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𓍯𓂃


—No digas nada, — le pidió cuando contestó su llamada; — no digas nada. — El sonido de su respiración del otro lado de la línea, llegó a ella como un soplo tibio colado en la madrugada. 

La luna estaba tendida, bañándose detrás del gran árbol que se paraba a velar su sueño, mudo detrás de su ventana ensangrentada de un azul que la comía. 

El alta voz de su teléfono permitió que la cumbre de emociones que había sentido, temblara y se volviera polvo en las plantas de sus pies descalzos. Mantenía su cuerpo tendido sobre la cama, con su mirada perdida en las sombras del techo, respirando y luego conteniendo el aire, respirando, y tratando. 

—Ya no recuerdo qué es descansar, siento que las migajas de mi cuerpo están tratando de ser el pan de una mañana hambrienta. El moho me ha comido, el polvo me ha besado, la rigidez me ha alcanzado y aun con ello, quisiera llenar la boca que me necesita. Ya no sé qué es descansar y tampoco me atrevo a anhelar aquello que fue arrebatado.  Quisiera compañía, pero luego, temo hacer que todos se vayan si ven lo que esta oscuridad cuelga por mí. — Suspiró, sintiendo la resequedad lamer su cuerpo. — Por eso te he llamado, no, no te he llamado por eso, creo que en verdad, lo hice porque te extraño ¿Está bien que te diga eso? 

Desde la otra línea, un suspiro se escuchó risueño. 

Sonrió.

—Dime que esto es correcto, por favor, dime que está bien lo que hago, qué está bien lo que siento, qué está bien lo que arde y llueve. Dímelo, aunque sea mentira, porque yo misma sé que es mentira, yo misma sé que esto no debería de ser, yo misma sé que algo en el viento se rompió y cayó como clavos sobre todo lo que estaba protegiendo. No escuché el grito, solo vi su lecho y encerré su silbido en mí. 

La sombra de las hojas del árbol nana, se movieron debido al viento y por un instante, sintió como su estuviera en una cuna. 

—¿Cuánto tiempo más? ¿Por cuánto más? ¿A qué otro lugar? ¿Quién más? Estoy cansada, estoy cansada, estoy cansada, estoy cansada, cansada, cansada, cansada... no podré más. 

Fue ahí, el único momento donde el silencio del otro lado, resbaló de sus cuerpos y dijo:

—Yo podría hacer todo por ti. Yo haría todo por ti. 



༻♱༺



Adela tenía ambas piernas sobre un banco que había dentro del baño de chicas, sus dos amigas más cercanas, Molly y Claudyn, estaban ahí con ella, mirándose al espejo, retocando su suave maquillaje o perfumando sus ropas tan solo un poco más. Cualquier persona diría que aquellas dos tenían una personalidad tan suave como sus nombres, la sorpresa era que ambas eran todo lo contrario, y hoy, al fin terminaban sus horas de castigo. Ambas de cabellos oscuros, Molly un tanto más alta que Adela y Claudyn, mejillas rosaditas, piel pecada o con estrellas oscuras por aquí y por allá.

—¿Hoy también te quedas en la biblioteca? — Preguntó Molly, mirándola por el espejo.

—Sí. — Respondió simple y directamente.

—¿Quién más está contigo?

—Un chico llamado Grey Moen. 

Claudyn detuvo todo lo que estaba haciendo para girarse a ver a Adela, tratando de hallar un signo de broma o confusión, pero no había tal cosa. La mirada de Adela estaba relajada al igual que su cuerpo, y aunque no estuviera haciendo algo como ella o Molly, la chica parecía estar ocupada en lo suyo. 

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