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—Adela, por quinta vez ¿Qué diablos fue lo que pasó?

—Si crees que no notamos las vendas en tus muñecas, es mejor que lo sepas de una vez.

—¿Y crees que las estoy escondiendo? — Dijo la menor de las tres, extendiendo ambos brazos en el aire, sentada en una de las bancas de los vestidores de chicas casi importándoles muy poco el salir tarde para la clase de educación física.

Ambas se fijaron en cómo Adela desprendía los pequeños ganchos de las vendas, con total enfoque, sin siquiera prestarles más atención que aquello último que les dijo en un tono seco. Tanto Molly como Claudyn, llevaban ya un rato intentado saber qué fue lo que le pasó y por qué de pronto tenía esas cosas en sus muñecas. Al principio, trataron de no alarmarse, se le veía un tanto decaída, supusieron que se había desvelado o era por el asunto con su pintura y la de... Grey, algo que quizá la tenía sobre pensando o solo, muy cansada, pero, tan pronto la miraron de cerca, aquella inusual marca roja en sus labios, hizo retumbar algo en ellas. 

Era una mordida. Claramente lo era.

La puerta se abrió de repente, dejando ver a una de sus compañeras con una coleta recién hecha y una sonrisa amplia.

—Hola, chicas, lamento la interrupción pero la maestra me mandó a buscarla para saber si estaba todo bien.

—Todo está bien, Harmony, saldremos en un momento. 

—Puedes decirle que estoy en mis días.

Harmony, la dulce chica detrás de la puerta hizo una "O" con su boca y asintió antes de decirle a Molly que trataría lo mejor para que la maestra fuera comprensiva. Y se fue, dejando un perfume a frutas detrás de ella. 

—Ya les dije que no fue nada, una simple estupidez.

—¿«Estupidez»? ¡Adela, estás lastimada! 

—Solo estamos preocupadas por ti, eso es todo. — Expresó Claudyn, tomándole la mano a Molly para que esta última se relaja. 

A ella también se le veía algo desorientada desde ayer a la hora de almuerzo. 

—Y se los agradezco, pero no tienen porqué. Solo, no lo comenten en voz alta, no reaccionaré como esperan que lo haga. — Dijo, Adela, terminando de reacomodar sus vendas y sus cosas para salir del vestidor. — Saben que odio la compasión y más si es mera actuación.

Sí, ambas conocían el carácter de Adela. Así como podía ser fiel y alguien de constante presencia en momentos de desespero, así también era alguien que odiaba la compasión, venga de quien venga. 

Adela no muestra un carácter suave, ella no baja la guardia, no es alguien que hable de sus problemas o de sus dificultades, no es alguien que se preste fácil para que le conozcan, por eso muchas personas la malinterpretan, creen que por tener un rostro tan delicado, una apariencia pulida, sonreírle a las chicas y ser la mejor en muchas clases, pueden acercarse y hablar con demasiada confianza, pero no era así. Adela nunca ha sido así. 

No permite, no otorga, no duda, no justifica. 

Y hasta la fecha, ninguna de las otras dos sabía algo sobre su familia, su estilo de vida, su vida personal en general... nada. Por eso mismo se les hacía mucho más pesado verla en ese estado. 

¿Quién le hizo esto? 

—Ya, entendido, — habló primero Claudyn, estirándose antes de caminar en dirección a sus cosas que seguían esperando por ella. — Procura aplicarte algo en los labios porque eso se ve realmente terrible. 

—Nada que no haya limpiado antes. 

—¡Qué mierda! — Claudyn rió con sorpresa. — ¿Debería alarmarme o acostumbrarme a verte así? 

SeisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora