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Una semana después,


Candri estaba parada en la calle frente a la clínica, con su abrigo largo y grueso tapándola del frío viento y de cualquier ojo curioso. No sabía qué la había impulsado a hacerlo, pero ya estaba ahí, nerviosa por lo que fuera o no a pasar, había cruzado las calles y sin mayor pensamiento, había llegado y la había visto. 

Sabía que Iri no podía ser la terapia que necesita, pero es quien más se acerca a lo que quiere ahora. Compañía. 

No había hablado mucho con Jozef desde la última vez que habían llegado a la clínica, y por alguna extraña razón, eso no la hizo sentir muy mal, si no le respondía las llamadas o los mensajes, estaba bien, es decir, ella ya había entendido que había hecho lo que Jozef le había pedido obstinadamente que no hiciera. 

«No le des ni una sola información de mí a alguien». Le había dicho. Una y otra vez, una y otra vez, siempre era lo mismo. Al principio, Candri pensó que se trataba de privacidad, de ser alguien reservado, pero ahora, conforme pasaba el tiempo, más bien parecía que Jozef le estaba bloqueando el paso a su vida, incluso de las cosas más pequeñas y naturales como su comida favorita, su lugar favorito a donde ir para cuando quisiera estar a solas, algo sobre algún familiar, su vida antes de llegar a la ciudad, nada. Había intentado, de a pocos, acercarse, preguntar, pero Jozef siempre le gritaba, hubo ocasiones incluso en las que él... la empujaba o la tomaba con demasiada fuerza que al día siguiente, ella necesita cubrir las marcas con algo de maquillaje. 

Eran malos días, todos tienen malos días, es solo que ella todavía estaba aprendiendo sobre los malos días de él. 

Sí, eso. 

Absorta en sus recuerdos e inconsciente de cómo restregaba el maquillaje de sus muñecas, aclaró su vista y la miró de nuevo a través de la rama del árbol que tenía delante y por el vidrio que dibujaba un logo dorado. Iri sonreía ampliamente mientras hablaba con una bella mujer mayor. Su cabello iba agarrado en una media coleta, su uniforme de prácticas se veía igual de pulido que la última vez y aunque su visión no fuera del todo buena, estaba segura de ver lo sonrojada que estaba poniéndose y eso la hizo reír a ella. 

Le encantaría tener una amiga como Iri, una compañera o una vecina como ella, lo que sea. 

Compañía. 

Quizá solo la invitaría a ir por una bebida, Candri moría por una bebida caliente en ese momento.  Sí, solo tenía que cruzar la calle, entrar, saludar a las personas que estaban —eso no era tan necesario,— caminar hasta ella y preguntarle. Podría hacerlo, Candri ha sido hablado con ella, quizá le diría que no, pero lo haría de la forma más amable y Candri ni lo sentiría. 

La campana de la puerta sonó, para ventaja de ella no había nadie más que no fuera la misma mujer con la que vio a Iri reír, saludándola, cruzó el pasillo y capturó la imagen de su cabello cobrizo, moviéndose de un lado a otro mientras acomodaba y apilaba unos documentos en el amueblado que estaba detrás del escritorio. 

El espacio no olía a ese fuerte desinfectante, sino a las flores frescas que decoraban una de las esquinas de la mesa. 

—H-hola. 

—Buenas tardes, bienvenida ¿Cómo puedo...? —Los ojos de Iri la adornaron con sus destellos. 

Y tan solo por un breve momento, como un flash disparando a sus ojos, Candri juró que ya había visto su imagen en alguna parte.

Una imagen de vivos colores, con su cabello derritiéndose sobre su espalda, con joyería delicada adornando sus orejas y cuello, con un suave maquillaje que solo hacía lo que tenía que hacer, y una sonrisa que ahora la alcanzaba más allá del cuadro. 

SeisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora