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Válido hasta agotar existencias.
Hace poco fui a viajar al campo. Normalmente tenemos que ir en autobús, de modo que yo SIEMPRE me mareo mucho. Como era de esperarse, empecé a sentir nausea, así que en la siguiente parada me bajé para respirar un poco de aire fresco. Me relajé al ver que el conductor bajó a tomar algo también. Aproveché para caminar un rato, entré tranquila al baño, me lavé la cara e hice lo que tenía que hacer.
Pero cuando intenté salir, no pude. La puerta se había trabado.
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Grité y grité. Cuando quise recurrir a mi celular me di cuenta que lo había dejado dentro del bus. Por más que traté de salir no conseguí nada. Entonces escuché el grito del conductor anunciando que ya era hora de partir.
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Quedar en medio de la nada, a cuatro horas de cualquier casa conocida para mí, en definitiva no era opción. Alcancé a oír cómo mi hermana gritaba mi nombre. No importó lo alto que yo gritara, no me escuchó.
Fue cuando tuve que recurrir a mi último recurso: derribar la puerta.
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Caminé al fondo del baño y luego de localizar mi objetivo, eché a correr. Antes de llegar a la puerta, me impulsé contra ella. La pobre salió volando en mil pedazos.
Salí con vergüenza tratando de que no me viera nadie, cuando escuché que un señor me decía:
—Niña, la puerta no estaba trabada; simplemente tenías que sacar el seguro de arriba —y señaló hacia el lugar en el que había estado la puerta, donde definitivamente había un seguro un poco dañado por mi culpa.
Pedí perdón y corrí de vuelta al bus.
Creo que ya adivinarán quién no volverá a bajarse en esa parada.