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Horas dentro del ataque. 


«La crueldad, lejos de ser un vicio...

—¿Q-qui-e-res?

—Completa la frase, linda.

Dolía, esa voz le dolía. No los golpes, no la sangre desperdiciándose en un manto bajo ella, pero solo su voz, la voz que no esperó escuchar ese día.

«La crueldad, lejos de ser un vicio...

—E-es el primer senti-mien-to que imprime en no-nosotros la naturale-le-za».

—Es el primer sentimiento que imprime en nosotros la naturaleza, correcto, perfecto. 

La habitación daba vueltas, la lluvia no había parado de vomitar sobre ella y aunque el techo las separaba a ambas, no podía negar lo mucho que deseó estar allá arriba con ella, lejos de aquel mallugado y usado cuerpo, lejos de toda esa noche que se enredaba en ella como una cola de espinas deseosas por clavarse como una segunda piel. 

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero ella no dejó de pedir, no dejó de suplicarle a quien sea que estuviera escuchando sus pensamientos, que alguien viniera por ella, que alguien la encontrara sin preguntarle nada, le dieran ropa nueva, escondieran en las cenizas del ayer la que había sido arrancada hoy de ella, y la arroparan en un lecho de flores. Un velo de perfume nocturno, una cama donde su alma pudiese reposar hasta que le hicieran un cambio de cuerpo. 

La estaban haciendo decir y actuar de todas formas posibles y luego de la nueva paliza que le habían dado, uno de ellos la levantó del suelo como si fuera una muñeca de trapo, un ser invertebrado, plastilina, polvo y como gustó, le enrolló sus brazos alrededor de su cuello mientras él la tomaba desde la cintura, comenzando a dar vueltas como si se tratara de un baile de salón. 

Estaba cansada, fatigada, sedienta y temblando de frío que ante las volteretas, era casi imposible que no fuera a tropezarse con sus propios pies o dar pasos torpes entre los bruscos que el otro daba con una sonrisa en sus labios. 

—Parece cosa del destino. — Rió sentado en algún extremo, comiendo y arrojando el envoltorio de algo dulce.

—¿Cómo puede ser eso la fortuna de tu galleta? – Habló uno más, borroso a su vista intoxicada de sangre, llanto, su sudor y el sudor de los otros. 

—Miremos qué más tiene esta zorrita en sus bolsas. 

Estaban registrando las bolsitas de su ropa, habían encontrado algo de cambio, unos cuantos caramelos, un reloj de pulsera, y unos viejos auriculares que no servirían de nada si no tenían dónde poder conectarlos. 

—Estoy muriendo de hambre y ustedes idiotas perdieron las pertenencias de esta chica.

—¿Qué? ¿Ibas a comerte lo que llevara en su mochila? 

—No, imbécil, pero quizá tendría algo guardado que podríamos estar disfrutando ahora. 

—Debiste comer algo en el café, tuvimos tiempo para hacerlo.

—Sí, pero el mesero comenzaba a vernos extrañado y era mejor salir de ahí lo más pronto posible. 

—Bájala ya, — habló de nuevo aquella voz que se adentraba a su pecho como buscando abrir su corazón.

—¡Oh, vamos! Solo me estoy divirtiendo con ella, — reclamó el que seguía dando vueltas con el débil cuerpo de la chica atado al de él. — Además, no podemos dejar que se duerma. 

SeisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora