hacían abrir sus piernas con fuerza, deseando romper sus huesos en el acto, para burlarse de ella cuando la ponían de rodillas al centro de todo, o pegada a la primera pared que encontraban; la ponían en posiciones sexuales, incómodas y dolorosas, humillándola verbal, física y mentalmente.

SeisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora