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Pasado V (parte II),

2017, antes del atentado. 


Trevor podía escucharlo todo, cada cosa, pero a pesar de estar ahí, era como si estuviera escuchando hablar al viento sin interesarse en las palabras de este; no daba opinión alguna y no prestaba su boca para cosas que no valieran la pena, mucho menos cuando la situación a la que lo había arrastrado su mejor amigo, era cerca de una chica. Era ya la tercera sema en la que hablaba de la chica que había entrado en el camino, y desde entonces, todo lo que salía de la boca de Yves, se trataba acerca de esa a la que llamaba «actriz».

Según Yves, la llamó así porque la chica actuaba como una. Movimientos lentos, cuidadosos, como si temiera romper alguna partícula en el aire. 

Y tanto fue la conmoción del grupo y su espera por volver a encontrarla, que el resto comenzó a llamar a la susodicha, «un fantasma», una «alucinación» o una «aparición» por la cantidad de marihuana que había fumado Yves por cuenta propia. 

Pero el caso con Yves y todo lo que traía consigo, no se había acabado ahí. 

Una tarde en la que ambos caminaban por el pueblo luego de haber recibido aislamiento domiciliario por orden de sus doctores, — el pesado cheque de sus padres, había conseguido que las cosas no fueran peores para ninguno de ellos, luego de que Yves volviera a meterse problemas y lo llamara para que le ayudara a limpiar su desastre. Una situación muy parecida a la del tipo que había golpeo no hace mucho, pero esta vez, Trevor no tuvo nada que ver y sus padres solo suspiraron al recibir el documento de la suspensión de nueve días —.

Ahora, Yves lo había empujado a conocer a unas chicas de alguna escuela católica, una de esas en las que él se metía a alterar a las monjas cuando lo encontraban en su capilla. Por suerte, había conseguido zafarse de la situación antes de las cosas llegaran a más. 

—Lo siento chicas, no ha sido su mejor día.

—Ya, vámonos

Una vez se giró y se distanció del café en el que habían acabado, no pudo distinguir los susurros de Yves y las dos chicas que estaban altamente perfumadas, al grado de haberlo hecho toser. 

El frío era perpetuo, delgado y modesto para ceñirse a sus huesos y recordar a quien menos debería de recordar en ese preciso instante.

Aquella bella chica, y la forma en la que la imaginó toda esa semana que debió quedarse lejos del exterior. Con su cabello suelto, sus mejillas poniéndose rosadas ante cualquier comentario que tuviera que ver con sus notas o su desconcertante belleza y su perfume. Su delicioso y delicado perfume que se escondía en las esquinas de los pasillos como si no quisiera evaporarse, como si esperara a que él lo sintiera antes de ser comido por la fría brisa.

Era un idiota. 

Y ella realmente era una incrédula, pero era mejor que se mantuviera así por su propio bien. Para el bien de todos, sobre todo con los ojos de alguien tan entremetido como Dan que ya llevaba varias veces cuestionándole lo mismos una y otra vez desde que lo atrapó husmeando en el baño de chicas.

La voz de Dan zumbó en sus oídos y su mente decodificó el silbato de las memorias.

¿Quién era? ¿Cómo se veía? ¿En qué grado iba? ¿Dónde la conoció? ¿Cuándo la conoció? ¿A qué ha llegado con ella? ¿Qué quiere con ella? ¿La ha besado? Y la peor de todas las anteriores ¿Qué busca con ocultar aquello del resto del mundo?

Dan no lo sabría y nunca lo haría, pero todo tenía respuesta, todo, excepto el haberla besado. 

En lo que llevaba de conocerla, Trevor nunca había intentado tocarla, al menos, no con intención, sino que solo para salvarla de una que otra cosa que se interponía en su camino. Eso había sido todo, y para él eso estaba más que bien.

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