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Los labios de la chica estaban realmente inflamados, ensangrentados y pulsantes, tal y como su ojo derecho que fue arrebato de su precioso gris verdoso tras la sangre que de él brotó.
Estaba sudando, por lo que le pasó y por la fiebre. La chica estaba enferma del corazón y ninguno de sus atacantes lo sabía, ninguno, o eso creía, cuando él apareció de detrás de la puerta que desmanteló un rayo de luna al costado de su cuerpo.
La vio ahí, empapada de sudor, sangre, alcohol y agua luego de que la habían metido a la tina con todo y sus arruinadas ropas puestas, las que ninguno de ellos se había molestado en arreglar o respetar siquiera por un poco.
La chica no pudo distinguir de quién se trataba debido a su visión nublada, cansada y sucia, pero, lo vio, y aunque tratase de suprimir lo que su corazón estaba haciéndole, no podía, simplemente no podía. Se trataba de él, la persona con la que había soñado y pensado por muchos año, sin poner palabras o roces inocentes de por medio, por temor a romper algo, cuando al final de todo, la única cosa que se había roto, fue ella, ella en las manos de él, más que en las manos de todo el resto que reía afuera de la habitación a la que la habían metido, hablando de ella, llamando por nombres feos, burlándose de su inexperiencia...
Su temor creció de forma inesperada cuando él se acercó, y él lo notó, lo que lo hizo detenerse fríamente, notando la ausencia en sus ojos una vez coloridos.
—¿Q-qué qu-i-ieres?
—Verte.
¿Por qué? ¿Por qué?
El chico se volvió a cercar, esta vez sin detenerse, pero siendo cuidadoso con cada movimiento que daba, con cada respiro que soltaba con tal de no lastimarla ni con su aliento. No más de lo que sus manos ya habían hecho con su cuerpo, no más de lo que sus manos osaron tocar y arrancar de ella.
Quería tocarla, tocarla al fin como siempre quiso en sueños, en la escuela, en lo más oculto de su cabeza, no como el psicópata que era, pero como el arrodillado en el que lo había convertido.
—N-no-o, no, no h-ag-s esto, por fa-vor. Ya n-o, no, p- favor.
La súplica se hizo sorda, sobre todo cuando las manos de Trevor, temblorosas y frías, alcanzaron el caliente rostro de la chica, tomándola con cuidado, como tuvo que hacer, como nunca tuvo derecho de hacerlo.
La había mancillado, la había manchada por completo, marcado hasta la muerte, su lado más enfermizo lo había hecho. Su lado, el lado que no la conocía, la había atacado, pero lo seguía creyendo, era mejor esto, a que supieran que él gustaba de ella de forma completa, si se enteraban, las cosas serían peores, para ella y todos los que ella quería.
En sus manos, sus verdaderas manos, la chica parecía más pequeña, más fácil de romper, más hermosa, como si ahí era donde debía de estar por siquiera un par de segundos y es que, sin pensarlo, él se acercó a ella, de forma cautelosa, haciendo contacto entre sus labios sedientos y los labios corrompidos, bajo las súplicas mentirosas que le decían que parara, bajo lo que parecía ser un sentimiento mutuo.
¿Ella gustaba de él?
—¿Trevor? – La voz de su amigo, Dan, sonó de pronto, rompiendo todo, haciendo que la chica temblara aún más.
Un beso como de pluma.
—Trevor – llamó de nuevo – hermano, tienes que salir de aquí, Yves va a venir en cualquier instante y no puede verte así, sabes que no puede.
Dan podría estar ahí, pero para los dos que estaban tirados en el suelo, a la mitad de lo que pudo ser otro escenario, otro color, otro encuentro, su primer beso, solo era una voz interna que les decía lo roto que estaba todo, lo que jamás estuvo escrito a ser.
Dan, desde arriba, solo veía a su amigo, la forma la que miraba a la chica, la forma en la que esta lo trataba de mirar y absorber con sus golpeados sentidos, con lo que le restaba de fuerzas. Justo ahí, lo notó, notó a dos almas maldecidas por el mismo instrumento rojo que estaba allá afuera, bramando y riendo.
El cortejo de dos almas malditas.
—Perdóname, Perdóname – susurró Trevor, en los labios de la chica que lloraba por debajo de la voz del otro.
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Seis
Misterio / SuspensoX, J, G, D, Y, T. Las iniciales de las seis personas que le hicieron lo imperdonable. Los nombres de las personas que deben pagar por lo que le han hecho. Nadie los culpó, porque nunca nadie se enteró del crimen que cometieron contra Layi BerryCl...
