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El sonido de algo siendo azotado, lo despertó de golpe. Un animal, no muy lejos de donde estaba, chillaba por debajo de los impactos que retumbaban a ambos lados de su cabeza. El animal sonaba agobiante, molesto y temeroso, los azotes en su lugar, estallaban sin nada de piedad, casi podía sentir que los palazos caían en su piel.

Le dolía la cabeza como si le hubieran estrellado algo que ciertamente, lo había dejado noqueado. Sintió un hedor, eso fue lo primero que sus sentidos pudieron detectar y lo que hicieron a su mente, mandarle un mensaje al resto de su cuerpo ¿Qué emanaba tal olor? Con su pregunta, vino una acción que le fue impedida, tenía los ojos vendados. La oscuridad le dio la bienvenida luego de haber despertado y lo invitó a notar lo bien atadas que estaban sus muñecas. Con tal fuerza que, en lugar de reconocer una sensación de diversión o juego, más bien percibió en la presión, que aquello se trataba de algo diferente.

Justo cuando intentó articular voz, notó que tenía la boca adormecida. Alguien se estaba burlando de él. No le habían cubierto o atado la boca, le habían adormecido la lengua, no sentía sus dientes ¡No sentía nada! ¡Mierda! ¿Dónde estaba?

Los golpes seguían escuchándose, pero en esta ocasión además de esos, hubo el sonido de unos zapatos, pisadas ligeras que comenzaron a llenar sus oídos, acercándose con cuidado, acercándose con ese sentimiento del que él comía las veces que deseara: temor. Firmes a donde él estaba. Esperó escuchar la voz de alguien, saber de qué iba todo, pero para tan pronto había escuchando aquellos pasos, así de pronto todo se quedó en silencio. Ni el animal, ni un solo suspiro, ni el respirar de ese alguien se escuchó. 

Ahí, Yves tembló. 

Un minuto de silencio, y los botones de una radio tronaron antes de darle entrada a una canción de Nine Ich Nails.

Lo intentó de nuevo, intentó hablar, intentó gritar o hacer algo, pero de su estúpida boca no salió nada, sentía como si en cualquier momento si mandíbula fuera zafarse y no sería capaz de hacer nada. El repugnante olor seguía ahí, la maldita de canción con su maldita letra parecía arañar las paredes de su pecho mientras lamía de sus huesos como el plato principal. Se sentía expuesto, sentía como si nada de esto tuviera sentido porque esa era la verdad, no tenía sentido...

Hanadriel...

Sus grandes ojos y su preciosa sonrisa... La misma sonrisa de aquella chica. Layi.

Había estado con Trevor, se había peleado con él después de haber estado con Hanadriel y de haber escuchado los gritos de aquella chica... luego, la vio, sobre un columpio, sonriendo como si nada hubiese pasado. Justo como él se los había dicho a los demás. Esa maldita seguía viva, había continuado con su puta vida fingiendo ser la virgen que ya no era... La virgen a la que él mismo se había encargado de hacer recordar una y otra y otra vez, lo mucho que siempre lo recordaría y vería hasta en sus sueños.

Fue ahí donde escuchó la voz de un hombre, un susurro, una voz arrastrada en la tierra hablando en un idioma que él no reconocía. Su nueva sorpresa fue cuando en respuesta a las palabras del hombre, escuchó la voz de una mujer, parecía cubrir su boca por cómo se recibía su voz.

¿A quién de los dos había escuchado entrar? ¿Por qué no reconoció la presencia de la otra persona? Mierda, mierda. 

Un balde de agua helada cayó encima de él, gracias al golpe y a la diferencia de temperatura, notó que estaba completamente desnudo, sin dejar tiempos ni permitir que la mente de Yves se aclarara a lo que estaba sucediendo, cubos de hielo fueron dejados sobre su entrepierna, cubos grandes que quemaron su piel tres veces más que cualquier otra cosa antes. Otros tres baldes de agua fueron arrojados a su cuerpo, acto seguido, el segundo par de manos se detuvo sobre sobre sus piernas, donde con un alambre de acero, rodeó ambas extremidades sin reaccionar a la queja muda de Yves. 

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