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Segunda carta, 


Hoy te he vuelto a escribir, pero hoy lo hago desde el balcón de mi habitación. Aunque el clima esté frío aquí afuera, por dentro llevo la flama de algo que me templa. No hay sonidos que deseen que los oigan, no hay ruidos tratando de alcanzarme, no hay sensaciones de hambre o sed, solo una calma satisfacción de los pensamientos que he coleccionado para mí, pensamientos que algún día me gustaría poder contarte sin mover mis labios, poder dibujarte con mis manos sin tocar las tuyas.

El atardecer se está quedando dormido a mis espaldas, la noche se está alistando y puedo sentir su perfume desde mi altura. 

Es un aroma suave, algo cítrico y amaderado, parecido al de un pino. 

¿A qué huele la noche para ti? 

Quisiera poder hacerte ese clase de preguntas. Saber qué es lo que piensas que sucede detrás de las nubes, saber qué es lo crees que hablan las mariposas entre ellas, saber qué crees que esconden los gatos mientras se van de casa... escuchar tu más inventadas respuestas a mis exhaustivas preguntas. 

Son preguntas que ya le he hecho a alguien a quien amo y quizá porque le amo, es que sus nada persuasivas respuestas, me parecen las más acertadas. Como si tuviera una clase de conexión con la naturaleza, como si fue quien lo creó todo. 

No te pareces en nada a esta persona, pero como esta, tienes un misterio alrededor de ti que me hace querer descubrirte, que me hace querer acercarme y recoger cada uno de los pedacitos que te hacen. 

Por cada vez que te veo pasar, deseo que estés teniendo un buen día. 

¿Tienes buenos días en los que yo no existo? Eso me pregunté una vez. Me puse a pensar en lo feliz que eras sin saber nada sobre mí y me sentí celosa, pero también me sentí feliz, significaba que yo no era necesaria, que yo no necesitaba acercarme. Significaba que podías gustarme sin que tú hicieras algo al respecto y que yo te gustara sin que yo hiciera algo. 

¿Y no es eso hermoso? 

Lo hermoso debería ser inexplicable. 

Pero quizá solo esté diciendo tonterías porque no todavía no he llegado a la edad adulta. 

¿Cómo seré de adulta? ¿Te habré olvidado conforme mis veinte se añejaran en mi cuerpo? ¿Serías polvo que mi sonrisa a los treinta limpió?  ¿Quién serías sino el chico del que tanto he gustado? La persona a la que nunca me he podido acercar, la persona a la nunca he querido acercarme por miedo a romper esto hermoso que siento. 

Quiero al menos llegar a la edad de setenta y ocho y si aprendo a no tener miedo, a los noventa. 

Tú tendrías noventa y uno para entonces. 

¿Querrías vivir así de mucho? 

¿Qué es lo que pensabas de mí cuando chocábamos miradas en aquellos ya mohosos pasillos? 

Me es fascinante imaginar mi futuro y el tuyo. Pero sin la imagen promedio que las personas tienden a hacerse con la persona de la que gustan. Una casa, una familia, quizá un perro. Nada de eso. Yo te imagino feliz, — aunque no haya tenido suficientes imágenes tuyas sonriendo, poco a poco me he hecho un boceto en mi cabeza. — Te imagino ambicioso de la vida, te imagino haciendo las cosas que te gustan hacer, te imagino andando debajo de una arboleda, te imagino usando la misma bicicleta para el resto de tu vida. 

Y a mí me imagino recordándote, preguntándome sobre aquel chico del que nunca supe nada y del que tanto gusté. Me imagino queriéndote como lo hago ahora, me imagino admirando como una vasija de cristal, los sentimientos que me atrevo a sentir pero no a vivir. 

SeisDonde viven las historias. Descúbrelo ahora