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En casa somos seis hermanos, cinco somos hermanos por parte de mamá, y otra hermana por parte de mi papá. Le daré el protagónico al primer, dulce e inocente Jorge. Regresamos once años en el tiempo, cuando yo tenía tan sólo cuatro años, y él, alrededor de doce o trece. En ese entonces éramos tres hermanos: Jorge, Alán y yo. Era la menor pero no la favorita.
Es importante mencionar que Jorge no es hijo de mi papá, pero vivíamos todos juntos por la relación de nuestros padres.
Jorge siempre odió a mi papá. Era una niño travieso, distinto a todos los miembros de la familia. Sin embargo, muy inteligente, y usaba ese talento para el mal. A fin de cuentas, nadie puede detener a una oveja negra orgullosa de sí misma. Aquí comienza el meollo del asunto.
¿Qué tan malo puede ser planchar tu camisa blanca del trabajo minutos antes de salir a éste?
Antes que respondas, te lo digo yo: malo, MUY malo. Y más si la plancha contiene la orina de cierto niño con mucha maldad por dentro.
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Sí, señores. Mi hermano orinó dentro de la plancha justamente para joderle el día a mi padre. Insertó su pene en el pequeño hueco, imagino que rezando para que éste no quedara atorado, y orinó con toda la pasión del universo.
Al intentar planchar con apuro, mi papá oprimió el botoncito de la ruina... el de vapor.
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Quedó toda la casa con un nuevo desagradable olor, y la camisa de mi papá con un perfume todavía más especial. Sin mencionar el color que adquirió rápidamente. No le quedó de otra que ir al trabajo de esa manera debido a que está casi prohibido faltar, y menos por una razón como esa.
Pero aún no sabían quién lo había hecho, y teniendo solamente dos pequeños hombrecitos con sus mangueritas listas para apagar el fuego, no podía ser la inocente Sofía (o sea, yo). Por lo tanto mis padres acordaron descubrir quién era el culpable.
Jorge confiaba mucho en mí, así que me confesó que había sido él, pero yo prometí no decir nada.
Mas un pequeño chismoso logró escuchar nuestra conversación, y con la intención de salvar su pellejo de una buena rejera, corrió más rápido que ligero para culpar a nuestro protagonista. Su tarde no fue bonita, digamos que le quedaron unos tatuajes rojos que le duraron un par de días en sus piernas.
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¿Ya mencioné que Jorge era travieso? Bueno, también vengativo.
Entre los dos planeamos la gran venganza para enseñarle al pequeño Alan que a los hermanos no se les traiciona. Así que lo llamé para salir a jugar al patio, y antes de que me viera, me escondí detrás de un árbol junto a Jorge. Éste me dijo que me mantuviera callada y que en cuanto ejecutáramos el plan, saliera corriendo como si mi vida dependiera de ello.
Entonces vi un mango en su mano. ¿Qué mierda hacía él con un mango? ¿No íbamos a darle sólo un buen susto? No. De un momento a otro Jorge salió de nuestro escondite y lanzó el mango —bastante maduro — cual beisbolista profesional. La fruta impactó en la frente de Alan tan fuerte que le dejó marca como castigo por su traición. El pequeño Alan cayó automáticamente hacia atrás y se echó a llorar cual regadera.
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Nuevamente Jorge recibió otra visita de la señora correa, con la diferencia de que esta vez los tatuajes fueron para ambos, él y yo.